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El niño desafiante y la labor de los padres

Entre los dieciocho meses y tres años el niño comienza a adquirir cierta autonomía: se siente independiente, muestra una profunda curiosidad, se interesa por todo lo que le rodea y desea probar y hacer las cosas por sí solo. Los padres establecen las primeras normas y el niño experimenta sus primeras pataletas y berrinches al no poder imponer su voluntad. Aprende a decir «no» y se nuestra testarudo, desobediente y desafiante. Niño_enfandado_ fotode Mindaugas Danys

Es ésta una fase natural del proceso de individuación del niño y de su progresiva desvinculación de la madre, imprescindible para el desarrollo de una personalidad propia. Una educación inadecuada en este momento clave de la vida de nuestros hijos puede potenciar conductas disruptivas que terminarán consolidándose durante la adolescencia.

Nuestra misión como padres -y principal referente de nuestros hijos- es establecer las bases que les ayudarán a crecer sanos y a desarrollarse como personas. Y esto significa imponer límites, lo que no siempre resulta sencillo, si bien algunas pautas educativas pueden ayudarnos en este cometido:

    • Establece normas claras y concretas, apropiadas a la edad del niño, que no den lugar a confusión y recuérdaselas con frecuencia: el niño debe saber lo que está bien y lo que está mal y qué es lo que sus padres esperan de él. Estas normas han de ser estables y las consecuencias de su cumplimiento o incumplimiento serán siempre las mismas.
    • Sé consistente, persistente y firme: si la respuesta a una conducta no es siempre la misma, el niño difícilmente entenderá qué se espera de él. Si un día se le niega un helado tras un berrinche pero al día siguiente lo obtiene con el mismo comportamiento, su pensamiento será: «si lloro y grito lo suficiente, mamá o papá me dará un helado». El «no» es innegociable.
    • Acostúmbralo a las rutinas: el hábito consiste en repetir una conducta hasta que se convierte en espontánea. Un niño que sigue una rutina sabe perfectamente lo que debe hacer y qué es lo que vendrá después, y esto le aporta seguridad y confianza.
    • Las normas no se negocian: una vez establecidas las normas básicas, éstas deben ser cumplidas. Si la negociación se convierte en el patrón, os veréis obligados a hacer continuas concesiones para que vuestro hijo se comporte adecuadamente.
    • Respeta tus compromisos: prometer cosas al niño que no vas a cumplir para salir del paso se traducirá en una pérdida de confianza en ti.
    • Mantén la calma: es inútil tratar de explicar algo a un niño que está en plena pataleta. El estado de ánimo se contagia fácilmente y si el niño percibe que sus padres están tranquilos, se calmará más rápidamente.
    • Evita los gritos: el niño debe aprender a controlar su temperamento y difícilmente lo conseguirá si ve que sus propios padres pierden los estribos. Además, si los gritos son la norma, pronto se acostumbrará a ellos y dejarán de surtir efecto.
    • Evita las incoherencias: el mensaje que trasmites a tu hijo debe ser claro y consistente. Si el niño observa contradicciones entre los padres, no sabrá a qué carta quedarse y tratará de buscar un «aliado» en uno de ellos.
    • Siempre y cuando no cursen con fuerte agresividad física o verbal, ignora las conductas negativas que tengan por objeto llamar la atención (lloros, pataletas, rabietas). El niño debe comprender que con esa actitud no conseguirá lo que pretende.
    • Fuera el chantaje emocional, las amenazas, la humillación o la comparación con otros: excluyamos por completo de nuestro vocabulario expresiones como «no te quiero» o «a ver si aprendes de tu hermano». El niño debe aprender por deseo propio y por la satisfacción que ello le proporciona, no por miedo, envidia o vergüenza.
    • Ofrécele la posibilidad de elegir entre varias alternativas o incluso de decidir sobre algunas cuestiones: esto le hará sentir que toma decisiones.
    • No pierdas la ocasión de reforzar las conductas positivas: demuéstrale lo que te agrada su comportamiento y no escatimes elogios. La conducta del niño desafiante desestabiliza el ambiente familiar y, con frecuencia, mantiene a los padres en permanente estado de tensión, a la espera del próximo berrinche, lo que hace que estén pendientes de lo que el niño hace mal y pasen por alto lo que hace bien.
    • Predica con el ejemplo: el niño es una auténtica «esponja». Los primeros años de su vida serán fundamentales en el desarrollo de su personalidad y cualquier mal hábito aprendido por imitación en esa etapa difícilmente podrá corregirse en el futuro. Es muy poco probable que puedas inculcar en tu hijo hábitos que no observa en ti.
    • Trata de identificar la razón por la que el niño actúa de esa forma: celos, divorcio, nacimiento de un hermano, cambio de colegio o incluso problemas físicos. En ocasiones, la conducta desafiante es la forma a través de la cual el niño expresa determinadas carencias o se enfrenta a situaciones que no comprende.
    • La recompensa siempre es más eficaz que el castigo pero llegado el caso, cuida de que éste sea inmediato, consistente, proporcionado y con límites temporales. El niño debe saber que sus actos tienen una consecuencia ya que esto le enseñará a enfrentarse a la realidad. No amenaces con castigos que no vas a poder cumplir: con ello no haces más que minar tu autoridad.

Y si observas que la conducta desafiante de tu hijo persiste más allá de lo que cabría considerar normal o la frecuencia e intensidad de sus manifestaciones son tales que interfieren en la vida familiar y social del niño, considera la conveniencia de acudir a un especialista para descartar un posible trastorno negativista desafiante, comorbilidad asociada con frecuencia al Trastorno por Déficit de Atención (TDAH).

Imagen cortesía de Mindaugas Danys con licencia Creative Commons.

 

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