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Elogios que incomodan

Un niño pide a su padre que no aplauda cada vez que hace pio pio

¿Pero por qué se ha enfadado?

Una niña muestra a su madre con orgullo el dibujo que ha hecho. A la madre le parece precioso y lo enseña al resto de la familia. Todos felicitan a la niña. Y esta sale de la habitación enfadada ante el desconcierto general.

Los elogios y los halagos no siempre se viven como algo agradable, aunque quien los realiza tenga la mejor de las intenciones.

En el marco de las relaciones paterno-filiales (pero no solo en este), puede llamar la atención que algunos niños reaccionen ante el elogio con enfado, vergüenza o ambas cosas.

¿Qué ha podido ocurrir en el ejemplo que da inicio a este post? Tal vez la niña se sienta molesta por ser el centro de atención. O quizás solo quisiese mostrar el dibujo a su madre y no al resto.

En el primer supuesto, la incomodidad está causada por la atención recibida; en el segundo, por la decisión del adulto sin tener en cuenta los deseos infantiles.

Son muchos los motivos por los que un niño puede sentirse incómodo ante una expresión de reconocimiento. Y no siempre tienen que ver con sus características personales.

Explorar lo que siente cuando alguien le felicita, cómo interpreta esas palabras, en qué circunstancias se produce el elogio y cuáles le incomodan nos ayuda a comprender su reacción.

Los elogios generan presión

En el ejemplo anterior hemos visto dos posibles motivos de incomodidad ante el elogio: convertirse en el centro de atención y sentir que no se han respetado los propios deseos. Otros niños —en particular, si son muy exigentes consigo mismos o les preocupa cometer errores o decepcionar al adulto— interpretan determinados elogios como una exigencia a la que tendrán que responder a partir de entonces.

Se han observado diferencias entre el elogio a las capacidades personales y el que reconoce aspectos concretos del trabajo realizado. No es lo mismo decir «has hecho una buena redacción» que «eres el mejor escritor de la clase». No podemos concluir, sin embargo, que elogiar una capacidad sea siempre perjudicial o que felicitar por el esfuerzo sea siempre beneficioso: depende de las circunstancias y de cómo interpreta el niño esas palabras.

Lo que ven los otros y lo que pensamos de nosotros mismos

La incomodidad también puede deberse a una contradicción entre el elogio y la imagen que el niño tiene de sí mismo.

Si se considera torpe para los deportes, los halagos sobre su actuación en un partido de fútbol pueden parecerle condescendientes, un intento de animarlo o que el adulto no tiene ni idea de cómo juega al fútbol. En este caso, el contenido del elogio es relevante, aunque no haya espectadores.

La reacción también puede depender de quién procede el elogio. Si el reconocimiento es de un compañero al que el niño admira, la interpretación será diferente que si procede de un adulto acostumbrado a felicitarlo.

Sentirse evaluado en todo momento

Cuando un adulto elogia con frecuencia las conductas de su hijo, este puede entender esos comentarios como una evaluación constante.

Aquí conviene aclarar algo que genera confusión: el elogio como refuerzo positivo.

Un elogio es una expresión de reconocimiento. Para que actúe como refuerzo positivo, debe contribuir a que aumente la probabilidad de que se repita la conducta elogiada. Si el comentario incomoda al niño, lo distrae o le hace abandonar la actividad, no podemos dar por hecho que esté reforzándola.

Felicitar continuamente a un niño no garantiza mayor motivación. El efecto dependerá de cómo reciba esos comentarios y de lo que ocurra después.

No saber cómo responder

Algunos niños se sienten incómodos ante el elogio porque no saben cómo responder.

Puede que les agrade escuchar que han hecho algo bien, pero no sepan cómo reaccionar. Algunos bajan la cabeza, cambian de tema o contestan con brusquedad, aunque en realidad les haya gustado el reconocimiento. Una reacción de enfado puede deberse a la vergüenza, al desconcierto o a la dificultad para responder en una situación social poco habitual.

Comprender la reacción

Hasta aquí hemos visto algunas de las razones por las que un niño puede reaccionar con incomodidad a los elogios. No son las únicas y pueden producirse simultáneamente.

Cuando los adultos observamos estas reacciones, acostumbramos a pedir al niño que dé las gracias o se muestre agradecido. Antes de interpretar su comportamiento como una muestra de mala educación, convendría averiguar qué le ha molestado.

¿Le incomoda recibir elogios en general o solo algunos? ¿Reacciona igual ante sus padres y sus compañeros? ¿Le molesta el comentario o que otras personas lo escuchen?

Prestemos también atención a nuestra conducta. ¿Hemos exagerado sus méritos, lo hemos felicitado ante quienes prefería pasar desapercibido o hemos interrumpido con nuestra apreciación una actividad que estaba disfrutando?

No todas las reacciones de incomodidad indican inseguridad, baja autoestima o dificultades emocionales. A veces, el niño tiene motivos perfectamente comprensibles para sentirse molesto.

Explorar estas circunstancias nos permite conocer mejor cómo interpreta las situaciones sociales, qué opinión tiene de sus capacidades y qué expresiones de reconocimiento recibe con agrado.

Y también nos ayuda a revisar cómo elogiamos. En ocasiones, un comentario concreto sobre lo que ha hecho será bien recibido. Otras veces, agradecerá que mostremos interés por su actividad sin necesidad de calificarla. Y habrá momentos en los que prefiera que no intervengamos.

 

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