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Motivación: pieza imprescindible en el proceso de aprendizaje

¿Te has planteado trabajar las funciones ejecutivas mientras elaboras una rica receta?, ¿reforzar la ruta fonológica, tan importante para el aprendizaje de la lectura, jugando a la rayuela?, ¿deletrear sílabas complejas a ritmo de batería?, ¿mejorar el control inhibitorio a golpe de bate de beisbol? Estas son algunas de las muchas propuestas eficaces para estimular la adquisición de aprendizajes significativos.

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Todos nacemos con la capacidad de aprender y la biología nos ayuda en esta tarea poniendo a nuestro servicio tres procesos cognitivos básicos: motivación, atención y memoria. Estos procesos innatos, que compartimos con otras especies animales, son necesarios para adquirir conocimientos. Si alguno de ellos fuese deficitario, se complicaría la asimilación de contenidos nuevos y, por consiguiente, nuestra capacidad de adaptación al entorno.

Tan importante es comprender que la motivación, la atención y la memoria son imprescindibles en el aprendizaje, como entender la estrecha vinculación de estos tres procesos cognitivos. La ecuación es sencilla: si no hay motivación, no habrá atención y sin atención, difícilmente habrá memoria y, por tanto, aprendizaje.

Pero empecemos por el principio…

¿Qué es la motivación?

La motivación es, básicamente, el motor de nuestras vidas; ese impulso que nos empuja a actuar y perseguir metas concretas y a perseverar en pos de determinados objetivos a largo plazo. La motivación es única e intransferible. Tan única e intransferible como la personalidad de cada uno de nosotros. Por ella perseguimos unos objetivos y no otros, y por ella nuestros objetivos difieren de los de otras personas.

Dada la naturaleza individual de la motivación, ¿podemos asegurar que un mismo estímulo resultará igual de motivador para todos? Claramente, no.

Nuestra función como psicólogos o logopedas es provocar cambios en nuestros pacientes o, dicho en otras palabras, generar aprendizajes. Y para ello, necesitamos conocer en profundidad a la persona que tratamos, identificar sus intereses e inquietudes, familiarizarnos con sus experiencias previas, con lo que le apasiona o, por el contrario, le disgusta o le resulta indiferente, con su percepción sobre sus propias capacidades. A partir de ese conocimiento podremos seleccionar aquellos estímulos que «despiertan su motivación» o, por expresarlo en términos puramente neuroquímicos, que elevan sus niveles de dopamina, el neurotransmisor encargado de generar el impulso que nos moviliza ante un estímulo concreto.

Un estímulo atractivo es imprescindible para que se desencadene una acción, pero el proceso de motivación es bastante más complejo.

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La motivación también está intrínsecamente ligada a las emociones, por lo que el estado de ánimo influirá de forma decisiva en la intensidad de ese «impulso».

El abanico de estímulos es amplísimo y abarca desde estímulos básicos –que responden a necesidades primarias como el hambre, la sed o el sueño–, a estímulos complejos que pueden exigir respuestas muy elaboradas. La complejidad de la respuesta será la que establezca el grado de implicación de funciones ejecutivas como la organización, la planificación o la monitorización, pero sea cual sea la naturaleza del estímulo al que nos enfrentemos, siempre se producirá un «impulso» inicial que provoca una acción y, una vez alcanzado el objetivo, la sensación de placer que conocemos como «recompensa».

La activación del circuito de recompensa devuelve el equilibrio emocional a la persona, pero tiene otro efecto reseñable: hacer que desee actuar de la misma forma si vuelve a encontrarse en una situación similar, porque nada hay que guste más al cerebro que asociar el placer con un actividad.

Podemos entender el proceso motivacional como un ciclo en el que la persona, que parte de un situación de equilibrio emocional, responde a un estímulo con el impulso necesario para activar un pensamiento o comportamiento, obtiene una recompensa como resultado de ese comportamiento, y recupera el equilibrio emocional inicial.

Esta sería la secuencia de acontecimientos en el caso de experiencias positivas que concluyen con un resultado satisfactorio. Pero no siempre es así.

Puede ocurrir que, por diversos motivos (estado emocional, fracasos repetitivos, trastorno que altera la liberación de los neurotransmisores implicados…) no se inicie el impulso o, una vez iniciado, la persona no disponga de las estrategias necesarias para alcanzar el éxito, o no experimente la sensación de recompensa que le devuelve el equilibrio. Sea cual sea la causa, sufrirá frustración.

Son muchas las teorías que tratan de explicar el proceso motivacional. Algunas consideran que la motivación responde a estímulos internos exclusivamente (motivación intrínseca). Otras la vinculan con estímulos externos (motivación extrínseca), y un tercer grupo opta por un enfoque mixto que combina ambos tipos de estímulos.

En nuestra opinión, hemos de «despertar» la motivación intrínseca para que un aprendizaje sea verdaderamente eficaz: esa motivación que surge de la propia persona, que constituye la base del deseo de descubrir y en donde la recompensa es inherente al propio hecho de aprender. Ese es el principal objetivo de nuestra intervención. Si no damos con el «impulso» que moviliza a la persona, complementaremos ese enfoque con estrategias compensatorias basadas en técnicas conductuales y en la administración de reforzadores que favorezcan la motivación extrínseca.

Iciar Casado (Psicóloga)


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