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Poca autonomía, estrés todo el día

Desarrollar la capacidad de autonomía es, probablemente, uno de los aprendizajes del niño con mayor peso en la edad adulta. ¿Pero autonomía en qué? ¿Para caminar, ducharse, vestirse, hacer las tareas solo?

La conducta autónoma está ligada al proceso madurativo de la persona. A nadie en su sano juicio se le ocurriría esperar que un niño de un año se preparase la merienda o vistiese solo. Para que esto sea posible tienen que darse -además de la maduración de los circuitos neuronales- situaciones de aprendizaje.

¿Pero qué entendemos por situaciones de aprendizaje?

Nos referimos a aquellas situaciones que favorecen, más que el aprendizaje de una conducta determinada (vestirse, por ejemplo), los procesos cognitivos que hacen posible esa conducta: centrar la atención en un estímulo concreto, diseñar un plan de acción, iniciar una respuesta, buscar una alternativa en caso de error (pedir ayuda), tolerar la frustración, valorar los resultados, introducir modificaciones si estos no han sido los deseados, etc.

No siempre es fácil generar estas situaciones

El ritmo vertiginoso al que estamos abocados, las expectativas desajustadas de los padres, un estilo parental sobreprotector, la falta de estrategias favorecedoras del aprendizaje o el estrés laboral, entre otras causas, hacen que padres y madres engranen a la primera el «modo automático» y se hagan cargo de tareas que no les corresponden. Con ello impiden la exposición del niño a situaciones de aprendizaje esenciales para su correcto desarrollo cognitivo, emocional y social.

Pero veamos la viñeta…

  1. Mamá pide a Anuca que se vista para ir al cole, pero la niña lo está pasando tan bien que no presta atención.
  2. ¡Horror! Mamá comprueba que el autobús está a punto de llegar y Anuca sigue en pijama.
  3. Viste a la niña como puede, mientras Anuca, pendiente del muñeco, no ayuda en absoluto en la tarea.
  4. Tras una buena carrera, arrastrando a niña y muñeco, mamá consigue dejarlos en el autobús.
  5. Y, colorín colorado, aquí tenemos a otra mamá estresada.

TDAH y autonomía

Padres y madres son conscientes de los desafíos que conlleva el desarrollo de una conducta autónoma en muchos niños con TDAH, debido principalmente a la dificultad para:

  • abandonar lo que están haciendo y redirigir su atención hacia actividades menos motivadoras.

    Causas principales:

    1. motivación condicionada por el déficit dopaminérgico característico de las personas con TDAH.
    2. dificultad para postergar la recompensa.
  • mantener la atención en la tarea, una vez iniciada, por la irrupción constante de estímulos distractores (externos e internos) y la falta de eficiencia a la hora de retomar la tarea donde la dejaron (lo que autores como Javier Tirapu denominan «branching»).
  • automatizar aprendizajes. Algunos autores vinculan esta dificultad con alteraciones en la neurotransmisión en áreas cerebrales asociadas con el aprendizaje procedimental, como los ganglios basales.

¿Cómo podemos acompañar a nuestros hijos en el desarrollo de una conducta autónoma?

  • Acompañamiento/apoyo adaptado a sus necesidades en cada momento. No hay nada malo en ofrecer apoyo cuando el niño lo necesita para iniciar o concluir una tarea. Lo bueno de los apoyos es que podemos retirarlos cuando no se requieren. Un consejo: abandonemos esa idea tan típica de los padres de que los niños «deben hacerlo solos», porque no es así.

    Al principio, tal vez tengamos que echarle una buena dosis de paciencia, pero observando a nuestros hijos y permitiéndoles «hacer» bajo nuestra supervisión, podremos identificar cuánto apoyo necesitan en cada momento para ir retirándolo gradualmente hasta que el niño ejecute la conducta de forma autónoma en función de sus capacidades.

    IMPORTANTE:
    No confundir el dar apoyo con «realizar las tareas por él». Recordemos que somos seres motores por naturaleza (nuestros procesos cognitivos están orientados a la ejecución de conductas). Por consiguiente, nuestro cerebro aprende «haciendo».

  • Comenzar con conductas sencillas que le permitan experimentar el éxito, ya que el refuerzo positivo favorece la repetición. Para ello, debemos elegir el momento y lugar adecuados. No es apropiado iniciar la intervención con conductas que ocurren fuera de casa o en situaciones estresantes como, por ejemplo, justo antes de ir al colegio.
  • Evitar situaciones innecesariamente frustrantes, aunque sin eliminar por completo la experiencia de la frustración. Los niños y niñas con TDAH suelen enfrentarse a muchas más circunstancias desalentadoras que los niños normotípicos. A lo largo del día, tendrán que gestionar múltiples situaciones frustrantes (probablemente, con la ayuda del adulto) necesarias para desarrollar la tolerancia a la frustración. Debemos equilibrar la balanza incluyendo una cuota de éxito que favorezca su bienestar emocional.

    En este apartado no podemos pasar por alto las repercusiones emocionales del error en niños que parecen abocados al fracaso y su influencia en el proceso de aprendizaje de individuos con déficit ejecutivo. Suele decirse que aprendemos de los errores pero, en determinadas personas, el efecto es el contrario: el error refuerza la persistencia del error. Cuando evitamos el error y brindamos apoyo para promover conductas adecuadas (equilibrando la balanza) también facilitamos el proceso de aprendizaje al evitar que se arraiguen errores difíciles de «desaprender».

  • Crear rutinas de aprendizaje: repetir, repetir y repetir.

Algunas pautas más específicas

  1. Protocolo previo al entrenamiento de una conducta determinada. Esto implica hacer consciente al niño de la situación que se avecina (por ejemplo, «Ahora toca vestirse»), generar una expectativa positiva («¡Qué bien lo vamos a hacer») y dirigir la atención del niño hacia el elemento con el que se va a iniciar la acción (redirigiendo su atención en caso de dispersión durante el proceso).
  2. Iniciar la conducta del niño. Por ejemplo, si queremos que aprenda a recoger sus juguetes después de jugar, el adulto se involucrará inicialmente en la actividad con el niño y luego permanecerá a su lado hasta que este complete la tarea.
  3. Procesos que implican varios pasos (secuencia). Podemos ofrecer varios tipos de apoyo (de menor a mayor autonomía):

    • Al principio, verbalizamos cada paso a seguir.
    • A medida que el niño avanza en su aprendizaje, reducimos la verbalización y ofrecemos indicaciones sólo cuando se atasca o anticipamos un error (para evitar la persistencia de los errores).
    • Si el niño tiene dificultades con el lenguaje comprensivo, podemos recurrir a apoyos visuales, como pictogramas, que representen la secuencia detallada de la tarea. En este caso, guiaremos al niño con nuestro dedo para que siga cada paso.
    • Al igual que con las instrucciones verbales, a medida que mejore el aprendizaje, reduciremos la cantidad de ayuda en el seguimiento visual de la secuencia y sólo señalaremos el primer paso, permitiendo que el niño continúe por sí mismo hasta finalizar la tarea.

 

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