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Andamiaje y aprendizaje infantil

Un padre sigue supervisando la mochila de su hijo aunque este ya va a la universidad

«Espera, que miro si lo llevas todo»

El padre de la viñeta comprueba que su hijo lleva todo lo que necesita para ir a clase pese a que este ya es universitario. Repite lo que viene haciendo desde hace mucho tiempo: verificar que nada importante falte en su mochila. El adolescente quizás fue un niño desordenado u olvidadizo, por lo que papá se aseguraba cada mañana de que allí estuviesen los cuadernos, los lápices y el bocadillo. Ahora, esa conducta es claramente absurda y extemporánea.

Un concepto inspirado en el sector de la construcción

La psicología ha tomado prestado el término «andamiaje» del sector de la construcción. El andamio tiene la ventaja de ser adaptable y provisional. Los obreros lo instalan en función de sus necesidades (modificando su anchura, altura o perfil) y lo retiran una vez que han realizado las obras de construcción o mejora previstas. Nadie espera que los andamios sigan ahí una vez concluida la tarea.

El concepto de «scaffolding» (andamiaje) fue introducido en 1976 por los psicólogos Wood, Bruner y Ross para describir cómo un tutor puede ayudar a un niño a realizar una tarea que todavía no es capaz de completar por sí mismo y cómo esa ayuda debe modificarse —y, en última instancia, retirarse— a medida que aumenta su competencia.

Un proceso dinámico

Una de las características destacables del andamiaje es, como hemos visto, su carácter mutable y adaptativo: la ayuda prestada depende de la respuesta. Si basta una indicación o aclaración, no hace falta proporcionar la solución completa. Si no hay avances, aumentamos la ayuda. Si los hay, la reducimos. Es lo que se denomina contingencia.

Veámoslo con un ejemplo. Queremos que nuestra hija aprenda a vestirse. Al principio, probablemente tengamos que colocar la camiseta en la posición adecuada e indicarle por dónde debe meter la cabeza. Cuando domine la técnica, bastará con dejar la camiseta preparada sobre la cama. Más adelante, la sacará ella misma del armario y se la pondrá sin ayuda.

Una pregunta obligada: ¿cuánta ayuda necesita?

Recurramos de nuevo a un ejemplo. Tu hijo no sabe resolver un problema de matemáticas y te pide ayuda. Puedes sentarte a su lado, leer el enunciado, explicarle qué operación necesita, indicarle qué datos debe utilizar y supervisar los cálculos. Seguro que resolvéis el problema enseguida.

Aunque también puedes optar por un proceso más lento, pero de mayor potencial educativo.

—¿Qué es exactamente lo que no entiendes? —podrías preguntarle.

Quizá tu hijo te conteste que no sabe qué operación debe hacer.

—¿Qué te están preguntando? —podrías añadir tú.

Es posible que con eso sea suficiente. Y si no lo es, seguiremos ayudando.

La diferencia entre ambos enfoques es notable: en el primero decides de antemano cuánta ayuda necesita tu hijo. En el segundo, esperas a ver qué puede hacer y solo le ayudas si hace falta.

No toda ayuda funciona como andamiaje

Así es. Para que podamos hablar propiamente de andamiaje, la intervención del adulto debe guardar relación con lo que el niño puede hacer en ese momento y modificarse a medida que cambia su desempeño. Evitaremos algunos errores frecuentes:

  • Dar más ayuda de la necesaria. Si basta con una indicación para que el niño siga adelante y, sin embargo, le proporcionamos la solución, estamos haciendo un trabajo que podía haber hecho él. El andamiaje exige comprobar qué ocurre después de cada ayuda antes de añadir la siguiente.
  • Dar menos ayuda de la necesaria. Retirar el apoyo no consiste en dejar al niño solo ante una tarea que todavía está fuera de su alcance. Si una indicación no basta, aumentaremos temporalmente la ayuda y volveremos a reducirla cuando avance con más autonomía.
  • Ofrecer una ayuda fija decidida de antemano. No podemos saber de antemano qué ayuda necesitará el niño ni durante cuánto tiempo. El andamiaje es contingente: depende de lo que vaya ocurriendo durante la tarea y de la respuesta del niño a cada intervención.
  • No retirar una ayuda que hasta entonces había sido útil. Que ayer necesitara que revisáramos con él la mochila no significa que deba necesitarlo mañana. Iremos disminuyendo la ayuda a medida que crece el dominio de esa tarea hasta transferirle la responsabilidad.
  • Esa retirada tiene algunas consecuencias poco atractivas. Tu hijo puede tardar más en vestirse, olvidar algún día el cuaderno o equivocarse al resolver el problema de matemáticas. Toca entonces resistirse a ese impulso tan adulto de decir: «Anda, dame, que ya lo hago yo».

En nuestro post de ayer hablábamos de la conveniencia de no precipitarnos a resolver los problemas de nuestros hijos. El andamiaje introduce un nuevo matiz: una vez que consideramos necesario intervenir, debemos decidir hasta dónde debe llegar nuestra ayuda y cuándo debemos retirarla.
 

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