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Las familias preguntan: el juego en la infancia

Durante los talleres de formación de familias fomentamos la intervención de los papás y mamás porque estamos convencidos de que las preguntas que plantean y sus experiencias de primera mano son de gran utilidad para el resto de los participantes. En las líneas siguientes recogemos algunas de las preguntas formuladas durante el taller «La importancia del juego en la infancia».

[1] ¿Nos podrías proponer algún ejemplo de juego no dirigido para niños de 3 o 4 años que nos permita reforzar la capacidad asertiva de nuestro hijo?
[2] A mi hija le cuesta mucho jugar sola y con frecuencia me dice que se aburre. Eso me lleva a proponerle actividades y dirigir su juego, pero me da la impresión de que no es lo correcto.
[3] Tengo la sensación de que si no dirijo el juego de mi hijo, solo se le ocurren actividades peligrosas.
[4] ¿Cómo puedo hacer para que mi hija siga jugando el mayor tiempo posible?
[5] ¿Hacia qué edad los niños dejan de querer hacer cosas con los padres?
[6] Tengo tres hijos de edades diferentes (4, 7 y 9) y, cuando tratamos de jugar a algo, el más pequeño siempre avasalla para que se haga lo que él quiere.
[7] Mi hijo juega a cosas distintas dependiendo de que esté conmigo o con su padre. Esto hace que a veces me sienta un poco al margen

¿Nos podrías proponer algún ejemplo de juego no dirigido para niños de 3 o 4 años que nos permita reforzar la capacidad asertiva de nuestro hijo?

Cómo comenté en el taller dedicado a este tema, el juego depende del niño que lo juega. Los padres debemos tener claro que no se trata de que nuestro hijo o hija se enganche al juego que nosotros proponemos, sino de que conectemos con el juego que ellos nos proponen. La pregunta que hemos de formularnos es: «¿Qué le gusta a mi hijo?». Por consiguiente, establecer pautas o ejemplos de juego espontáneo no tiene mucho sentido, porque la elección dependerá de los intereses del niño.

Es posible utilizar el juego como medio para reforzar la asertividad, pero en ese caso hablamos de juego dirigido, no espontáneo. Mi sugerencia, en este caso, es que realicéis una breve asamblea antes del juego (si hay hermanos, mejor que mejor) con preguntas del tipo «¿A qué quieres jugar tú?, ¿Y mamá?, ¿Y tu hermanita?». La finalidad de este ejercicio -que tiene lugar en un entorno en el que el niño se siente cómodo y protegido- es que practique la capacidad de decidir y, dado el caso, de llegar a acuerdos con los otros. Por supuesto, debemos tener en cuenta la etapa madurativa del niño. La teoría de la mente no está bien desarrollada en un niño de 3 años, por lo que le costará comprender que los deseos de los demás no tienen por qué coincidir con los suyos. Esto genera conflicto y aquí entra en juego el carácter del niño: si el conflicto no lo echa para atrás, tratará de imponer sus preferencias. Si, por el contrario, intenta evitarlo, dejará que sea el otro el que decida y tome las riendas. El diálogo en el seno de la familia es una buena forma de que el niño aprenda a saber y expresar lo que quiere.

Otro elemento interesante es introducir en el juego el problema al que el niño se enfrenta en el colegio. Si le gustan los Playmobils, por ejemplo, podemos crear un rol playing en el que, de forma indirecta -a través de los muñecos- piense y ensaye otras alternativas que le ayudarán en la vida real.

En cualquiera de los casos expuestos hablamos de juego dirigido, porque atribuimos al juego una función que no es la que el niño busca cuando juega con los padres: crear, imaginar, fantasear… y tener a papá y a mamá interesados en lo que él propone.

A modo de conclusión: el juego dirigido puede ser de utilidad, pero no debemos abusar del mismo en casa.

A mi hija le cuesta mucho jugar sola y con frecuencia me dice que se aburre. Eso me lleva a proponerle actividades y dirigir su juego, pero me da la impresión de que no es lo correcto.

