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Un bocadillo con mucha chicha

Madre desbordada por los hijos ante la mirada del padre que se queda al margen

O cómo iniciar dinámicas que se vuelven en contra

Entre los chavales que parlotean en el bullicioso patio de esta historia, nuestro zoom se detiene sobre dos amigos inseparables: Martín y Lola. En ese momento, Martín se ríe de algo que la niña le cuenta.

Las clases han terminado y los alumnos están hambrientos. Martín corre a sacar su bocadillo y Lola le enseña el suyo, enorme y untado de Nocilla.

—¡Qué rico! —comenta Martín. Lola sonríe y responde que el bocadillo es tan grande que pueden repartírselo entre los dos.

Y ese día lo comparten. Y al día siguiente también. Y al otro.

Con el paso de los días, Martín piensa que, si Lola lleva siempre un bocadillo tan estupendo, no tiene sentido preocuparse por llevar el suyo. Así que deja de hacerlo.

Algo con lo que nadie contaba

Hoy Lola se siente molesta. En su interior una vocecita no para de repetir: «No sé por qué siempre tengo que traerlo yo». Aunque nunca lo ha dicho (y tal vez ni siquiera sea consciente de ello), esperaba que en algún momento Martín apareciese con un bocadillo delicioso para los dos. Pero ese bocadillo nunca llega.

Martín, por su parte, interpreta la situación de otra forma. Se ha acostumbrado a compartir el bocadillo y ¿por qué deberían cambiar las cosas?

Así que esa tarde Lola decide no repartir su merienda con él. Y el niño nota cómo le rugen las tripas.

Nuestro zoom muestra ahora otra escena menos idílica: Martín está hambriento, enfadado y confundido. Lola también está de mal humor. Está harta de ser siempre la que se encarga del bocadillo, pero al mismo tiempo se siente culpable por haber dejado a Martín sin merienda.

Un patrón recurrente, en particular en las parejas

Esta historia, pese a su aparente sencillez, tiene mucha chicha: refleja un patrón habitual en las relaciones humanas, sobre todo, en las de pareja.

La cosa funciona así: una persona —por los motivos que sean— favorece cierta dinámica y la otra acaba adaptándose a ella. Más tarde, quien ha facilitado esa situación espera una respuesta diferente que, en la mayoría de los casos, ni siquiera ha expresado. Y ahí todo empieza a torcerse.

Surge entonces el malestar. Una parte cree estar dando demasiado sin recibir nada a cambio. La otra no entiende qué ha cambiado o qué ha hecho mal. Y ambas terminan frustradas.

Malentendidos y resentimientos

Ya se trate de relaciones de familia, amistad o pareja (sobre todo, en estas últimas), esperamos que el otro intuya nuestros deseos o necesidades, nuestro cansancio o aquello que echamos en falta. Pero cuando no se hablan las expectativas, ese espacio es ocupado por los silencios, los malentendidos y los resentimientos.

Cuando surge el conflicto es fácil centrarse rápidamente en el comportamiento del otro. Sin embargo, antes de lanzarnos a atribuir culpabilidades, no está de más plantearse —no desde la culpabilidad, sino de la responsabilidad— la pregunta siguiente: «¿Estoy favoreciendo dinámicas que después me generan malestar?».

Mochilas emocionales

Las relaciones se construyen a partir de lo que hacen ambas partes, pero también de lo que cada una de ellas permite, refuerza, calla o da por hecho.

En las relaciones repetimos con frecuencia comportamientos aprendidos hace años. Lo hacemos en automático, cargando heridas y mochilas emocionales de las que tal vez ni siquiera seamos conscientes, pero que nos llevan a actuar como actuamos. Si depositamos nuestra atención exclusivamente en lo que hace el otro, olvidamos preguntamos qué parte nos corresponde en lo que está ocurriendo… y qué cargamos en nuestra respectiva mochila.

Cuando ambas partes son capaces de reflexionar con franqueza sobre cuál es su papel (y responsabilidad) en las dinámicas de pareja inician con paso firme el camino hacia el cambio.
 

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