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Lo que vemos no cuenta toda la historia

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El riesgo de buscar lo esperado

Un adulto acude a consulta porque sospecha que puede tener TDAH. El evaluador orienta entonces la evaluación a confirmar o descartar esa hipótesis.

Se trata de un riesgo real que debemos tener en cuenta cuando evaluamos a un adulto con un posible trastorno del neurodesarrollo: el de centrar la exploración en el diagnóstico que motiva la consulta pasando por alto otros factores que pueden estar influyendo en su funcionamiento actual.

La historia de compensación y adaptación que esa persona ha construido a lo largo de los años complica las cosas. Quizás haya desarrollado estrategias muy elaboradas para hacer frente a sus dificultades. Su sintomatología puede no ser evidente a primera vista o incluso contradecirse con el trastorno que estamos explorando.

Estas aparentes contradicciones pueden responder a mecanismos de compensación dentro de un único trastorno o a la coexistencia de varios.

Necesitar orden y tener dificultades para organizarse

La coexistencia de TDAH y del trastorno del espectro autista es un ejemplo ilustrativo de lo anterior.
Una persona puede tener una necesidad imperiosa de planificación, orden, anticipación y control de su entorno, relacionada con características propias del autismo. La estructura y la previsibilidad le permiten reducir la incertidumbre y mantener la estabilidad emocional.

Pero también puede tener dificultades ejecutivas significativas que hagan muy complicado organizarse, planificarse y mantener esa estructura. Se da entonces una paradoja: tiene dificultades para organizar y, sin embargo, necesita organizarlo todo. Es muy posible que dependa de agendas, listas, alarmas, rutinas rígidas o sistemas externos de control y que dedique mucho tiempo y esfuerzo a llevarlos al día.

Si centramos nuestra exploración exclusivamente en la posibilidad de un TDAH, esta necesidad de orden, planificación y estructura no encajará con la imagen que tenemos del trastorno. La conducta observable, por sí sola, puede ser engañosa. No podemos afirmar que esa persona «se organiza bien» sin explorar antes cuánto necesita organizarse, cuánto tiempo dedica a ello, qué recursos externos utiliza, qué ocurre si hay un imprevisto y cuál es el coste de ese nivel de control.

También es precipitado asumir automáticamente que la presencia de estas características implica la coexistencia de dos trastornos.

Una persona con dificultades ejecutivas puede desarrollar sistemas de organización muy rígidos como mecanismo de compensación. Ha aprendido que necesita una estructura determinada para funcionar y la aplica siempre. La rigidez observable no indica necesariamente un trastorno del espectro autista.

La historia evolutiva ayuda a entender lo que vemos hoy

Lo mismo ocurre cuando valoramos la sintomatología actual en relación con experiencias traumáticas u otras condiciones psicológicas. Determinadas dificultades de atención, regulación emocional, evitación, necesidad de control, aislamiento, hipervigilancia o inflexibilidad pueden aparecer en contextos muy diferentes. Una manifestación actual no debe interpretarse de forma aislada.

La reconstrucción de la historia evolutiva es particularmente relevante. Necesitamos saber cómo funcionaba ese adulto antes de determinadas experiencias vitales, qué características estaban presentes desde etapas tempranas, cuáles aparecieron posteriormente y cómo ha evolucionado su funcionamiento. Esto nos permite diferenciar características propias de un trastorno del neurodesarrollo de manifestaciones relacionadas con experiencias posteriores, incluso traumáticas.

El peso diagnóstico de los rasgos

No todos los rasgos asociados a un trastorno tienen el mismo peso diagnóstico.

Al evaluar debemos diferenciar las características nucleares del trastorno de aquellos rasgos que se manifiestan con cierta frecuencia, pero que no son específicos ni suficientes para establecer el diagnóstico.

Una persona con TDAH puede presentar dificultades de organización, pero la presencia de desorganización no es, por sí sola, suficiente para establecer el diagnóstico. Una persona con autismo puede tener gran necesidad de planificación, orden o rutina, pero nada de esto, considerado de forma aislada, permite concluir la existencia de un trastorno del espectro autista.

Estos rasgos nos ayudan a comprender el perfil de funcionamiento de la persona y orientan la exploración, pero no reemplazan al análisis de las características nucleares y del conjunto de criterios que definen cada trastorno.

La evaluación de adultos requiere una mirada amplia que evite la interpretación aislada de cada característica. Una misma conducta puede ser la manifestación de un trastorno, una estrategia de compensación, una consecuencia de otro trastorno coexistente o una respuesta desarrollada ante determinadas experiencias vitales.

La tarea del evaluador es comprender qué hay detrás de la conducta observable. Y esto requiere integrar la historia evolutiva, la sintomatología nuclear de cada trastorno, las posibles comorbilidades, las estrategias de compensación y el coste que supone para la persona mantener su funcionamiento actual.

La dificultad subyacente puede estar ahí aunque el adulto haya desarrollado una estrategia eficaz. No basta con saber si consigue hacerlo. También importa cuánto le cuesta y qué ocurre cuando deja de disponer de los recursos que utiliza para compensar sus dificultades.
 

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