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El espinoso aspecto de permitir que nuestros hijos yerren

Padre sobreprotegiendo a su hijo adolescente

Y el «alguien se encargará de solucionarme las cosas»

Hay un punto delicado en la relación entre adolescentes y progenitores que los padres no llevamos demasiado bien: asumir que nuestros hijos tienen derecho a errar sin que nos lancemos a evitarles esa experiencia. Así que, cuando utilizo el término «derecho» no estoy haciendo uso de un recurso retórico. Todos deseamos que nuestros hijos se enfrenten a sus errores (llegado el caso) sin negarlos, desentenderse de ellos, minimizarlos por costumbre, amplificarlos o trasladar a otros la responsabilidad de sus actos. Las advertencias están bien, pero no se aprende a tolerar el error a base de advertencias. Y si nuestros hijos no aprenden esa lección vital, difícilmente serán capaces de decidir.

El adolescente toma decisiones por sí mismo y se equivoca muchas veces. Este ejercicio de ensayo y error es la base de gran parte de los aprendizajes y es más eficaz que las indicaciones externas, por mucho que procedan de personas con peso en nuestra vida. El adolescente necesita comprobar qué ocurre cuando decide y cuáles son las consecuencias de sus decisiones, incluso aquellas que para los padres eran evidentes vistas desde fuera.

Pero hay un hecho innegable: para los padres, anticipar posibles consecuencias negativas y abstenerse de intervenir cuando consideran que son esperables genera tensión. Se produce entonces una reacción automática: tratamos de evitarles los malos ratos o las frustraciones que anticipamos.

¿Aprender a decidir sin experimentar?

Cuando esta intervención de los padres se repite, el adolescente no tiene ocasión de conocer los efectos reales de sus decisiones. ¿Y cómo saber si algo funciona si no puedo comprobarlo sobre el terreno? Las situaciones se resuelven, pero el aprendizaje es obvio: «alguien se encargará de solucionarme las cosas».

El aprendizaje del adolescente pasa por experimentar situaciones en primera persona. No basta con saber; hay que comprobar. Y el aprendizaje de los padres pasa por contener esa tendencia a evitar el error de nuestros hijos a toda costa.

¿Hablamos de desentendernos? No. Simplemente de tener en cuenta que no todos los errores pesan lo mismo ni todas las situaciones requieren la misma respuesta. Aquí entra la valoración del riesgo que, por lo general, exige un distanciamiento de nuestra reacción inicial.

Riegos graves y riesgos asumibles

Si el riesgo es grave o las consecuencias para nuestro hijo pueden ser difíciles de revertir, la intervención debe ser clara. Se ponen límites y se supervisa. En estos casos, no tiene sentido el «esperar a ver qué ocurre».

Si el riesgo es asumible o tiene un carácter formativo, la función de los padres es otra: permitir que ciertas decisiones sigan su curso aunque no nos parezcan acertadas y tolerar las consecuencias sin intervenir de inmediato.

Nuestro criterio sigue siendo valioso, pero debe servir de referencia, no convertirse en corrección constante: cómo valoramos la situación, qué aspectos tenemos en cuenta, qué consecuencias vemos. El adolescente podrá tenerlo en cuenta o no, pero le sirve para ir construyendo el suyo.

Atendamos también a lo que ocurre después del error. Si la respuesta del adulto es inmediata y correctiva, el adolescente se centrará en la reacción de sus padres en lugar de pensar en lo que ha pasado y cuáles han sido los resultados de su decisión. Cabe esperar que se ponga a la defensiva y trate de evitar el enfado o la desaprobación. Si le dejamos margen para pensar en lo sucedido sin presión inmediata, es más probable que entienda qué ha hecho y aprenda de las consecuencias.

Ver a nuestros hijos equivocarse, pudiendo haberlo evitado, no es cómodo. Sin embargo, eliminar sistemáticamente todas las dificultades a las que puedan enfrentarse puede hacernos sentir bien en el momento, pero les hace un flaco favor. En la adolescencia, parte del trabajo de los padres consiste en decidir qué piedras es imprescindible apartar y cuáles deben aprender a sortear por sí mismos.
Educar también es confiar: en nuestros hijos y en la labor que hemos hecho durante su infancia, transmitiéndoles los valores que ahora guían sus decisiones..
 

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