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El duelo infantil

Un niño pregunta a su padre cuando regresará su abuelito

Entender la pérdida a la edad del niño

Un niño llora cuando papá y mamá le explican que el abuelito ha muerto. Hace algunas preguntas y, veinte minutos después, pregunta si puede bajar al parque. Al día siguiente nada parece haber ocurrido. Una semana más tarde se enfada muchísimo porque no encuentra un juguete y, un mes después, mientras desayuna, exclama de repente: «¿Y el abuelo sabe que se ha muerto?».

Para entender la muerte tal como lo hacemos los adultos, hemos de comprender ideas complejas como su irreversibilidad, el hecho de que afecta a todos los seres vivos y que, cuando alguien muere, su cuerpo deja de funcionar. Estas nociones comienzan a adquirirse durante los primeros años de vida, pero su plena comprensión requiere tiempo.

Un niño pequeño puede saber que su abuela ha muerto y preguntar poco después cuándo va a volver. No ha olvidado lo que le contamos ni está evitando la realidad. Simplemente, puede haber entendido parte de la explicación, pero no su carácter definitivo.

Lo mismo sucede con el pensamiento mágico. El niño puede relacionar dos acontecimientos que para un adulto no tienen ninguna conexión: «Me enfadé con papá y después se murió». Por eso conviene prestar atención no solo a las preguntas que nos hacen los niños, sino también a las explicaciones que han construido por su cuenta.

No es necesario contarlo todo

El deseo de proteger puede llevarnos a utilizar expresiones que el adulto considera formas suaves de comunicar algo doloroso: «se ha ido», «nos ha dejado», «está dormido» o «se ha marchado a un lugar mejor». Para un niño pequeño estas explicaciones pueden ser confusas.

Si estar muerto se parece a dormir, acostarse puede dar miedo. Si el abuelo «se ha ido», ¿por qué no va a regresar? Y si una persona murió porque «estaba malita», un catarro puede provocar mucha inquietud.

Mejor utilizar palabras que el niño entiende y ofrecerle la información que necesita en ese momento. También podemos reconocer que hay cosas que no sabemos. Las creencias religiosas pueden formar parte de la explicación, pero conviene diferenciarlas de lo que sucede físicamente: podemos creer que una persona está en el cielo y explicar al mismo tiempo que su cuerpo ha dejado de funcionar. Los niños son capaces de integrar explicaciones biológicas y creencias sobre lo que ocurre después de la muerte.

El duelo aparece y desaparece

Los niños pueden llorar, jugar, volver a preguntar, distraerse y retomar el asunto días después. El malestar también adopta formas que al adulto le cuesta reconocer: irritabilidad, necesidad de estar cerca de los padres, dificultades para dormir, molestias físicas, regresiones o cambios en el comportamiento o en el rendimiento escolar.

Que un niño juegue o se ría después de una pérdida no significa que no le importe. No es necesario recordarle que debería estar triste. El juego, las rutinas, el colegio y los amigos siguen formando parte de su vida mientras intenta comprender lo sucedido.

El niño que perdió a su padre a los cinco años entenderá esa muerte de otra forma cuando tenga ocho, doce o quince años, a medida que se afianza su capacidad para comprender la pérdida.

La muerte de una mascota

Para muchos niños, la muerte de una mascota es su primera experiencia cercana con la muerte. Los adultos podemos caer en la tentación de restarle importancia: «Podemos tener otro perro» o «solo era un hámster».

Para el niño, sin embargo, ese animal forma parte de su vida. Es posible que haya estado presente desde que recuerda y ocupe un lugar afectivo importante. La idea de sustituirlo no hará que se sienta mejor.

Es preferible ver fotografías, recordar anécdotas o hacer algún pequeño ritual de despedida. Lo mismo podemos hacer tras la muerte de un ser querido.

No busquemos una reacción determinada

No hay una única forma de duelo. Influye la edad, el vínculo con esa persona, las circunstancias de la muerte, las pérdidas anteriores y lo que ocurre alrededor del niño después de ella.

La mayoría de las reacciones que siguen a la pérdida son parte del proceso de adaptación y cambian con el tiempo. Otras requieren más atención, sobre todo si son muy intensas, persistentes e interfieren en exceso en la vida cotidiana del niño.

No necesitamos una frase perfecta para acompañar el duelo infantil. Pero ayuda mucho asumir con naturalidad que una conversación con nuestro hijo puede empezar hoy, interrumpirse porque hay partido de fútbol y reaparecer tres semanas después durante el desayuno.
 

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