
¿Pero eso no es de críos?
Antonio tiene 69 años. Acude a consulta aconsejado por su pareja, desesperada porque olvida compromisos, pierde las cosas y deja todo sin terminar. Dice que siempre ha sido desorganizado y que sus despistes son famosos (de hecho, tiene un blog donde narra los más divertidos). También dice que «tiene la mala costumbre de dejarlo todo a medias». Recuerda haber sido mal estudiante pero durante su vida laboral ha cumplido sus obligaciones, aunque a costa de lo que califica de «esfuerzo ímprobo». Por regla general, ha delegado en su pareja las cuestiones organizativas.
Antonio está convencido de que siempre ha sido así, aunque reconoce que después de jubilarse, algunas de esas dificultades son más evidentes.
Durante la evaluación surge una posibilidad que nunca había considerado: que algunas de sus dificultades estén relacionadas con un TDAH.
Un trastorno poco reconocido
El TDAH se ha considerado durante mucho tiempo un trastorno propio de la infancia cuyos síntomas desaparecían con la madurez. Hoy sabemos que, aunque sus manifestaciones cambien con la edad, puede persistir durante toda la vida.
Quienes ahora tienen 70 u 80 años crecieron en una época en la que no se hablaba de TDAH. Si un niño no prestaba atención era un despistado; si no paraba quieto, un revoltoso. Y si era incapaz de organizarse, un desastre.
Muchos niños se adentraron en la adolescencia y después en la adultez sin diagnóstico. Una vez abandonada la escuela, algunos encontraron trabajos acordes con sus características, otros contaron con el respaldo de personas que les ayudaron y hubo quien desarrolló mecanismos compensatorios con mayor o menor esfuerzo.
Hay otra explicación para la falta de diagnóstico: ante los problemas de atención, memoria u organización en personas mayores, se considera antes la posibilidad de que estén relacionados con el envejecimiento, la depresión o el deterioro cognitivo. El TDAH no aparece entre las posibles explicaciones.
Llega la jubilación… y algunas cosas se hacen más obvias
Durante décadas, Antonio tuvo que levantarse a una hora determinada, cumplir un horario y responder a las exigencias de su trabajo. Esta organización externa le ayudaba a desenvolverse.
En sus actuales circunstancias dispone de mucho tiempo, pero le cuesta administrarlo. Cada día se propone hacer varias cosas y, cuando termina la jornada, tiene la desagradable sensación de no haber hecho ninguna.
La jubilación puede hacer más evidentes algunas dificultades del TDAH, en particular en quienes dependen de una estructura externa para organizarse. En otras personas sucede lo contrario: al desaparecer las exigencias laborales, disminuyen los problemas.
A estas circunstancias se añaden los problemas de salud, las alteraciones del sueño o la necesidad de tomar varios medicamentos, situaciones más frecuentes en edades avanzadas que complican la organización cotidiana.
¿TDAH o deterioro cognitivo?
Esta es una importante cuestión a la hora de diagnosticar a edades avanzadas. Los olvidos, la falta de atención y los problemas para organizar actividades se dan tanto en personas con TDAH como en quienes presentan deterioro cognitivo.
En estos casos es importante conocer la historia de esas dificultades. Si la persona siempre ha sido desorganizada, olvidadiza o impulsiva, el cuadro es diferente de quien empieza a tener problemas de memoria a los 75 años.
Esta distinción no es sencilla. Alguien con TDAH también puede desarrollar deterioro cognitivo y los cambios asociados a la edad complican la evaluación.
Por eso, el diagnóstico requiere estudiar la trayectoria personal, comprobar si existían síntomas desde la infancia y valorar otras posibles causas de las dificultades actuales.
¿Tiene sentido diagnosticar TDAH a los 70 años?
Tras una vida conviviendo con determinadas dificultades, ¿qué aporta el diagnóstico?
Para Antonio fue tranquilizador recibir una explicación a por qué se había pasado décadas escuchando que era irresponsable y desorganizado. Saber que esas dificultades pueden estar relacionadas con un trastorno del neurodesarrollo cambia la interpretación de su propia historia y la valoración de uno mismo.
También puede modificar la convivencia. Conductas que la pareja atribuye al desinterés o a la falta de voluntad se comprenden mejor si se conoce su origen.







