
No te lances a resolver por ellos; espera
Quienes acostumbráis a ir al parque, habréis asistido en algún momento a una escena semejante la que describo a continuación. Un montón de niños, recién salidos de la escuela, corretean por el parque mientras devoran la merienda. Un grupito de chavales empieza a discutir acaloradamente: no se ponen de acuerdo. Una facción quiere echar un partidillo de fútbol, la otra prefiere el «pilla pilla zombi» y una tercera lo considera un rollo y propone «el suelo es lava». Uno de los padres, al escuchar el barullo, se acerca a ver qué ocurre y recomienda una solución de lo más razonable: echar una partida de «piedra, papel o tijera»..
La solución es, además de razonable, divertida. Los niños abandonan la discusión y emprenden el juego propuesto. ¿Pero que ha supuesto la rápida intervención del adulto?
Padres y madres debemos tener algo claro: resolver una situación no equivale a enseñar a resolver esa situación. Cuando el adulto propone una solución inmediata —por eficaz que sea— sin que los niños tengan ocasión de buscarla por sí mismos, les quita la oportunidad de aprender a defender sus ideas, proponer alternativas, escuchar al otro, negociar, equivocarse y asumir que no siempre saldrá adelante lo que desean.
Lo que ocurre entre iguales
La interacción entre niños ofrece, desde el punto de vista del aprendizaje, oportunidades muy diferentes a las que existen cuando media un adulto. En primer lugar, la relación es horizontal: nadie tiene la autoridad del adulto para imponer una solución, ni su experiencia, ni sus recursos, así que no queda más remedio que «venderla» a los compañeros o, al menos, tratar de alcanzar un compromiso: «Yo quiero jugar a esto». «Pues yo no». «Entonces hacemos primero una cosa y luego otra». «Pero ayer elegiste tú». «Vale, echamos a suertes».
El procedimiento puede ser lento, desordenado y mejorable. Nadie nace con las cosas sabidas. Los niños están ejercitándose en un terreno muy complejo (resolver problemas con otros) y practican unas habilidades de las que echarán mano a lo largo de toda su vida. Esto necesita tiempo y dedicación. Cuando los adultos les decimos en treinta segundos qué conviene hacer, les impedimos esas prácticas.
Ayudar no es resolver
La presencia del adulto no es el problema. A veces su intervención es necesaria para que el niño pueda hacer algo que todavía no conseguiría solo. Pero incluso en ese caso, nuestro papel no es el de resolver, sino el de ayudar a resolver.
El concepto de «andamiaje» ilustra muy bien cómo debe ser la ayuda. Un andamio es una estructura provisional que se va retirando a medida que el niño avanza en una tarea y gana independencia. La cantidad de ayuda y el momento en el que se ofrece son tan importantes como la ayuda misma.
A los adultos nos cuesta contemplar durante cinco minutos un problema que podríamos solucionar en treinta segundos. Tenemos prisa, sabemos qué conviene, no queremos que nuestros hijos lo pasen mal durante la discusión y, además, evitamos el riesgo de que la decisión infantil sea (o nos parezca) peor que la nuestra.
Pero si no hay un peligro evidente, no existen agresiones ni una situación que claramente exceda los recursos de los niños, no hay problema en mantenernos al margen. Es muy posible que la solución alcanzada no coincida con la nuestra. O que los chavales necesiten probar dos o tres antes de encontrar una que funcione… e incluso que finalmente recurran a nosotros.







