
«Le entra por un oído y le sale por el otro»
Un padre explica a su hijo por qué no debe pegar a su hermano pequeño. Adapta las palabras a la edad del niño para que entienda bien las razones. Después le pregunta si ha comprendido lo que acaba de decirle y el niño responde que sí. De hecho, repite la explicación con bastante precisión. Esa misma tarde vuelve a empujar a su hermano cuando se pelean por un juguete.
La conclusión del padre es inmediata: «Lo entiende perfectamente, pero hace lo que le da la gana».
Es una conclusión comprensible, aunque incorrecta. Tendemos a pensar que basta con entender una norma para que cambie la conducta. Si el niño sabe que no debe interrumpir una conversación, esperamos que deje de hacerlo. Si entiende que perder un juego no justifica una rabieta, confiamos en que aceptará con más entereza la próxima derrota. Y si reconoce que compartir es importante, damos por hecho que prestará sus juguetes por poco que le apetezca.
Comprender una norma, sin embargo, es la parte más sencilla. Consiste en entender las palabras, interpretar su significado y recordar qué se espera de nosotros. Actuar de acuerdo con esa norma, sobre todo si estamos enfadados, cansados o frustrados, exige un esfuerzo mucho mayor. Requiere detener el impulso inmediato, pensar antes de actuar, recordar la regla en el momento preciso y elegir una conducta diferente de la que nos sale de forma espontánea. Todas estas habilidades se construyen lentamente durante la infancia.
Lo entiendo pero no sé hacerlo
Un niño puede explicar perfectamente que no debe interrumpir una conversación y seguir haciéndolo porque el impulso de hablar aparece antes de que tenga tiempo para controlarlo. Puede saber que perder forma parte del juego y ponerse a llorar en cuanto las cosas no salen como esperaba. Y reconocer que pegar está mal, pero dar un empujón a otro niño porque ha cogido uno de sus juguetes.
Los adultos interpretamos el aprendizaje desde nuestra propia forma de aprender. Sobrevaloramos la utilidad de nuestras explicaciones porque, en el «universo adulto» resolvemos gran parte de los problemas aclarando verbalmente las cosas. Si un adulto desconoce algo, le damos información. Es una estrategia lógica y, en la mayoría de los casos, suficiente. En el caso de los niños, sin embargo, la información solo es una parte del aprendizaje.
Las habilidades que más preocupan a las familias —esperar, controlar los impulsos, aceptar un «no», resolver conflictoscon otros niños o tolerar pequeñas frustraciones— no se adquieren porque alguien te las explique bien, de la misma forma que no se aprende a montar en bicicleta leyendo un manual: es necesario experimentar. Esas habilidades se construyen poco a poco, a partir de muchas experiencias parecidas en las que el niño se ve obligado a poner en marcha esos recursos, con los consiguientes fallos y aciertos. Con el tiempo consolidará respuestas nuevas.
¿Qué sentido tiene entonces repetir las explicaciones?
El proceso de aprendizaje del adulto podría compendiarse más o menos así: «explicación → comprensión → conducta». El aprendizaje del niño sigue, sin embargo, otro recorrido: «explicación → experiencia → nueva explicación → nueva experiencia… → nuevo hábito».
Pensemos en un ejemplo sencillo. Quique promete a su madre que no volverá a colarse. Sin embargo, la siguiente vez que juega se cuela otra vez. Mamá le recuerda lo que habían hablado días antes. Esta segunda explicación no cae en el vacío. Ya no es una situación hipotética, sino algo que el niño acaba de vivir. La tercera vez quizá consiga esperar unos segundos antes de adelantarse. La cuarta volverá a olvidarlo. Unas semanas después, esperar le costará menos esfuerzo.
Las explicaciones no modifican la conducta por sí solas. Su utilidad aparece cuando el niño vive situaciones en las que puede relacionar lo que le hemos explicado con lo que le está ocurriendo en ese momento.







