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Entendiendo el TDAH: «Mi hijo parece que no aprende»

La capacidad de memorizar información –función cognitiva básica esencial para la supervivencia de todo ser vivo–, requiere de la intervención de una serie de procesos básicos o inferiores imprescindibles para su adecuado funcionamiento.

Nuestro cerebro aprende sin descanso, incorporando nueva información a diario y desechando material no relevante para destinar más recursos a aquello que sí lo es. Cada nuevo concepto, imagen, sensación, experiencia o vivencia es procesado utilizando distintos niveles de procesamiento y también distintos sistemas de memoria. Pero sea cual sea la vía utilizada, todo proceso de memorización, consciente o inconsciente, consta invariablemente de tres fases: codificación, almacenamiento y recuperación.

Codificación

Como si de un embudo se tratase, nuestro cerebro solo permite el acceso de una cantidad limitada de estímulos (los más relevantes) seleccionados entre el amplio repertorio estimular en el que estamos inmersos. Necesitamos, por tanto, un buen sistema atencional que nos permita orientarnos y seleccionar los estímulos relevantes. Esto es lo que hacemos en esta primera fase: recoger información sensorial sobre la que a continuación trabajamos.

Almacenamiento

Una vez realizada la selección preliminar de estímulos, hemos de hacer algo con la muestra elegida ya que, de lo contrario, será desechada por nuestro cerebro. Entra en juego aquí la memoria operativa, que comienza a organizar y manipular la nueva información para acomodarla a la ya existente. Es importante que la nueva información no «colisione» con la antigua, ya que correríamos el riesgo de que nuestro cerebro la desechase.

Dependiendo del tipo de información con la que estemos trabajando, utilizaremos una u otra estrategia para acomodarla, pero cuantas más conexiones establezcamos entre la información existente y la recién adquirida, mejor será el ensamblaje entre ambas. Esta es la razón por la que organizamos la información en categorías o esquemas que constituyen conjuntos de conocimientos.

Recuperación

Pues bien: ya hemos seleccionado y acomodado la información. Ha llegado el momento de acceder a la misma. Y al igual que encontramos nuestros calcetines preferidos con mayor celeridad en un cajón organizado que en la cesta de la colada, la tarea de búsqueda será mucho más rápida y sencilla si la información está bien organizada. Si además contamos con una buena estrategia de rastreo, mejor que mejor.

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En esta última fase se evidenciarán todos los esfuerzos llevados a cabo en las dos fases anteriores (codificación y almacenamiento) y pondremos a prueba una vez más nuestra memoria selectiva para elegir entre un estímulo u otro, aunque esta vez la búsqueda estará más delimitada: buscaremos los calcetines en el interior del armario y no por toda la casa, como ocurría al principio. Por otra parte, la fluidez cognitiva nos permite «hacer» o «deshacer» planes de búsqueda según diferentes criterios, si el que estamos utilizando no resulta eficaz.

Como si de un ordenador se tratase, nuestro cerebro necesita una velocidad óptima de procesamiento para que estos procesos sean eficaces, en particular, el de recuperación. Si el ritmo es lento, se inmiscuye información poco relevante que provoca interferencias, haciendo que nuestro cerebro se disperse y pierda el foco atencional lo que, en ocasiones, resulta difícilmente reconducible.

Cualquier déficit en alguna de estas tres fases repercutirá negativamente en nuestra capacidad de recordar. Las dificultades serán diferentes dependiendo de la fase implicada y, por consiguiente, también será diferente el tipo de intervención requerido. De ahí la importancia de identificar con precisión cuál es la fase afectada.

Pero volvamos a la afirmación de «Mi hijo parece que no aprende, que no retiene las cosas» con la que iniciábamos este artículo. ¿A qué nos estamos refiriendo? ¿No codifica bien? ¿No almacena? ¿No recupera la información? Con frecuencia, los padres y madres de niños con TDA o TDAH se lamentan de las dificultades para memorizar que manifiestan sus hijos. Pero no estriba ahí el problema. El TDAH no se asocia directamente con un déficit de la memoria a largo plazo, sino con las funciones ejecutivas que repercuten de forma decisiva en las tres fases a las que antes hacíamos referencia. ¿Cómo?

Como ya hemos visto en entradas anteriores, el niño con TDA o TDAH se enfrenta a una ardua tarea cuando se trata de discriminar los estímulos relevantes de aquellos que no lo son, porque carece de un buen sistema inhibitorio que neutralice la presencia de elementos irrelevantes. El resultado es que su memoria operativa se abarrota de material superfluo. Esta sobrecarga indiscriminada dificulta el ensamblaje de la información novedosa con la antigua, haciendo que se almacene de forma desordenada y con escasas conexiones.

La falta de orden y asociaciones entre unidades de conocimiento y la baja velocidad de procesamiento característica del niño con TDAH complicará considerablemente la recuperación de la información: un proceso que debiera caracterizarse por la flexibilidad deviene en rígido y poco eficaz. A esto hemos de sumar la interferencia negativa de los aspectos emocionales implicados que no hacen más que enturbiar el proceso de recuperación.

¿Qué podemos hacer?

  • Ayudar al niño con TDA o TDAH a seleccionar estímulos relevantes proporcionándole un entorno aséptico libre de distractores.
  • Ofrecerle estímulos multisensoriales que le permitan codificar y almacenar la información a través de diferentes vías.
  • Ofrecerle estrategias mnemotécnicas para organizar la información en función de sus fortalezas y motivaciones concretas.

  • Relacionar la información con sucesos emocionalmente significativos.
  • Facilitar los procesos de recuperación ofreciendo un marco contextual y aportando pistas y claves que dirijan al niño hacia el conocimiento deseado.
  • Y sobre todo: respetar el tiempo de cada niño.

Los niños con TDAH NO OLVIDAN; simplemente no encuentran los que necesitan en el momento en el que se produce la demanda. Si les presionamos exigiéndoles una respuesta inmediata, lo único que haremos será saturar su memoria operativa y aumentar su bloqueo.

En estos casos, parar y retomar el proceso de recuperación un poco después suele resultar mucho más práctico y no genera sensación de malestar en el niño.

Iciar Casado (Psicóloga)


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