
… que los niños impulsivos aprenden enseguida
Me explicaba una adolescente diagnosticada de TDAH hasta qué punto la impulsividad condicionaba la relación con sus amigas. Cuando algo le molestaba o le parecía injusto, lo percibía como un ataque personal y respondía de forma impulsiva y, por lo general, desafortunada. Esto le llevaba a pedir perdón continuamente. «Y —me aclaraba— te aseguro que lo hago con total sinceridad».
Por ello, le resultaba sorprendente lo mucho que costaba a sus amigas disculparse cuando actuaban incorrectamente. De hecho, se había encontrado en la situación de ser ella quien pedía perdón, para poner fin a un momento desagradable, aun siendo consciente de que el error no era suyo.
La desregulación emocional descrita por esta adolescente —aunque no exclusiva de este trastorno— es característica del TDAH. Y es muy difícil de entender por quienes no convivimos con esas dificultades.
Por regla general, la persona neurotípica tiene la capacidad de prever las consecuencias de sus actos: puede anticipar lo que probablemente ocurrirá si actúa de una forma u otra. La persona impulsiva, en cambio, no es capaz de realizar esta tarea anticipatoria. Al no prever la reacción del otro solo es consciente de las repercusiones una vez consumados los hechos.
Después del enfado llega la culpa
Al carecer de un buen sistema de regulación emocional, tanto el enfado como el posterior sentimiento de culpa ante el rechazo del otro, son vividos por la persona con TDAH con gran intensidad. Para tratar de aliviar ese sentimiento desagradable pone en marcha todos los mecanismos a su alcance. Y, como consecuencia, aprende muy pronto a pedir perdón.
Los adultos decimos a los niños que pedir perdón es una conducta social deseable. Sin embargo, cuando el niño con TDAH pide perdón, ese gesto termina por no ser bien recibido porque, a fuerza de repetido, pierde su valor.
Un resultado doblemente frustrante
Esto resulta doblemente frustrante para la persona con TDAH. Por un lado, necesita aliviar el sentimiento de culpa y reparar el daño. Por otro, tiene la sensación de que ese aprendizaje —pedir perdón, por sincero que sea— no sirve de nada.
¿La explicación? El proceso tiene mucho que ver con los tiempos y curvas del enfado, muy diferentes entre una persona con TDAH y una persona sin el trastorno.
El enfado explosivo vinculado con la desregulación emocional se caracteriza por unos instantes de gran intensidad seguidos de un cambio emocional rápido: la ira es sustituida por la culpa.
En la otra persona implicada en la situación, sin embargo, no existe sensación de culpa. Necesita además bastante más tiempo para procesar el malestar provocado por el comportamiento abrupto del otro que, por lo general, considera inexplicable.
Un desencuentro temporal
Observamos, por consiguiente, un «desencuentro temporal» entre dos partes: una de ellas busca con insistencia la reconciliación para aliviar su malestar, y la otra —que en ese momento está muy enfadada— no tiene el más mínimo deseo de escuchar esas disculpas, por muy sinceras que sean.Muchos padres de niños con TDAH se encuentran en esta tesitura, aun conociendo las dificultades de su hijo o hija para regularse. Y es comprensible que no siempre estén en situación de facilitar la reparación emocional que busca el niño, sobre todo si esos conflictos se repiten con frecuencia.
Cuando el adulto está enfadado hay escasa predisposición a aceptar el perdón y mucho menos a responder de forma afectuosa. Por eso conviene pactar mecanismos para que el niño entienda que el adulto está enfadado en ese momento. Más adelante, cuando esa emoción haya disminuido, podrá acoger ese perdón y comprender la intención sincera que hay tras él.
Debemos entender la importancia de reforzar en estos niños el valor de pedir perdón. Y también el hecho de que, aunque papá o mamá estén enfados porque su ritmo de recuperación emocional es diferente, aceptarán ese perdón cuando estén más calmados.







