
¿En que momento dejamos de retirar cosas?
Un padre manifiesta sentirse agotado por el comportamiento de su hijo: malas notas, continuas discusiones y una ristra de conflictos en el colegio. El fútbol es el único lugar donde el chaval no tiene problemas. Acude motivado a los entrenamientos, tiene un grupo de amigos y su entrenador está contento con él. Aun así, el razonamiento del padre —después de muchos intentos fallidos para modificar su comportamiento en casa y en la escuela— es comprensible: «si le amenazo con quitarle lo que más le gusta, reaccionará».
Hay padres que lo han probado todo: han quitado pantallas, salidas o planes con los amigos. Como nada parece tener efecto, suben un peldaño más. Y después otro. Al final —como reconocen con pesar algunos de ellos— terminan recurriendo al castigo definitivo: retirar aquella actividad donde el niño o la niña parecen sentirse (y conducirse) bien.
Castigo negativo versus castigo positivo
En el ámbito de la psicología conductista, el «castigo negativo» consiste en retirar un estímulo agradable con el propósito de reducir una conducta (por ejemplo, quitar el móvil o prohibir una actividad). Por el contrario, el «castigo positivo» busca reducir una conducta mediante la aplicación de un estímulo desagradable (gritos, regañinas, tareas extra o incluso un azote).
La investigación psicológica muestra que ambas estrategias pueden frenar conductas a corto plazo, pero tienen limitaciones importantes cuando se convierten en la herramienta educativa principal. Reducir una conducta no equivale a enseñar autocontrol, responsabilidad o habilidades para afrontar mejor una situación similar en el futuro.
Además, cuando el castigo es la única respuesta habitual, se produce por lo general una escalada: los padres necesitan aumentar la intensidad para obtener algún efecto. Y cuando ya se han subido todos los escalones, muchas familias acaban diciendo aquello de «no le importa ningún castigo».
El «hay que ponerse más duros» genera a menudo el efecto contrario: el niño obedece temporalmente por miedo, agotamiento o evitación del conflicto, pero no aprende qué puede hacer de otra manera. La repetición del castigo, sin más, conduce muchas veces al enfrentamiento, al resentimiento o a la desconexión emocional.
No todo lo que se retira pesa igual
Hay otro factor importante: no todas las cosas que se retiran tienen el mismo peso psicológico.
No es lo mismo quitarle al niño la consola durante una tarde que eliminar una de las pocas actividades donde se siente competente, reconocido por otros o integrado en un grupo.
Cuando se elimina eso, la conducta puede empeorar por varias razones. Una de ellas es muy simple: le estamos quitando una fuente de motivación, autoestima y regulación emocional. Si el niño se siente fracasado en el colegio y constantemente corregido en casa, retirarle aquello que le hacía sentirse válido aumenta la sensación de que «haga lo que haga, todo va mal».
El circuito tiene mucho de paradójico: cuanto peor está el niño, más cosas le quitamos; y cuanto más le quitamos, peor se comporta.
En muchos adolescentes, actividades como el deporte, la música o determinados grupos de pertenencia funcionan como factores de protección psicológica. En esos espacios, experimentan competencia, vínculo social y una identidad distinta a la del «niño problemático». Por eso conviene ser especialmente prudentes antes de utilizar esas actividades como medida disciplinaria.
Antes de castigar, conviene entender qué está pasando
A veces damos por hecho que el niño no quiere comportarse mejor, cuando la pregunta es otra: ¿qué le impide hacerlo?
Detrás de unas malas notas, discusiones constantes o problemas de conducta puede haber muchas realidades: dificultades de aprendizaje, impulsividad, ansiedad, problemas sociales, desorganización, baja tolerancia a la frustración o falta de habilidades para manejar determinadas situaciones.
La conducta siempre cumple una función: evitar algo que resulta molesto, buscar reconocimiento, descargar frustración o recuperar el control. Si no entendemos qué hay detrás, sólo actuaremos sobre el síntoma.
La importancia del reconocimiento
Los niños necesitan límites claros, consecuencias previsibles y adultos capaces de actuar con calma y coherencia.
La consecuencia no tiene por qué consistir en retirar cosas. A veces es más eficaz, por ejemplo, reparar un daño causado, reorganizar rutinas, supervisar determinadas tareas o limitar un privilegio concreto de forma proporcionada y explicada.
Es importante, asimismo, reforzar las conductas que consideramos deseables. Muchos niños se pasan el día sometidos a correcciones y desconocen lo que es el reconocimiento. Si no hay un equilibrio entre corrección y reconocimiento, la convivencia se centra en el conflicto.
Con los adolescentes es particularmente útil que tu hijo o hija participe en la resolución del problema. Preguntas como «¿qué crees que está fallando?» o «¿qué podríamos hacer distinto para que esto funcione mejor?» favorecen la colaboración sin menoscabar la autoridad parental.
Una pregunta útil antes de castigar
Hay conductas que conllevan consecuencias claras. Pero antes de castigar conviene hacerse una pregunta sencilla: «¿Aprenderá algo mi hijo con esta medida o solo estoy descargando mi frustración?».
Tal vez parezca que quitar el fútbol es una consecuencia lógica de nuestro enfado. Pero para el niño, esto puede significar: «También me han quitado el único sitio donde no me sentía un desastre».
Y cuando una persona siente que ya no le queda nada valioso, la motivación para esforzarse cae en picado.







