
Objetivos clave de la intervención parental
Como padres y madres, nuestra intervención en los conflictos entre hermanos debe cumplir dos objetivos prioritarios:
- Evitar que deriven en conductas no deseadas. Quiero aclarar aquí que no hablo de «evitar los conflictos» sino de, llegado el caso, mediar en ellos. Eludirlos no aporta a nuestro hijos ningún aprendizaje de valor.
- Actuar como modelos en la gestión de conflictos. Los padres tenemos diferentes estilos educativos. Está el adulto que se retira y deja la resolución en manos de los hijos sin acompañamiento (estilo permisivo), el que interviene y corta el conflicto de raíz (estilo autoritario) o el que actúa como mediador para facilitar la resolución por los propios hijos (estilo democrático). Identificar tu estilo educativo es un buen punto de partida.
Entre los distintos modelos de gestión de conflictos entre iguales, el enfoque basado en tres niveles de las educadoras Adele Faber y Elaine Mazlish me parece especialmente práctico, porque facilita las cosas a los adultos y les orientan sobre cuándo intervenir.
Despersonalización del conflicto
Ese es el punto de partida y un factor importante de la intervención. Requiere:
- no tomar partido
- no buscar culpables (esto no hace más que fomentar la rivalidad)
- evitar las comparaciones
- ofrecer atención individualizada (cada hijo necesita amor y atención, no necesariamente un trato idéntico)
- enseñar a expresar las necesidades (aprender a comunicar lo que se desea sin recurrir a la agresión)
- y tener algo muy claro: conflicto no es sinónimo de agresión (física o verbal)
Tres niveles de conflicto
Las citadas autoras diferencian tres niveles de conflicto:
- Nivel 1: conflictos menores o cotidianos
- Nivel 2: escalada del conflicto
- Nivel 3: aparición de conductas agresivas
Conflictos menores y recurrentes: Nivel 1
Los conflictos cotidianos (que representan en torno al 80% entre hermanos) son necesarios para el desarrollo de habilidades sociales, autonomía y responsabilidad. En este nivel no hay intervención directa del adulto.
Por regla general, los padres hacemos justamente lo contrario. El adulto corre a intervenir y, por si fuera poco, resuelve en lugar de facilitar, impidiendo el aprendizaje.
Se mantendrá, no obstante, cercano y disponible por si hay una escalada. En principio, confiará en la capacidad de sus hijos para resolver el conflicto. Y, además, se lo hará saber: «No voy a intervenir porque es parte de vuestro aprendizaje». Los propios niños serán quienes pongan en marcha estrategias de negociación.
La existencia de factores protectores (como normas) evita muchos de estos desacuerdos recurrentes. Si la televisión es motivo de disputa diaria, se puede atajar estableciendo horarios distintos.
Pero no todo pueden ser normas, porque entonces no habría ocasión de aprender a resolver conflictos. La intervención es sencilla: regulamos con normas los conflictos menores recurrentes y dejaremos que los hermanos resuelvan el resto de sus enfrentamientos cotidianos.
Escalada del conflicto: Nivel 2
Supongamos que el conflicto empieza a escalar y nuestros hijos no consiguen resolver la situación por sus propios medios. Nos encontramos ahora en el Nivel 2. En este caso, el adulto intervendrá con un propósito: favorecer la negociación y las estrategias de resolución.
Debe actuar con comprensión, teniendo en cuenta las diferencias, necesidades y nivel de madurez de cada uno de sus hijos y evitando posicionamientos.
Protocolo de actuación en este nivel
- Mantén la calma. Puedes ayudarte de una frase facilitadora tipo mantra como, por ejemplo: «Tranquila (o tranquilo), estás interviniendo en el futuro de tus hijos».
- No busques culpables. Todos los padres mantenemos relaciones diferentes con nuestros hijos. En ese vínculo no solo interviene la convivencia, sino también nuestros miedos, vivencias y experiencias. Conviene tener algo claro: el conflicto no tiene que ver con el adulto, sino con dos personas con sus propias necesidades e intereses. Si tratamos de resolver culpabilizando a una de las partes, generaremos más conflicto y rencillas entre hermanos.
- Habla con cada uno de tus hijos por separado. Una vez resuelto el conflicto, se puede (y se debe) hablar con cada uno de los implicados por separado. Evita hacerlo delante del otro hermano.
- Ayuda a encontrar una solución sin imponer. Si los hermanos no son capaces de resolver la situación, podemos sugerir sin imponer. Evitemos la posición de juez. Las soluciones decididas por los propios hermanos tienen mayor valor educativo. Si uno sale perdiendo —algo habitual—, se trabajará en otro momento, no en ese instante.
- Mantener la calma
- Evitar la búsqueda de culpables
- Mediar favoreciendo la escucha y el respeto
- Aceptar el acuerdo alcanzado
Si no puedes mantener calma (porque estás nerviosa o el conflicto te genera mucho malestar), plantéate si debes intervenir en ese momento. Quizás tengas que delegar en otro adulto.
Si, una vez resueltas las diferencias, consideras que uno de tus hijos no tiene razón o ha utilizado la manipulación o una posición de poder, busca el momento oportuno para hablar con él. Haz lo mismo con el que suele ceder. Estas conversaciones serán individuales.
Ceder no siempre es negativo y puede ayudar a resolver algunas situaciones. Los padres tienen que valorar cuándo es adecuado. Si no lo es o si se repite sistemáticamente, no está de más analizar con tu hijo qué está ocurriendo.
A modo de resumen, el protocolo sería el siguiente:
Conductas agresivas: Nivel 3
Si aparecen conductas agresivas, la intervención del adulto será inmediata. El objetivo en este caso es detener una conducta inaceptable y marcar límites.
El adulto separará a los hermanos para reducir la intensidad emocional, no como castigo.
Cuando la situación se haya calmado, se retomará la intervención desde una perspectiva educativa. Se validan las emociones, pero no la conducta. También se trabaja la reparación si ha habido daño.
Al igual que en el Nivel 2, este trabajo es individual. Intervenir conjuntamente con dos personas que se sienten agraviadas termina conduciendo al posicionamiento del adulto. Y cuando el adulto se posiciona, se generan nuevas rencillas.
Centrarse en el castigo no facilita el aprendizaje. Los hijos necesitan comprender qué ha ocurrido y qué pueden hacer de otra forma en situaciones similares para que el resultado sea diferente. Y si ha habido daño, será necesario repararlo.







