
O cómo hacer de lo innecesario una rutina compleja
Tu hija te pide que te quedes con ella hasta que concilie el sueño. Al principio es algo puntual: ha tenido una pesadilla. Ahora te pone ojitos y te dice que te sientes a su lado. Notas en tu mano su manita y sabes que esperarás a que se duerma. Así, prácticamente sin darte cuenta, comienzas a sentarte cada día al borde de su cama a la espera de que caiga en los brazos de Morfeo. Ahora tu hija reclama tu presencia para dormir. A veces el tiempo apura y te gustaría no tener lo que ya se ha convertido en una obligación diaria. Pero, después de todo, te cuesta poco y a ella le hace mucha ilusión.
La anécdota del perro
En otro orden de cosas (pero aplicando el mismo comportamiento), un papá me contaba hace poco una situación doméstica que, con el tiempo, se ha convertido en motivo de disgustos.
«Todo empezó —recordaba— cuando recogimos en la protectora a una preciosa perrita. Parecía tan desvalida que la acostumbramos a estar siempre acompañada. Si alguien tenía que hacer un recado, se las apañaba para llevarse a la perra. Nunca aprendió a quedarse sola.
Durante bastante tiempo no pareció haber ningún problema. La familia se organizaba… hasta que llegó el momento inevitable en que tuvimos que dejarla sola en casa. Ahí nos dimos cuenta del problema que nosotros mismos nos habíamos creado.
La perrilla no entendía nada y creía —imagino— que la íbamos a abandonar. Bastaba con que alguien cogiese las llaves o se pusiera el abrigo, para que empezase a gemir. Cuando finalmente conseguíamos salir de casa estaba tan alterada que aullaba sin parar. La perra lo pasaba mal. Nosotros lo pasábamos mal. Y los vecinos estaban hasta las narices.
Lo que parecía una nadería se ha transformado en un problema organizativo que nos condiciona la vida. Tenemos que pensar quién puede sacarla, cuánto tiempo va a estar sola y cómo evitar que se angustie demasiado».
El «tampoco me cuesta tanto»
Estas dos situaciones tan dispares empiezan con pequeñas decisiones que en su momento parecían razonables y casi siempre estaban acompañadas de justificaciones del tipo: «Bueno, tampoco me cuesta tanto y facilita las cosas por ahora». Lo vemos, por ejemplo, en el niño que no quiere comer algo y en torno al cual termina organizándose finalmente el menú familiar. O en aquel que acaba durmiendo en la cama de los padres como parte de la rutina nocturna.
Los pequeños inconvenientes exigen, por lo general, introducir algún cambio en el momento en el que surgen: una rutina distinta, una norma nueva o un aprendizaje que convendría poner en marcha. Ese cambio requiere tiempo, paciencia o tolerar cierta incomodidad inicial.
Si lo vamos dejando (por comodidad, sentimiento de pena, evitación del conflicto o cualquier otra causa) ese comportamiento se consolida. El niño duerme acompañado. Los macarrones se convierten en el plato habitual de la familia y el perro encuentra la forma de no estar solo. La familia se adapta y todo parece funcionar… en principio.
Cuando llegan las consecuencias
Dormirse sin compañía empieza a resultar muy difícil. Quedarse solo en casa provoca una ansiedad tremenda. Y acudir a comer a casa de unos amigos significa que nuestro hijo no probará la comida o que habrá discusiones.
Y entonces empezamos a preguntarnos: ¿Cómo hemos llegado a esta situación tan innecesaria —vista ahora en la distancia— y que nos complica tanto la organización familiar?
Te recomiendo la lectura del post Hablemos de sobreprotección. Demasiadas veces somos los padres los que fomentamos hábitos inadecuados.







