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Continuidad de la terapia en verano

Algunas familias nos preguntan si es necesario seguir con el tratamiento al finalizar el colegio. Los niños están cansados y también los padres nos sentimos agotados por el trajín diario y las muchas actividades a las que les llevamos…  Nuestra recomendación, sin embargo, es la de NO DEJAR EL TRATAMIENTO. ¿Por qué?

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Porque la interrupción abrupta del tratamiento puede suponer un retroceso en lo aprendido

Al finalizar el curso escolar los niños suelen estar cansados o, para ser más exactos, con muchas ganas de correr, jugar y disfrutar del aire libre. Hemos de respetar esa necesidad de movimiento y «relajar» el riguroso ritmo mantenido durante el curso, con sus muchas obligaciones escolares, extraescolares y restricciones horarias. Pero esto no significa que el niño deba olvidar, durante nada menos que doce semanas, los buenos hábitos que le hemos inculcado a lo largo del año, porque corremos el riesgo de que se produzca un retroceso en los aprendizajes adquiridos. Pensemos en cómo nos sentimos nosotros —a pesar de ser adultos— cuando nos reincorporamos al trabajo después de una baja o de unas cortas vacaciones, y nos haremos una idea de lo que supone para un niño recuperar el ritmo, los hábitos y los madrugones al cabo de casi tres meses de olvidados: ¿a quién le apetece volver a sentarse ante un libro de texto, a las nueve de la mañana, para escuchar a una profesora hablando sobre aburridos temarios después de lo que parece una eternidad? Seguramente serán muy pocos los niños que levanten la mano. ¿Estamos proponiendo que el niño haga deberes durante las vacaciones? No, ni mucho menos. Los niños deben descansar física y mentalmente de la actividad escolar, pero esto no significa que dejen de aprender e, indirectamente, de reforzar habilidades que les permitirán abordar el inicio del nuevo curso con mayor facilidad y ganas: leer, dibujar, hablar con otros niños… el aprendizaje debe continuar en casa (y, en aquellos casos en los que se requiera, en terapia), aunque con un enfoque diferente y adaptado al nuevo estado de ánimo de los niños: divertido, dinámico y motivador.

Porque los niños están más relajados

Concluido el curso, los niños tienen más libertad horaria y desaparecen las exigencias académicas. Cuando trabajamos con ellos se muestran más receptivos, ya que su día a día es más relajado y ameno. Las actividades propuestas dejan de percibirse como una obligación y retornan con fuerza las ganas de aprender y participar.

Porque es una oportunidad para implicar a otras personas en el tratamiento

Debido a las exigencias de la vida laboral, con frecuencia es necesario acudir a abuelos, tíos o cuidadores para organizar la logística familiar diaria. En las sesiones de trabajo podemos incorporar a estas personas como elemento de motivación adicional haciendo que participen en las actividades desarrolladas con los niños y formándolas en las áreas específicas que trabajamos con cada niño en concreto.

Porque, lamentablemente, con el fin del curso académico no desaparecen las dificultades

Así es: las dificultades de nuestros hijos no desaparecen a final de curso. Sin embargo, el periodo vacacional nos proporciona dos ventajas nada despreciables: las familias disponemos de más de tiempo y, dado el menor grado de exigencia al que están sometidos los niños,  se muestran más receptivos al aprendizaje. ¿Por qué no aprovechar esta circunstancia para reforzar nuestro trabajo y obtener resultados más satisfactorios? La llegada de las vacaciones constituye una magnífica ocasión para trabajar las dificultades y sabemos por experiencia que sea cual sea la forma que adopte ese aprendizaje —en terapia o a través de talleres o campamentos concebidos para atender dificultades específicas— este es mucho más efectivo cuando el niño se siente relajado, lleno de vitalidad y deseoso de iniciar nuevas aventuras.

Eva Estrada (Logopeda)

 

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