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La paciencia al límite

Padre a punto de perder la paciencia con su hija

Si lo sé, ¿por qué no lo hago?

Los adultos que tenemos hijos sabemos de sobra que, cuando un niño se enfada, pierde el control, se nos enfrenta y, en general, se desregula emocionalmente, es más que probable que, si perdemos la calma, la situación empeore y termine siendo un caos.

Sabemos que gritar durante el conflicto y entrar en una lucha de poder con nuestros hijos no ayuda.

Y también sabemos que un niño desbordado necesita a alguien capaz de manejar la situación sin dejarse arrastrar por su enfado.

Lo hemos leído, lo hemos escuchado, lo entendemos a la perfección y sería lo primero que aconsejaríamos a otro adulto que se encontrase en esa situación —no digamos ya si trabajamos con niños—. Pero ¡ay!, llega el momento y esos conocimientos parecen desvanecerse.

Una mala contestación, un desplante, que no haga caso a lo que le hemos pedido multitud de veces, que siga repitiendo eso que tanto nos molesta… y comenzamos a subir el tono. Decimos cosas que no queremos decir, amenazamos con consecuencias desproporcionadas (y que no vamos a cumplir) y nuestra palabra tiene que ser siempre la última.

Después de la tempestad llega la calma. Y entonces aparece la culpa del adulto, el «no tendría que haber dicho esto», «sé que así no se hace» o el «podría haberlo gestionado de otra forma».

Saber no garantiza hacer

Lo primero que hemos de tener claro durante el proceso de crianza —y en la vida, en general— es que saber cómo debemos actuar no garantiza que vayamos a hacerlo, sobre todo si estamos desbordados emocionalmente.

En una situación tranquila recordamos a la perfección qué conviene hacer ante el enfado de un niño. En plena discusión, nuestra atención se centra en lo que nos molesta, nos cuesta considerar otras alternativas y las reacciones impulsivas son mucho más probables.

Además, en la interacción entre padres e hijos no solo reaccionamos al comportamiento de los niños; también tenemos que manejar el nuestro. Ahí están el cansancio, la frustración, las preocupaciones, nuestra propia historia y las estrategias de regulación emocional con las que contamos.

También influye la interpretación que hacemos del comportamiento de nuestros hijos. No reaccionamos igual si pensamos que un niño se niega a obedecer porque está cansado o desbordado que si interpretamos que lo hace deliberadamente para desafiarnos. En este último caso, es más probable que nos enfademos y respondamos con mayor dureza. Y lo cierto es que no siempre conocemos las razones de su comportamiento, aunque estemos convencidos de conocerlas.

Reconocer nuestras propias señales

A la hora de gestionar un enfado o una rabieta, empecemos por prestar atención a nuestras propias reacciones.

A la hora de gestionar una rabieta o un enfado de nuestro hijo, empecemos por prestar atención a nuestras propias reacciones.

Podemos aprender a reconocer algunas señales: apretamos la mandíbula o los puños, se acelera la respiración y comenzamos a hablar cada vez más deprisa y más alto. A medida que aumenta nuestro enfado, interrumpimos las explicaciones del niño e insistimos en que obedezca de inmediato, aunque sepamos por experiencia que nada de eso da buenos resultados.

Son indicios de que estamos perdiendo la calma. Y la advertencia de que ha llegado el momento de cambiar de enfoque.

En pleno enfado, no es fácil dejar de discutir. Puede interpretarse como una renuncia a nuestra autoridad. Dejar detenernos no significa retirar una norma ni aceptar cualquier comportamiento del niño. Podemos mantener nuestra decisión sin necesidad de elevar la voz.

Tampoco significa desentendernos de lo que le ocurre. Según la edad del niño y las circunstancias, quizá baste con guardar silencio unos instantes, hablar menos o esperar a que ambos estemos más tranquilos para continuar la conversación. Si necesitamos alejarnos, nos aseguraremos de que el niño está seguro y tiene la atención que necesita.

¿Y si volvemos a perder los nervios?

Aun conociendo nuestras reacciones, no siempre conseguiremos detenernos a tiempo.

En ese caso, reconocer lo que hemos hecho es mucho más útil que limitarnos a sentirnos culpables. Podemos decirle a nuestro hijo que nos hemos enfadado, que no deberíamos haberle gritado y pedirle perdón. Sin añadir la coletilla «pero es que tú…» que termine atribuyéndole la responsabilidad de nuestra reacción.

Podemos disculparnos por haber gritado sin renunciar a una exigencia legítima a la que el niño debe atender. Son dos cuestiones distintas.

Los niños no necesitan adultos con un control impecable de sus emociones y una calma a prueba de bomba. Eso no es realista. Pero sí adultos que asuman la responsabilidad de sus reacciones.

Si después de cada discusión nos arrepentimos y a los pocos días volvemos a comportarnos exactamente igual, tendremos que preguntarnos qué nos está impidiendo actuar de otra forma. Está bien comprender nuestros errores, pero también necesitamos hacer algo para corregirlos.

 

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