
Una contingencia muy útil
Cuando era jovencilla, acostumbraba a pasar algunas fiestas en el diminuto pueblo de una amiga. Había una única discoteca bastante cutre a la que acudíamos los adolescentes todos los sábados y, debido al calor, solíamos acabar amontonados en la puerta del establecimiento. A veces olvidábamos la hora y nuestra cháchara molestaba a los vecinos. O se rompía algún vaso. Cuando, a primera hora del domingo siguiente, veías a un grupo de chavales barriendo las calles del pueblo y vaciando las papeleras (con cara de desear pillar la cama) sabías por qué era. Lo curioso es que tanto los vecinos como los adolescentes parecían tener muy claro lo ventajoso de esa solución: «si nosotros aguantamos vuestras molestias, vosotros nos dejáis el pueblo como una patena».
Lo que venía después
Nunca asistí a broncas interminables ni supe de ningún amigo al que castigaran sin salir por una temporada. La reparación constatable parecía bastante más útil para todos que el castigo: si la habías fastidiado, te tocaba arreglarlo. Barrer, recoger, limpiar y borrar pintadas aportaba bastante más a los damnificados que el que te quedases en casa durante una semana. También desde la vertiente del aprendizaje, daba la impresión de que este método educativo era más eficaz. No era casual que se mantuviese.
Ese tipo de experiencias enseñan más de lo que parece. No tanto por el esfuerzo físico, que era lo de menos, sino por la relación directa entre lo que hacías y lo que venía después. Molestas a otros, te haces cargo. No pagas una deuda abstracta, reparas un daño concreto.
El castigo, tal y como se utiliza muchas veces, frena la conducta en ese momento, pero deja poco aprendizaje útil. El clásico «te quedas sin tablet» o «hoy no hay parque» no explica el efecto de lo que ha ocurrido ni sobre qué hacer distinto si la cosa se repite. Todo se reduce a una consecuencia desconectada y, con frecuencia, arbitraria.
La reparación, en cambio, te enfrenta a las repercusiones de tus actos. Si tiras los juguetes de otro niño, tendrás que recogerlos, devolverlos y, si es necesario, ayudar a ordenarlos. Si manchas una pared, toca limpiarla. Si rompes algo, tendrás que participar en su sustitución. Cierto, no todo es reparable, pero sí está en nuestras manos tratar de hacerlo.
El espinoso «sin querer»
¿Qué padre o madre no conoce la disculpa habitual del automático «ha sido sin querer», cuando llamamos la atención a nuestro hijo o hija por un comportamiento inconveniente? Y, por lo general, será cierto. La mayoría de las conductas problemáticas en la infancia no son deliberadas ni buscan hacer daño. Y hemos de reconocerlo: no es lo mismo empujar a propósito que tropezar y tirar a otro niño. La intención importa.
Pero el «sin querer» no puede actuar como cierre automático para dejar pasar las cosas. Que no haya intención no elimina las consecuencias. Si alguien acaba llorando o algo se rompe, hay un daño y una necesidad de reparación. Podemos reconocerlo con claridad: «Sé que no querías hacerlo, y aun así ha pasado. Vamos a ver cómo lo arreglamos». No hace falta entrar en discusiones interminables sobre si hubo o no intención.
Cuando el «sin querer» se emplea sistemáticamente como salvoconducto (y esto lo observamos en niños y adultos), el aprendizaje está viciado: justifica sin hacerse cargo de las consecuencias.
Tal vez dentro de casa, esta estratagema cuele. Pero fuera, las cosas generalmente no se dan por zanjadas, si hay perjudicados, porque aclares que no había intención.
Qué cambia cuando se repara
El primer efecto es que el niño entiende la relación entre acción y consecuencia. No es una norma impuesta sin mucho sentido; es algo que se deriva de lo que ha pasado. La segunda es que introduce responsabilidad sin necesidad de cargar con culpa excesiva. No hace falta machacar con sermones; basta con que haga lo que toca.
Además, la reparación reduce algo que el castigo suele aumentar: la lucha de poder. Cuando la consecuencia es arbitraria, nos enredamos en ver quién gana, quién cede, cuánto aguanta cada uno. Cuando la consecuencia es reparar, se reduce la discusión: has hecho esto, toca aquello.
No todo se puede resolver con una escoba en la mano. Hay conductas que requieren otros límites, en particular, si hay daño físico o situaciones de riesgo. Tampoco se trata de convertir cada error en una tarea interminable. Si limpiar la pared es una penitencia desproporcionada, pierde su función.
De lo anterior se desprenden dos elementos importantes de la reparación:
- Proporcionalidad y coherencia. La reparación debe estar relacionada con lo ocurrido y ser acorde con la edad del niño.
- Presencia del adulto. No va de «búscate la vida y arréglalo». El adulto guía e incluso, si lo aconseja la edad, madurez del niño o circunstancias, puede participar.
En la práctica
A veces los adultos evitamos la reparación porque es más incómoda. Requiere tiempo, paciencia y cierta tolerancia al enfado del niño. Es más rápido quitar un privilegio y dar el tema por zanjado. Pero rapidez no es sinónimo de eficacia. Si el propósito es que nuestros hijos hagan algo más que esquivar castigos, merece la pena complicarnos la vida un poco.
Reparar no debe limitarse a los grandes líos. También tiene un lugar en lo cotidiano. Si se derrama un vaso, se limpia. Si se desordena un espacio común, se recoge. Sin dramatismos.
En consulta vemos niños acostumbrados al castigo que centran toda su energía en evitar la sanción o en discutirla. Les cuesta hacerse cargo de lo que han hecho. Cuando se introduce la reparación con consistencia, el «no es justo» termina dando paso al «vale, ¿qué puede hacer ahora?».
Algunas familias tienen problemas para encajar la reparación, bien por dinámicas previas o por el temperamento del niño. Y hay momentos en los que el adulto no llega, porque está cansado o desbordado. Pero, a la larga, funciona mucho mejor esta estrategia que acumular castigos que se olvidan en cuanto pasa la tormenta.







