
Mamá, tengo dieciséis años
—Mamá, no puedes estar preguntándome todo el rato dónde estoy.
Un portazo pone fin a la discusión. Algo le dice a Raquel que a su hija no le falta razón. ¿Por qué le cuesta tanto morderse la lengua? Todos los días se propone darle más autonomía. Pero llega el momento y no puede.
Sabe con quién sale su hija, dónde va y a qué hora volverá. No hay ningún motivo que justifique su preocupación. Aun así, siente la necesidad de comprobar que todo va bien.
Una vez más se pregunta: «¿lo estaré haciendo bien?». Y de nuevo se responde: «Sé que no necesito controlarla tanto, ¿por qué sigo haciéndolo entonces?».
Educar cuando los hijos quieren decidir por sí mismos
Durante su niñez de nuestros hijos, la mayor parte de las decisiones sobre su cuidado recae en nosotros. Decidimos a qué hora se acuestan, qué pueden hacer solos, dónde pueden ir o cuánto tiempo pueden pasar delante de una pantalla.
Cuando se adentran en la adolescencia, sin embargo, empiezan a reclamar parcelas de su vida y su derecho a tomar sus propias decisiones. Algunas nos parecerán razonables. Otras, directamente malas.
Surgen las dudas. ¿Estoy siendo demasiado permisiva? ¿Debería intervenir? ¿Hasta qué punto tengo que permitir que se equivoque? ¿Debo poner límites o me cuesta aceptar que mi hija haya elegido algo que yo no habría elegido?
Nuestra posición ante la maternidad no es neutral. Nos precede nuestra propia historia.
Lo que había antes de tener hijos
Antes de ser madres hemos aprendido muchas cosas sobre las relaciones, los límites, la autonomía, el afecto, el éxito, el fracaso o los conflictos. Hemos aprendido qué significa cuidar y qué esperamos de quienes queremos y de nosotros mismas.
En nuestra forma de ejercer la maternidad influye nuestro temperamento, los aprendizajes en el seno de la familia de origen, las experiencias posteriores, las circunstancias actuales y también la relación concreta con ese hijo. Todo ello repercute en cómo interpretamos determinadas situaciones y reaccionamos ante ellas.
Es posible que Raquel haya crecido en una familia en la que estar pendiente de los demás era una forma de cuidar. Nunca se había parado a pensar en ello hasta ahora que es madre y tiene discusiones frecuentes con su hija.
«Sé que estoy exagerando, pero no puedo evitarlo»
Después del portazo, Raquel se promete que la próxima vez no preguntará tanto. Y lo cumple… hasta que el sábado siguiente su hija tarda veinte minutos en contestar a su mensaje.
¿Qué tiene que ver esto conmigo?
Cuando pensamos «mi hijo está haciendo algo que me preocupa», cabe hacerse una pregunta complementaria: «¿qué parte de mi reacción tiene que ver con lo que está haciendo y qué parte tiene que ver conmigo?».
Respondernos con franqueza si lo que hace nuestro hijo o hija justifica nuestra preocupación o si necesitamos extremar el control para aliviar nuestra inquietud no es tarea fácil. Requiere distinguir entre el riesgo real y lo que tememos que pueda ocurrir.
Al valorar los riesgos no sopesamos solo la probabilidad de que ocurran, sino también la gravedad que tendrían sus posibles consecuencias. Y, sobre todo, nos cuesta aceptar que nunca tendremos la certeza absoluta de que nada malo va a pasar.
La psicología nos ayuda a comprender por qué repetimos determinadas formas de reaccionar con nuestros hijos, incluso cuando sabemos que no son las que queremos.







