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¿Lo ha hecho mal o no le ha salido bien?

Niño pide a su padre dos euros para que sus compañeros le dejen jugar al fútbol

¿Debemos corregir la conducta cuando el resultado no es el esperado?

Un niño se esfuerza por hacer algo y el resultado no es el esperado. El adulto se apresura a investigar qué ha hecho mal su hijo movido por la mejor de las intenciones: evitar que el error se repita en el futuro.

La tendencia a juzgar la adecuación de una conducta infantil por sus resultados, sin examinar cómo se ha llegado a ellos, nos puede abocar a un doble error:

  • Suponer que una conducta que no proporciona el resultado esperado es inadecuada.
  • Suponer que una conducta que proporciona el resultado esperado es adecuada.

Esta diferenciación es particularmente relevante en la educación infantil, porque nuestra interpretación de los éxitos y fracasos influye en lo que enseñamos a los niños y en lo que tratamos de modificar.

No entiendo por qué el grupo no acepta a mi hijo

«La verdad, estoy bastante perdido. Le he explicado a mi hijo lo que puede hacer para ser aceptado por sus compañeros, pero no doy con la tecla. Les pregunta si puede jugar y lo rechazan. Se lo he comentado a la profesora y hace lo que puede por integrarlo en el grupo, pero al final termina solo. Vuelve a casa desanimado».

¿Qué debería hacer este padre? ¿Enseñarle otra forma de dirigirse a los demás? ¿Sugerirle que deje de insistir? ¿Averiguar qué ha ocurrido con sus compañeros?

A preguntas de la profesora, algunos niños dicen que es un rollo jugar con él porque no se entera de las reglas del juego. Otros alegan que es un «llorica» y se enfada por todo. Un tercer grupo declara que la razón es «porque lo hacen los demás». Los motivos del rechazo son diversos (unos tienen que ver con las habilidades del niño, otros con las dinámicas del grupo) y no todos requieren intervención sobre la conducta.

En las relaciones interpersonales, las consecuencias de nuestras acciones dependen en gran medida del comportamiento de los otros. Esto complica el establecimiento de una relación directa entre lo que hace el niño y el resultado.

Si, por sistema, atribuimos los resultados desfavorables exclusivamente a la actuación de nuestro hijo o hija, corremos el riesgo de modificar conductas que no necesitan modificación.

Y también corremos el riesgo de errar cuando valoramos una conducta solo porque sus resultados son favorables.

Si nuestro niño consigue que sus compañeros le dejen participar en el juego a base de amenazas (o de cederles, por ejemplo, su merienda), habrá logrado su objetivo, pero no creo que ningún padre o madre considere adecuada la estrategia. El éxito no es, en este caso, criterio suficiente para valorar la adecuación del comportamiento. Hemos de examinar cómo ha conseguido lo que pretendía y cuáles son las consecuencias tanto para el niño como sus compañeros.

Cuando las consecuencias de una conducta son reforzantes, esta tiende a repetirse, aunque termine ocasionando problemas a la larga.

Por consiguiente, que una estrategia funcione no significa que debamos reforzarla en cualquier caso, del mismo modo que su fracaso no implica siempre una corrección.

¿Qué aprende tu hijo o hija de la experiencia?

La experiencia proporciona múltiples oportunidades de aprendizaje, aunque no siempre aporta información suficiente para comprender por qué algo ha salido mal o bien.

Los niños interpretan lo ocurrido según sus conocimientos, madurez cognitiva e información disponible. Pueden atribuir un mal resultado a su actuación, cuando han intervenido factores externos o, por el contrario, responsabilizar a otros de dificultades que tienen que ver con su comportamiento.

¿Qué necesitamos corregir?

Si damos por hecho que el niño ha actuado indebidamente porque no ha logrado su objetivo, nos centraremos casi seguro en corregir su conducta. Esta intervención no resolverá las dificultades si las cosas no han salido como era de esperar por circunstancias o motivos ajenos a él.

Además, hay otra derivada: podemos reconocer que una conducta es inadecuada y carecer de habilidades para modificarla. Un ejemplo habitual es el del niño que interrumpe continuamente a sus compañeros. Sabe dónde está el problema y está bien familiarizado con las consecuencias. Pese a ello, le cuesta mucho inhibir su impulsividad.

Comprender antes de intervenir

Los adultos tenemos la ventaja de contar con más experiencia y recursos para interpretar las situaciones, pero no estamos exentos de malinterpretar o pasar por alto las circunstancias que han conducido a un determinado resultado.

Caemos con cierta frecuencia en la tentación de valorar las decisiones infantiles «a toro pasado». Si salen mal, las consideramos equivocadas y explicamos al niño cómo debería haberlo hecho.

Pero desconocemos qué habría ocurrido de elegir otra alternativa. Dependiendo de las circunstancias, una decisión razonable puede tener consecuencias indeseadas y una decisión desacertada puede dar buenos resultados.

¿Debemos abstenernos de intervenir? Obviamente, no. Hay comportamientos cuyas consecuencias señalan con bastante claridad la conveniencia de introducir cambios.
Pero antes de enseñar a hacer algo de otra forma, preguntémonos si nuestro hijo lo ha hecho mal o simplemente no ha obtenido el resultado que esperaba.

 

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