
Un error conceptual frecuente
Con la llegada del mes de junio muchas familias se hacen la siguiente pregunta: «Ahora que no hay colegio, ¿merece la pena seguir haciendo terapia?». Después de tantos meses de horarios apretados, deberes, actividades extraescolares y carreras de aquí para allá, la mayoría necesita bajar el ritmo y los niños también.
Pero esta pregunta entraña un error conceptual sobre el que merece la pena reflexionar: el de que la terapia tiene por único o principal objeto sacar el curso escolar y que, una vez terminadas las clases, pierde utilidad.
La primera voz de alarma
Las familias llegan a consulta después de hablar con los tutores de sus hijos: malas notas, dificultades de atención, problemas de conducta o conflictos con los compañeros son motivos frecuentes de esa voz de alarma. Y es natural: la escuela ocupa gran parte de la vida del niño. Es, además, un entorno muy distinto del que le ofrece la familia. Está sujeto a otras normas y obligaciones y convive con docentes y compañeros, es decir, con personas ajenas a su círculo familiar. Es lógico, por consiguiente, que sea más evidente cualquier dificultad.
Las calificaciones son un indicador del funcionamiento del niño o la niña en el contexto escolar, pero no son el problema en sí. Un niño puede suspender porque tiene dificultades para mantener la atención, se bloquea ante el error, le cuesta organizarse, tiene un nivel ansiedad elevado o no confía en sus capacidades. También puede ocurrir lo contrario: unas excelentes calificaciones pueden ocultar otro tipo de problemas.
¿Sobre qué trabajamos los terapeutas?
La terapia trabaja sobre los procesos psicológicos que subyacen tras la conducta y el aprendizaje. El terapeuta ayuda al niño a comprender qué le ocurre, a encontrar mecanismos para compensar sus dificultades, a sacar el máximo partido de sus recursos y a reforzar capacidades que quedan ocultas por la dificultad que motiva la consulta.
Si el niño mejora su capacidad para regular la frustración, perseverará ante una tarea difícil. Si aprende a organizarse mejor, sacará más partido del tiempo de estudio. Si gana confianza en sí mismo, participará en clase porque tendrá menos miedo a equivocarse. Si entiende sus emociones, disminuirán sus conflictos con iguales y adultos. Nada de esto tiene como propósito directo mejorar las calificaciones, pero es frecuente que una cosa conduzca a la otra.
¿Aparcamos la terapia en verano?
Las dificultades que motivaron la consulta no desaparecen porque termine junio. Un niño con problemas para gestionar la frustración seguirá encontrándose con situaciones frustrantes durante las vacaciones. Y si tiene problemas de atención, seguirá teniéndolos cuando juegue, siga instrucciones o tenga que organizar actividades por mucho que esté en la playa.
En realidad la terapia no debiera ser prescindible en verano. De hecho, en muchos casos la época estival es particularmente favorable para trabajar. Desaparece la presión de exámenes, deberes y evaluaciones, el niño está descansado, participativo y con mayor capacidad para implicarse en actividades que durante el curso puede percibir como una carga más.
Interrumpir la terapia porque acaba el curso solo tiene sentido si se han alcanzado los objetivos y se ha dado por finalizado el tratamiento. Hacerlo porque ya no hay colegio es como pensar que la utilidad de la intervención depende exclusivamente del calendario escolar.







