
Aprendizaje por contingencia natural
Aprender por contingencia natural es, en principio, un mecanismo efectivo. Veamos un ejemplo: si el niño olvida la merienda, sentirá hambre en el recreo y probablemente recordará guardarla en la mochila la próxima vez. El aprendizaje es espontáneo y consistente con la etapa de desarrollo.
Dicho lo anterior y dependiendo del perfil del niño, este proceso de aprendizaje no es el más idóneo en todas las circunstancias.
Un motivo frecuente de conflicto en la familia
Las tareas del cole —tanto en el momento de iniciarlas como durante su mantenimiento— son un foco de conflicto compartido por numerosas familias de niños con TDAH. Las razones son muchas y no todas tienen que ver con los elementos nucleares del trastorno.
El niño con TDAH realiza, por lo general, un sobreesfuerzo durante la jornada escolar. Tiene que estar quieto en la silla, no hablar, aguardar el turno, mantenerse concentrado y atender al resto de las demandas de un contexto tan exigente. El nivel de cansancio, al llegar a casa, es elevado.
Además, si a la mayoría de los niños les cuesta iniciar una conducta que no desean —no digamos si en ese momento están haciendo algo tan motivador como disfrutar de la merienda, ver la tele o jugar un rato—, imaginemos lo que supone para el niño o la niña con problemas de autorregulación cognitiva y conductual. Esta es una de las razones de que el conflicto se produzca con mayor frecuencia al inicio de la tarea.
Otro cero no enseña a hacer los deberes
Pensemos en una escena frecuente. El adulto, cansado de discutir, cae en la tentación de recurrir al aprendizaje por contingencia natural. Puede decir algo así como «Muy bien, no hagas las tareas. El lunes vas al colegio y que la profesora te ponga un cero». Amenazamos con la consecuencia prevista por el colegio cuando el alumno incumple los deberes.
Pero si el niño está acostumbrado a fracasar, otra mala calificación no actuará como el revulsivo esperado. Tan solo sumará una nueva experiencia de fracaso con el agravante de que esa calificación no le enseña las habilidades requeridas para realizar las tareas escolares (organización, atención durante la ejecución, comprensión lectora…).
Negarse a hacer los deberes (y no hacerlos) proporciona alivio inmediato. Cuando el adulto claudica y recurre a la frase anterior, el niño seguramente lo aceptará para quitarse de encima algo que no le apetece nada. Al llegar la noche, cuando empiece a sentir la presión real y más cercana de una mala calificación, querrá hacer las tareas —mal y rápido— a costa de dormir menos.
La complejidad el aprendizaje académico
Hemos de ser meticulosos cuando optamos por la aplicación «dirigida» del aprendizaje por contingencia natural, en particular en el ámbito del desarrollo académico.
Si el niño olvida la merienda, sentirá hambre. Y si olvida el abrigo, sentirá frío. Aprenderá a anticipar esas consecuencias y, antes o después, corregirá esos olvidos. Con el fracaso académico repetido no se produce el aprendizaje deseado y aumenta el riesgo de desvinculación de los estudios y de abandono escolar.
Quiero recordar aquí la importancia de las rutinas para facilitar el inicio de las tareas escolares. Será menos engorroso si el niño sabe y anticipa lo que se espera de él (hora de inicio de los estudios, descansos pautados, qué tareas son más complicadas o más fáciles para obtener mayor o menor apoyo del adulto, etc.).
Y también de la paciencia. El paso de una actividad atractiva a otra poco estimulante es complicado. Démosle un pequeño espacio temporal para que asuma la nueva situación: avisarle con antelación y acordar una pausa breve —por ejemplo, cinco minutos para terminar lo que está haciendo o tomarse un vaso de agua— facilita el cambio de actividades.
En resumen: frente a la negativa y el enfado, el adulto debe mantener la calma entendiendo las dificultades del niño para gestionar la situación. En lugar de intentar revertir la situación con un «pues te vas al colegio sin las tareas y que la profesora te ponga un cero», haremos una pausa para que disminuya la reactividad. Validaremos su emoción y le ofreceremos la ayuda que necesite para iniciar la tarea. E incluso podemos recordarle las consecuencias de no hacerlas. A modo de recordatorio, no de amenaza.







