
Una anécdota de médicos y abogados
Contaba el juez Oliver Wendell Holmes —o, al menos, así se le atribuye— el siguiente chascarrillo para demostrar algunas de las servidumbres de su profesión.
Un médico, harto de que todo el mundo aprovechase cualquier encuentro para hacerle consultas, preguntó a un abogado con el que coincidió en una cena si a él también le ocurría.
—Continuamente —contestó el abogado.
—¿Y qué haces? —exclamó el médico con curiosidad.
—Respondo… y después les envío la factura.
Qué estupenda solución —pensó el médico—. Al día siguiente preparó varias facturas para enviarlas a quienes le habían pedido consejo durante la cena. Antes de salir de casa abrió el correo. Allí estaba la factura del abogado.
Las fórmulas magistrales
Cuando escuché este chiste —que me hizo mucha gracia, lo reconozco—, un detalle me llamó más la atención que el asunto de las consultas gratuitas: el hecho de que los consultantes «a bote pronto» estuviesen convencidos de que el médico podría darles la respuesta adecuada sin necesidad de explorar al paciente, conocer sus antecedentes familiares o saber algo más sobre su historial.
Este tipo de consultas también se nos plantean a los psicólogos (y, por lo que veo, también a los abogados). Una mamá o un papá te explica a la puerta del colegio que su hijo tiene rabietas, no obedece, pega a los otros niños y se mete a cada poco en follones. A continuación te pregunta qué puede hacer ante ese comportamiento con la esperanza de recibir un listado de pautas.
El inconveniente es que la conducta, por sí sola, dice poco.
Rabietas idénticas por motivos muy distintos
Lo anterior se entiende perfectamente si nos trasladamos al ámbito médico. Un dolor abdominal puede deberse a una gastroenteritis, una intolerancia alimentaria, una apendicitis o una úlcera, entre otras muchas patologías. Todos esos pacientes consultan por el mismo motivo. Sin embargo, no recibirán el mismo tratamiento. Antes de intervenir, el médico necesita averiguar qué está produciendo ese dolor. Un diagnóstico médico a partir de una consulta sobre la marcha resultaría, cuando menos, arriesgado.
Lo mismo ocurre en psicología: actuar sobre la conducta y no sobre la causa no nos lleva a ningún lado.
Entender antes de proponer
Este es el motivo por el que los psicólogos dedicamos las primeras sesiones a comprender qué está ocurriendo antes de proponer cambios. Necesitamos conocer el desarrollo del niño, su temperamento, la presencia de posibles trastornos del neurodesarrollo, las situaciones en las que se manifiestan los problemas, las consecuencias que mantienen esas conductas y cómo interactúan los distintos miembros de la familia.
Muchas familias llegan a la primera consulta con unas expectativas irrealistas. La convivencia familiar probablemente está afectada y las discusiones son el pan de cada día. Les urge recibir un listado de recomendaciones que les permita «empezar a hacer algo cuanto antes». Estas expectativas son comprensibles pero, volviendo a la analogía médica, vendría a ser como si un paciente le pidiese a su médico que le recetase un fármaco que valga para todo.
La comprensión del problema mejora los resultados notablemente
Los programas de entrenamiento para padres son mucho más eficaces cuando las familias comprenden la naturaleza del problema. Es más, sabemos por experiencia que esta comprensión favorece la adherencia al tratamiento, es decir, la motivación para mantener las estrategias el tiempo suficiente como para que produzcan cambios.
Aplicar una pauta durante tres días es relativamente sencillo. Mantenerla cuando el niño protesta, cuando parece que nada mejora o surgen dudas sobre la eficacia es mucho más complicado y requiere que la familia entienda por qué está haciendo lo que hace y qué cabe esperar durante el proceso.
La atribución de responsabilidad
Comprender el origen de una conducta también cambia la forma en que los padres la interpretan. Una misma rabieta puede verse como un intento deliberado de desafiar la autoridad o como la consecuencia de una escasa capacidad para regular la frustración y controlar los impulsos. La conducta es la misma, pero la explicación modifica por completo la reacción del adulto.
El fenómeno de atribución de intencionalidad está ampliamente estudiado. Tendemos a explicar el comportamiento de los demás atribuyéndoles motivos, intenciones o rasgos de personalidad, aunque desconozcamos los procesos subyacentes. Cuando unos padres interpretan que su hijo pierde el control «porque quiere salirse con la suya», es probable que respondan endureciendo los castigos o las regañinas. Si comprenden que su hijo tiene dificultades para inhibir sus respuestas emocionales, seguirán poniendo límites pero, con la ayuda del profesional, buscarán reforzar la capacidad de autorregulación del menor.







