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Alergia al polen en niños

La alergia al polen es una de las alergias respiratorias más habituales. Se estima que afecta al 30% de la población española y todo hace prever que esta cifra seguirá creciendo en los próximos años. Su incidencia es mayor entre los niños pequeños porque su sistema inmunológico aún no se ha desarrollado por completo. Los síntomas son molestos y repercuten en su día a día y en especial al descanso; y por ende, al rendimiento escolar.

¿Qué es la alergia al polen?

Un niño es alérgico cuando su sistema inmune reacciona desproporcionadamente a un estímulo externo que en realidad debería ser inocuo, en este caso, el polen de determinadas plantas (los ácaros, los epitelios de los animales y los hongos son otros alérgenos frecuentes). El organismo identifica el polen como antígeno, es decir, como una «sustancia extraña» y comienza a producir grandes cantidades de anticuerpos IgE (inmunoglobulina E) que se fijan a los basófilos (un tipo de glóbulos blancos) y a los mastocitos, células abundantes en nuestro tejido conectivo. Tras la exposición repetida al alérgeno, los basófilos y los mastocitos con IgE liberan diversas sustancias, entre ellas, la histamina, principal responsable de los síntomas inflamatorios característicos de la alergia.

El polen son las células masculinas que generan las plantas para realizar la fecundación. Son muchos los tipos de polen capaces de causar alergia, entre los que cabe destacar, por su frecuencia, los de gramíneas, olivo, arizónica, plátano, salsola y parietaria. Su prevalencia depende del área geográfica (en la costa la cantidad de polen es inferior, pero está presente durante más tiempo; mientras que en el interior alcanza concentraciones superiores, aunque su duración es menor) y de las condiciones climatológicas (el nivel de polen ambiental aumenta en los días ventosos, secos y soleados, y disminuye con la humedad o la lluvia).

Al contrario de lo que muchas personas piensan, no es la «pelusa» blanca que desprenden algunos árboles —tan frecuente al inicio de la primavera— lo que provoca los síntomas de alergia. Este no es más que un mecanismo inocuo utilizado por especies como el chopo o el álamo para esparcir sus semillas a gran distancia. El polen, en cambio, son granos minúsculos no detectables a simple vista.

Aunque la alergia al polen es una alergia estacional que coincide con la primavera, algunas personas pueden sufrirla en otras épocas del año dependiendo de cuál sea el alérgeno al que están sensibilizadas y del lugar de residencia.

¿Cómo sé si mi hijo tiene alergia al polen?

Los síntomas característicos son el goteo nasal con mucosidad transparente, el picor de ojos o de nariz, la congestión nasal, los ojos rojos, el lagrimeo y la tos seca. Estas manifestaciones se exacerban en los espacios abiertos y en los días con viento y sol, y mejoran cuando llueve.

Si nuestro hijo presenta esta sintomatología, es posible que lo confundamos con un simple resfriado. No obstante, si observamos con atención, veremos que hay algunas diferencias claras: el catarro cursa con tos, expectoración y posiblemente fiebre, y no se observa, por lo general, el enrojecimiento y picor de ojos (conjuntivitis) característicos de la alergia. La alergia puede acompañarse de tos seca y problemas respiratorios (sibilancias —ruido al respirar— y dificultad respiratoria), pero no de fiebre.

¿Cuándo debo llevar a mi hijo al médico?

Si observamos los síntomas anteriores, es conveniente consultarlo con el pediatra. Este decidirá sobre la conveniencia de realizar nuevas pruebas, administrar el oportuno tratamiento o derivar al niño al especialista.

Los padres podemos ayudar al correcto diagnóstico aportando datos detallados sobre los síntomas que sufre nuestro hijo y en qué momentos o circunstancias, así como información relevante sobre la medicación, en caso de que la tome. Esto es importante porque la alergia al polen es, por regla general, estacional, mientras que otras se manifiestan en momento puntuales en los que el niño entra en contacto con el alérgeno (después de acariciar a una mascota, por ejemplo, si padece alergia a los epitelios) o a lo largo de todo el año (si es alérgico a los ácaros).

