
Y el esfuerzo indiscriminado, tampoco
Hablando hace poco con una madre que había lllegado al fin del curso escolar tan agotada como su hija, recordé el pegadizo eslogan.
Explicaba esta madre cómo a lo largo del año había estudiado con la niña cada día. Había preparado materiales, aclarado y tomado lecciones, repasado exámenes («incluso le hacía varias pruebas el día anterior a la evaluación») y mantenido contacto frecuente con los profesores para intentar comprender a qué se debía su bajo rendimiento escolar. Cuando llegaron las calificaciones finales, se las había tomado como una evaluación de su esfuerzo durante el curso.
«Me sentí como si me hubieran calificado a mí». La frase probablemente describe mejor que cualquier otra explicación el grado de implicación con el que muchos padres viven las dificultades escolares de sus hijos.
¿Exceso de implicación?
Muchas de las familias que nos consultan han hecho exactamente lo que cabría esperar de unos padres preocupados: dedicar mucho tiempo a los estudios de su hijo o hija con dificultades, hablar con profesores, buscar información y probar cuantas estrategias han creído convenientes.
La dinámica es recurrente: si el niño tiene dificultades, parece lógico aumentar el tiempo de estudio. Y si se distrae, insistimos más. Si los resultados no mejoran, redoblamos los esfuerzos.
Sin embargo, esta lógica intuitiva no siempre coincide con lo que necesitan chavales con determinadas dificultades.
Decisiones tomadas sobre hipótesis
Pensemos en un niño que mantiene la atención durante periodos muy breves. Después de veinte o treinta minutos de trabajo efectivo, su rendimiento cae en picado. A esas alturas, muchos padres siguen explicando, corrigiendo y repitiendo contenidos. El niño, mientras tanto, está a kilómetros de allí: ha dejado de procesar la información que recibe.
En esas circunstancias, dedicar una hora más a repetir exactamente lo mismo lo único no hace más que aumentar el cansancio de padres e hijos. En términos de adquisición de conocimientos, el resultado es por lo general nulo o escaso.
Lo mismo ocurre con otras dificultades. Hay niños que necesitan aprender de una forma distinta o que requieren apoyos específicos. Algunos presentan problemas de aprendizaje. Otros están bloqueados por la ansiedad. También los hay que simplemente atraviesan una etapa complicada sin que exista trastorno alguno.
La solución depende del problema
Así es, y mientras el problema siga siendo una incógnita, buena parte de las decisiones parentales se tomarán sobre hipótesis: ¿soy demasiado blanda y necesita mi hija más disciplina? ¿tendría que darle más autonomía? ¿debo cambiar de estrategia? ¿me estoy pasando de exigente?…
El listado de preguntas es largo y ninguna de las posibilidades parece absurda. De hecho, las estrategias adoptadas pueden ser correctas. Sin embargo, cuando desconocemos las causas reales de las dificultades del niño o la niña, corremos el riesgo de que las estrategias sean ineficaces, estén mal aplicadas o de forma inconveniente, se abandonen antes de tiempo o sean contradictorias entre sí, cuando no directamente contraproducentes.
Ante la falta de resultados o el desequilibrio entre esfuerzo y rendimiento, los padres acaban agotados y los hijos también.
El esfuerzo indiscriminado no funciona
Volvamos al anuncio que da título a este post. Las dificultades no se corrigen a base del esfuerzo indiscriminado de padres e hijos. O dicho de otra forma: la potencia está presente; lo que hace falta es saber hacia dónde dirigirla.







