
Etiquetas que utilizamos para hablar de nosotros mismos
Dichoso latigazo cervical. Desde hace unos días volvía a molestarle el cuello. Por eso estaba allí, sentada en un comodísimo sillón ergonómico, contándole el accidente al quiropráctico del que le habían hablado maravillas. Por eso, se quedó un poco cortada cuando este le tomó las manos y le pidió un favor: que dejase de referirse a sí misma como «un desastre». «Eso no va a ayudar a tu recuperación», dijo.
Al margen de que la observación del quiropráctico fuese cierta o no, su petición tuvo un efecto inesperado. Juana se vio a sí misma calificándose de desastre. «Trataré de ser menos desastrosa la próxima vez», dijo al despedirse, llevada por la costumbre. «No se puede ser menos de algo que no se es», respondió el quiropráctico con un guiño.
«¿Crees realmente que eres un desastre?», le pregunté cuando terminó de contarme la anécdota.
«Sinceramente, creo que no. O al menos, no en todo. Pero algo me impulsa a decir que lo soy».
Sobre el autoconcepto
Todos tenemos una idea más o menos elaborada de cómo somos. Nos consideramos responsables, despistados, sociables, tímidos, trabajadores o poco constantes. Estas valoraciones son parte de nuestro autoconcepto y se construyen a partir de nuestras experiencias, de cómo interpretamos nuestros comportamientos y de lo que otras personas nos transmiten sobre nosotros.
Reconocer una determinada característica no tiene por qué perjudicarnos. Alguien puede considerarse muy despistado y tener buenas razones para ello: olvida las llaves, pierde las gafas y necesita hacer un recuento de sus pertenencias antes de salir de casa. Saberlo le permite tomar precauciones y compensar sus olvidos. La cosa cambia cuando esta característica adquiere un protagonismo excesivo y condiciona sus decisiones. Por ejemplo, «soy despistada, así que no puedo encargarme de nada importante».
Cuando nos presentamos reiteradamente ante los demás reduciéndonos a una característica o a un comportamiento concreto, corremos el riesgo de que esa etiqueta protagonice nuestra existencia. Cada nuevo error servirá, con probabilidad, para confirmarla, en tanto que pasaremos de puntillas por aquello que la desmienta. El perfecto círculo vicioso.
La etiqueta que empieza a condicionarnos
Las etiquetas personales repercuten en cómo interpretamos lo que nos ocurre. Olvidarnos de una cita es un despiste. Olvidarnos de las citas cada dos por tres indica que nos cuesta organizarnos. Concluir a partir de aquí que somos un desastre es un salto considerable: hemos pasado de describir algo que hacemos a emitir un juicio general sobre cómo somos.
Las consecuencias son previsibles. Si eres un convencido de que no tienes forma de organizarte, probablemente evitarás determinadas tareas o las delegarás en otros, tengas o no recursos para realizarlas. Por consiguiente, no solo te impides ejercitar una habilidad, sino que pierdes la oportunidad de que los resultados obtenidos puedan contradecir tus creencias.
¿Y si dejamos de decirlo?
Es curioso que, como le ocurre a Juana, a veces ni siquiera creemos lo que decimos de nosotros mismos.
La autodescalificación tiene muchos orígenes y cumple funciones diversas. Hay quien incorpora esas expresiones a su habla cotidiana porque las ha escuchado durante la infancia o las utiliza tras algunas experiencias desagradables.
También puede cumplir una función social. Si alguien llega tarde a una reunión y se disculpa diciendo «Perdonad, soy un desastre» es posible que esté adelantándose con esta autocrítica al reproche de los demás.
Hay quien recurre a ella porque necesita reconocimiento externo: «¡Pero qué dices! Si eres una persona muy organizada».
Y también quien utiliza la autodescalificación como «herramienta estratégica» rebajando sus capacidades —sin dudar en realidad de ellas—, para que sus logros destaquen mucho más. La lista de posibles funciones es larguísima.
El «soy un desastre» de Juana podría expresar una convicción personal, pero también puede ser una forma habitual de disculparse, rebajar las expectativas de los demás o anticiparse a una crítica, por ejemplo. Se nos plantea una pregunta: ¿le importa a Juana que los demás la consideren un desastre?
Hasta el comentario del quiropráctico, Juana no había sido consciente de la frecuencia con la que se calificaba de «desastre». Lo curioso es que sí le molestaba que los demás la tratasen como tal, sin haberse planteado que ella misma podía estar contribuyendo a transmitir esa imagen.
Ahora, cuando se sorprende diciendo «soy un desastre», se pregunta qué ha ocurrido en realidad. ¿Ha cometido un error? ¿Ha olvidado algo? ¿Está anticipándose a una crítica? ¿Está recurriendo a una expresión habitual que nada tiene que ver con lo sucedido?







