
Expectativas y dificultades de adaptación
«Quiero muchísimo a mis hijas, pero hay días en los que daría cualquier cosa por recuperar mi vida de antes».
La que así habla es una buena amiga, madre de dos mellizas. Siempre había querido tener hijos y tanto ella como su pareja han vivido con ilusión los embarazos y los nacimientos. Por eso no entendía por qué se sentía cansada, irritable y con la sensación de no hacer otra cosa que trabajar, atender a las niñas y apagar mil fuegos.
«¿Cómo es posible que, después de haber deseado tanto ser madre, no me sienta feliz?»
Lo que imaginamos y lo que vivimos
Cuando imaginamos una experiencia que deseamos vivir, prestamos por lo general más atención a las satisfacciones que esperamos obtener que a las posibles dificultades: nos vemos compartiendo nuestra vida con una pareja, formando una familia y desarrollando la profesión que nos gusta. Estas expectativas influyen en cómo interpretamos lo que nos ocurre después.
Mi amiga había imaginado cientos de veces la vida con sus hijos. Por supuesto, tendría que renunciar a algunas cosas y la crianza exigiría tiempo y esfuerzo, ¿pero qué es eso ante la ilusión de ver crecer a tus hijos? Sin embargo, lo que imaginamos puede diferir de lo que nos depara la realidad por muy ilusionante que esta sea: la transformación de los días, la pérdida del espacio propio, la sensación de que la identidad ha quedado reducir al papel de madre. Y también está el puro cansancio físico: no poder dormir una noche (o dos o tres), despertarte rogando que tu hijo o hija no se despierte con fiebre o con tos, salir siempre con prisas, desear que se duerma para poder organizar los informes, organizar las vacaciones o cualquier salida en función de las necesidades de los niños o aprovechar tus tardes libres para embarcarte en una sucesión de tareas domésticas atrasadas.
Una psicóloga perinatal (lamento no recordar su nombre) ilustró estos sentimientos paradójicos con una frase que, como madre, me hizo sonreír: «hasta la maternidad más idílica huele a caca».
Los hijos nos proporciona experiencias maravillosas pero también modifican nuestra relación de pareja, nuestras rutinas, nuestra disponibilidad y nuestro tiempo.
¿Por qué me siento culpable?
Mi amiga —como ocurre a tantas mujeres— estaba inmersa en un doble malestar. Por un lado, no se perdonaba sentir frustración o tristeza («No tengo derecho a quejarme. Tengo dos niñas estupendas, una pareja que me quiere y a la que quiero y un trabajo que me gusta»). Por otro, no encontraba un lugar donde decir «esto me está costando» sin recibir a cambio un montón de consejos, comparaciones o recordatorios de todo lo bueno que tenía.
Cuando interpretamos nuestras emociones como la indicación de cómo somos, pisamos terreno resbaladizo. Estar cansada de las obligaciones de la crianza puede interpretarse como señal de no ser buena madre.
El hecho constatable, sin embargo, es que podemos querer mucho a alguien y sentirnos agotados por las responsabilidades que implica su cuidado. Podemos estar satisfechos con una decisión y echar de menos aquello a lo que hemos renunciado al tomarla.
Seguir teniendo una vida propia
Cuando asumimos una responsabilidad tan importante como la crianza, es inevitable cambiar nuestras prioridades. Pero si aplazamos indefinidamente las actividades que antes nos proporcionaban tantas satisfacciones y nuestra vida acaba reducida a una sucesión de obligaciones, es fácil terminar sintiéndonos agotados y sobrepasados.
Mi amiga lo tenía claro: no quería dejar de ser madre ni deseaba una vida sin sus hijas. Pero añoraba disponer de tiempo para sí misma, el seguir teniendo deseos, espacios, relaciones e intereses propios. En definitiva, deseaba que ser madre ocupase un lugar muy importante en su vida, pero no que ocupara todos los espacios.
Y llegados a este punto, podemos formularnos una pregunta que arroje cierta luz: ¿qué cosas me están haciendo sentir así y cuáles puedo cambiar?
En el caso de mi amiga, una conversación con su pareja condujo a la redistribución de tareas. Hasta entonces, muchas de las necesidades de las niñas habían recaído sobre ella, aunque no hubiese razón para ello.
Lo que nos cuesta reconocer
La maternidad es una experiencia muy importante en la vida de muchas mujeres, aunque cada una la vive de una manera diferente. Influyen las circunstancias económicas, la relación de pareja, la red familiar, las características de los hijos y sus necesidades y expectativas.
Debemos ser muy prudentes cuando damos por hecho cómo debería sentirse una mujer que acaba de tener un hijo o que lleva años dedicándose a criarlo. Y no debemos confundir el agradecimiento por lo que tenemos con la obligación de estar siempre felices.







