
Beneficios y riesgos
Las expectativas que depositamos en un remedio influyen en determinados respuestas fisiológicas del organismo. El alivio del dolor es uno de los efectos mejor documentados. ¿Pero puede el efecto placebo contribuir a la desaparición de una enfermedad?
Me gustaría reflexionar sobre dos experiencias propias
Una habichuela, una maceta y una noche de luna llena
Cuando mi hermano era pequeño tenía unas feísimas verrugas que no acababan de desaparecer, así que acudió a un dermatólogo. Este le propuso un tratamiento cuando menos curioso.
«Que el niño entierre una habichuela en una maceta, en noche de luna llena, y la riegue durante quince días».
Para nuestro asombro, resultó. Las verrugas desaparecieron.
Cuando volvimos a consulta, pregunté al médico cómo era posible que hubiese funcionado algo tan estrambótico.
«El efecto placebo es así —contestó—. Y también ayuda el paso del tiempo. Pruebo esto antes de la crioterapia, porque a los niños les gusta mucho menos».
¿Cuál era la explicación real?
Las verrugas comunes están causadas por determinados tipos del virus del papiloma humano (VPH) y desaparecen espontáneamente cuando el sistema inmunitario controla la infección. En los niños, esta regresión es relativamente frecuente, aunque también puede tardar meses o incluso años.
Por tanto, es muy posible que las verrugas de mi hermano remitieran por la propia evolución del virus. La eficacia del ritual de la habichuela habría sido entonces mera coincidencia.
Hay otra hipótesis: que las palabras del médico alentasen algún tipo de respuesta psicofisiológica. De hecho, algunos estudios (de alcance limitado) han mostrado resultados favorables en el tratamiento de verrugas mediante sugestión o hipnosis.
Siempre nos quedará la duda de si las verrugas desaparecieron gracias al ritual. Lo que podemos decir, sin miedo a equivocarnos, es que desaparecieron después del él.
Una experiencia diferente
En mis años juveniles también fui testigo del daño que pueden provocar las falsas expectativas, alentadas por quienes —con fines lucrativos o por simple inconsciencia crédula— se aprovechan de la vulnerabilidad de quienes sufren.
Este fue el caso de mi primo abuelo materno, diagnosticado de cáncer de colon. Ante la propuesta de la medicina convencional —cirugía y quimioterapia, con las prevenciones habituales a la hora de garantizar la completa remisión—, optó por recurrir a un reputado curandero de la zona.
El resultado fue el previsible: un año de tranquilidad mental en el que mi tío combatió el dolor creciente a base de ungüentos, infusiones varias y visitas motivacionales del curandero. Hasta que la biología pudo más que todas las justificaciones con las que trataba de explicarnos y explicarse un malestar cada vez más obvio («he comido demasiado», «no me he echado la siesta», «me he dado un golpe»…).
¿Hubieran cambiado las cosas el tratamiento médico? Nada puede darse por seguro, pero estoy convencida de que al menos hubiera tenido una oportunidad real.
No debemos confundir la mejoría subjetiva con la evolución de una enfermedad. Una persona puede experimentar alivio o sentirse más tranquila sin que eso signifique que la enfermedad esté remitiendo. Y, a la inversa: la remisión de una enfermedad tras un tratamiento no acreditado por la ciencia no implica que haya desaparecido gracias a él.
El efecto placebo es un fenómeno real y bien estudiado. Las expectativas, las experiencias previas y el contexto terapéutico influyen en nuestra percepción de determinados síntomas. Sus aplicaciones y limitaciones merecen ser estudiadas, pero atribuirle capacidades que no hoy por hoy no han sido demostradas es otra cuestión. Y casi siempre entraña un riesgo elevado.