Sí, este es uno de esos problemas a los que nos enfrentamos los padres con cierta frecuencia: nos sentimos mal cuando nuestros hijos se aburren. Nuestra reacción inmediata es generar estímulos para que dejen de aburrirse. Sin embargo, el aburrimiento, en pequeñas dosis, es necesario para poder desarrollar la imaginación. Nuestros niños no están acostumbrados a esto: viven en un mundo cargado de estímulos con poco espacio para la creatividad y, por si fuera poco, los padres los acompañamos en todo momento reforzando esa necesidad de que sean otros quienes propongan cosas para evitar el aburrimiento.

Lo primero que tenemos que hacer es entender que el hecho de que nuestros hijos se aburran no es malo. Esto es lo que debemos transmitirles cuando verbalizan su aburrimiento: hay momentos en los que todos nos aburrimos. Lo bueno del aburrimiento es que suele generar un montón de ideas geniales, porque nadie lo aguanta mucho tiempo.

Puede suceder, no obstante, que por falta de hábito o porque carece de herramientas, nuestro hijo no sepa cómo gestionar estas situaciones. En ese caso, y tras un tiempo prudencial, podemos darle un empujoncito inicial; sentarnos con él o ella y plantear entre ambos propuestas e ideas. A continuación nos apartaremos porque, de lo contrario, estaremos generando más dependencia.

Resumiendo: ¿que el niño se aburre? Permitámoselo. Pronto pondrá en funcionamiento los engranajes necesarios para idear una actividad estimulante que le alivie del malestar que provoca el aburrimiento. Si, transcurrido un tiempo, vamos que no sabe salir de esa situación, podemos ayudarle inicialmente, para retirarnos después.

Quisiera hacer una reflexión en cuanto a los beneficios de contar con determinados materiales de gran versatilidad. Nuestros hijos están cargados de juguetes que condicionan su juego y dejan poco espacio para la imaginación. Sería bueno que, allí donde haya un niño, hubiese un espacio y una caja o un baúl en el que pudiera disponer de este tipo de materiales: plastilinas, acuarelas, masas, hilos, tapones, envases, telas, ramos y cualquier otro material reciclado. Todas estas cosas dan, valga la redundancia, muchísimo juego cuando el niño está aburrido.

Tengo la sensación de que si no dirijo el juego de mi hijo, solo se le ocurren actividades peligrosas.

Dirigir el juego e imponer límites son dos cosas diferentes. Cuando hablo de límites, no me refiero a regañinas o castigos, sino a medidas que los padres establecemos con una función clara: preservar la integridad de nuestros hijos. Que el niño decida jugar de forma autónoma después de un proceso de aburrimiento (cuando lo fácil hubiera sido que papá o mamá hubiesen encauzado el juego) es algo que hay que premiar siempre («¿Te das cuenta? Te estabas aburriendo y has conseguido salir de ello tu sola. Pero ahora viene la segunda parte: tengo que poner un límite. Esto que estás haciendo es peligroso. Voy a ayudarte a buscar una alternativa al juego que has inventado que sea menos peligrosa.»). Poner apoyos no es malo, ya que los retiraremos llegado el momento. Si para que nuestros hijos desarrollen una actividad, necesitan un pequeño empujoncito, vamos a dárselo. Pero un empujoncito inicial no significa dirigir el juego de principio a fin ya que, al hacerlo, estamos impidiendo su desarrollo como personas autónomas.

¿Cómo puedo hacer para que mi hija siga jugando el mayor tiempo posible?

El juego está estrechamente relacionado con el desarrollo y, en ese sentido, los padres no tenemos mucho que hacer. Llegará un día en el que las Barbies no interesen en absoluto a tu hija e incluso le avergüence jugar con ellas, entre otras cosas, porque no va a encontrar refuerzo en su grupo de iguales, con los que se va a sentir muy identificada.