¿Cuál es el tratamiento para la alergia al polen?

Existen dos tratamientos y corresponde al pediatra determinar cuál es el más adecuado: la administración de medicamentos (antihistamínicos, corticoides nasales, broncodilatadores…) para paliar los síntomas, o la vacunación o inmunoterapia, que altera el desarrollo de la alergia, disminuye o elimina los síntomas y evita el riesgo de asma. La vacunación, consistente en administrar pequeñas cantidades de alérgeno, que se van incrementando paulatinamente hasta que el organismo se acostumbra y deja de reaccionar ante el mismo, es un tratamiento eficaz: los síntomas se reducen en cuestión de meses y, en los casos de mayor efectividad, incluso llegan a desaparecer. Lamentablemente, no está indicada para todo tipo de persona.

¿Qué hago para que mi hijo no sufra la alergia al polen?

Aunque no podemos impedir que nuestro pequeño entre en contacto con el polen, podemos seguir algunas pautas para reducir sus efectos:

  • Conocer el tipo de polen que actúa como alérgeno y evitar las plantas que lo desprenden durante su floración.
  • No realizar actividades al aire libre en los días de mayor concentración de polen ambiental, sobre todo a primera y última hora del día. Las plantas expulsan el polen al comienzo de la mañana. Este asciende cuando el aire se calienta y vuelve a descender cuando se enfría, esto es, al anochecer. Las distintas Comunidades Autónomas publican regularmente los niveles y tipos de polen de cada región, una información de utilidad para quienes padecen alergia, ya que les permite extremar las precauciones cuando se prevén mayores concentraciones.
  • Mantener las ventanas cerradas en casa. Diez minutos diarios son más que suficientes para ventilar nuestro hogar. Debemos evitar hacerlo a primera y última hora del día.
  • Evitar viajar en coche con las ventanillas bajadas. Si necesitamos utilizar el aire acondicionado del vehículo, seleccionaremos la función de «recirculación de aire» y no olvidaremos reemplazar el filtro de polen, preferiblemente dos veces al año.
  • Utilizar gafas de sol y, si es necesario, mascarillas con filtro para el polen. También es aconsejable instalar estos filtros en los aparatos de aire acondicionado. No olvides incluir un gorro o gorra entre las prendas de uso diario de tu hijo: evitará que el polen se deposite en su pelo.
  • Utilizar humidificadores o pulverizadores, en especial en el cuarto en el que duerme el pequeño. La humedad ayuda a eliminar el polen que se haya podido acumular durante el día.
  • No tender la ropa en el exterior. Si hay polen en el ambiente, se adherirá a las prendas y aumentará la probabilidad de que entre en contacto con el niño. Es aconsejable tender dentro de casa o utilizar secadora.
  • Hacer que nuestro hijo se cambie de ropa cuando esté en casa. De esta manera lo alejaremos del polen que pueda llevar encima. Por esta misma razón es conveniente que se duche antes de acostarse (y no olvidemos el pelo).
  • En ocasiones nuestras mascotas, al corretear o jugar al aire libre, son portadoras de microscópicos granos de polen que después nuestros hijos aspiran al contacto con el animal. Es posible que, ante la reacción, creamos que se trata de una respuesta del niño a las secreciones de nuestro perro o a la caspa desprendida de su pelaje cuando, en realidad, lo es al polen.
  • Utilizar aspiradora mejor que escoba: de esta forma evitarás remover el polen. Por esta misma razón, es preferible que emplees una bayeta húmeda para retirar el polvo que un plumero o similar.
  • Atención al tipo de plantas que tenemos en casa o en la terraza: evita aquellas que liberen mayor cantidad de polen o del tipo al que tu hijo es alérgico.
  • ¡Cuidado con utilizar en exceso los descongestionantes nasales! El empleo indiscriminado o prolongado de estos fármacos, aunque inicialmente proporcione alivio, provoca a la larga efecto rebote.
  • Evitar los ambientes con humos. Ningún niño debe respirar el humo del tabaco, pero aún menos los niños alérgicos ya que tienen mayor riesgo de sufrir asma y otros problemas respiratorios.

Uxue Montero

 

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