Cuando nuestros hijos empiezan a abandonar la adolescencia les encanta llamar la atención y sentirse diferentes pero, en la preadolescencia, no les gusta nada y cualquier diferencia puede provocarles gran ansiedad. El preadolescente busca fundirse con su grupo. Esto no es óbice para que, mientras a tu hija le interesa, favorezcas espacios para la creatividad, algo que nunca sobra. Por lo que cuentas, en este momento muestra una disposición estupenda para hacer cosas con papá y mamá, y está muy bien aprovecharla y compartir esos momentos de gran riqueza, ya sea haciendo tareas creativas, cocinando o jugando a juegos de mesa. Pero el juego es intrínseco al desarrollo de nuestros hijos y no podemos ir contra natura. Los padres también tenemos que hacer un trabajo de aceptación y no pretender alargar la infancia porque sería como impedir que nuestros hijos crezcan.

¿Hacia que edad los niños dejan de querer hacer cosas con los padres?

Depende de cada caso y las niñas suelen madurar antes, pero te diría que es poco probable que los padres aparezcamos en la lista de preferencias de una niña de 12 o 13 años. Hay algunas situaciones que ponen muy nerviosos a los preadolescentes: todo lo que tenga que ver con los sentimientos y emociones; esas reacciones en las que se encuentran plenamente inmersos y que aún no saben gestionar. Cualquier juego que implique hablar o analizar emociones o sentimientos está vetado. Por el contrario, los juegos reglados o los de mesa, en los que la atención se centra en las normas, sí suelen despertar su interés y facilitar la interacción con los adultos.

Tengo tres hijos de edades diferentes (4, 7 y 9) y, cuando tratamos de jugar a algo, el más pequeño siempre avasalla para que se haga lo que él quiere.

El tipo de juego está relacionado con el proceso madurativo. Es difícil que hermanos con edades tan dispares puedan compartir el mismo juego. Es posible que lo hagan, pero no será de forma natural, porque uno u otro tendrá que hacer un esfuerzo consciente para que sea viable (bien porque quiere que su hermano pequeño se sienta bien o tener momentos en familia, cualquiera de ellos aspectos ajenos al juego).

El juego, entendido como ese momento de estrecha conexión con los padres que tan bien hace sentirse al niño, requiere entrar en la individualidad de cada persona. Por ello, aparte de las actividades en familia, sería estupendo (aunque reconozco que no fácil) que pudieses dedicar un ratito de juego a cada uno de tus hijos, ya que sus necesidades e intereses son muy diferentes (el pequeño, por ejemplo, reclamará seguramente un juego más caótico y movido).

Los padres y madres trabajadores sabemos lo complicado que es encontrar tiempo para el juego. Siempre hay algo que hacer. Pero en caso de conflicto de intereses entre sacar tiempo para el juego o hacerlo para recoger el cuarto u organizar la casa, creo que debemos tener en cuenta lo que el juego significa para nuestros hijos y los muchos beneficios que aporta a su desarrollo. No tiene por qué ser mucho tiempo y, en cualquier caso, es mucho más eficaz poco tiempo pero participativo, que mucho como mero observador.

Mi hijo juega a cosas distintas dependiendo de que esté conmigo o con su padre. Esto hace que a veces me sienta un poco al margen.

Esto ocurre con frecuencia: el niño opta por un juego u otro dependiendo de que esté con papá o con mamá. Este mismo comportamiento se observa en otras interacciones con los padres, ya que el niño os atribuye distintos roles dentro de la familia. No tiene sentido que juegues con tu hijo a algo que no te gusta, porque el juego debe ser una actividad gratificante para los dos. Al niño le da igual que papá sea de esta forma y mamá de esta otra; lo que le importa es que se siente en un entorno seguro y sabe que cuenta con el amor incondicional de ambos.

Sin embargo, los padres podemos hacer un ejercicio de autocrítica y preguntarnos: «¿Cuándo juego con mi hijo estoy conectando con lo que motiva y dejándole espacio para que él proponga sin que yo lo condicione? Si nosotros proponemos una y otra vez, al niño le interesará porque está compartiendo tiempo contigo, pero sería mucho más enriquecedor si permitimos que sea él quien lleve la voz cantante.

Icíar Casado (Psicóloga)

 

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