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Llega el verano, los mosquitos y el estrés térmico

un padre acusa a su hijo de estar irritado cuando él también lo está

¿Más irritable o tiene calor?

Con las olas de calor observamos un fenómeno curioso. Mientras los adultos nos quejamos de las altas temperaturas, consultamos compulsivamente las previsiones meteorológicas y contamos los días que faltan para que llegue una tormenta refrescante, muchos niños parecen experimentar una transformación que los padres encuentran inexplicable, en particular, si consideramos que el curso ha terminado y han quedado atrás las prisas y obligaciones del año escolar. Nuestros hijos están más irritables, protestan por todo, discuten con sus hermanos, pierden la paciencia y parecen incapaces de entretenerse más de dos minutos seguidos.

Hay quien achaca estos cambios a la falta de rutinas —«si es que tienen demasiado tiempo libre»— o a un problema educativo. El niño está más desafiante, caprichoso o desobediente que de costumbre. Sin embargo, antes de atribuir el comportamiento a una cuestión de carácter, de límites o de normas familiares, no está de más pensar en algo mucho más sencillo: al igual que nos ocurre a los adultos, el calor afecta al estado físico y emocional de los niños.

El calor afecta a todos con independencia de la edad

Los adultos reconocemos los efectos del calor sobre nosotros mismos. Cuando las temperaturas se disparan nos sentimos cansados, dormimos peor, nos cuesta concentrarnos y tenemos menos paciencia. Sin embargo, olvidamos que los niños experimentan lo mismo, con la única diferencia de que no disponen de recursos lingüísticos suficientes para describir qué les ocurre. Un adulto puede decir que está agotado, que tiene dolor de cabeza o que lleva varios días durmiendo mal. Un niño pequeño, en cambio, expresa su malestar a través del comportamiento. Las protestas, enfados o llantos que vemos desde fuera son, gran parte de las veces, señal de cansancio, incomodidad o sensación física desagradable.

La importancia del sueño

El sueño merece un apartado propio. Durante los episodios de calor intenso, dormir en una habitación excesivamente cálida no es tarea fácil y el descanso infantil es ligero y fragmentado.

Varias noches de descanso insuficiente hacen mella en la capacidad infantil para gestionar las emociones. El niño está irritable, tolera mal las frustraciones cotidianas, se muestra más impulsivo y reacciona con intensidad ante situaciones que en otras circunstancias apenas le habrían afectado. Si los cambios de comportamiento coinciden con la ola de calor no hacen falta, por lo general, explicaciones sesudas para comprender el porqué.

La actividad física

Este es otro aspecto reseñable. Muchos niños reducen espontáneamente su nivel de actividad cuando las temperaturas alcanzan determinados niveles. Algunos adultos interpretan esta conducta como desgana o apatía. Pero no hay aquí visión moral que valga: el organismo simplemente trata de evitar esfuerzos excesivos en condiciones poco favorables.

Es fácil caer en la tentación de interpretar determinadas conductas infantiles desde categorías como la voluntad, la educación o la motivación. Y en algunos casos, puede ser cierto. Pero, con frecuencia, olvidamos que los seres humanos somos organismos biológicos. Antes de preguntarnos si un niño está desafiante, conviene comprobar si tiene calor o ha descansado bien.

El calor no lo justifica todo

Entender las causas de un comportamiento no implica justificar cualquier conducta ni renunciar a las normas familiares. Se trata de algo bastante más modesto: reconocer que las circunstancias físicas influyen en nuestra forma pensar, sentir y actuar.

Como adulto o adulta, sabes perfectamente cómo te afectan las altas temperaturas y no digamos ya las olas de calor. Duermes poco, te fatigas enseguida y toleras mal las pequeñas molestias. No es sorprendente, por tanto, que durante los meses de calor aumenten los conflictos familiares. Padres e hijos se desenvuelven en condiciones ambientales que les afectan física y mentalmente y, como consecuencia, disponen de menos recursos para gestionar los contratiempos cotidianos.

Durante los días más calurosos del verano conviene revisar algunas expectativas. Detrás de una rabieta no tiene por qué haber una lección educativa pendiente ni un problema emocional o cualquier otra explicación profunda: probablemente no haya más que un niño con mucho calor.

Termino este post con una anécdota reciente. La semana pasada nos reunimos en una cafetería todos los miembros del grupo de participantes y voluntarios del que formo parte para despedirnos con motivo de las vacaciones de verano. Uno de los niños presentes —que tiene graves problemas de comunicación— comenzó a gritar desconsolado sin razón aparente. Todos corrimos a echarle una mano tratando de adivinar cuál era el motivo de ese comportamiento —«¿quieres agua?, ¿quieres ir al baño? ¿estas cansado de estar aquí?—. El niño, sin embargo, seguía gritando. Hasta que una voluntaria dio en el clavo. Lo tomó de la mano, lo llevó al cuarto de baño, lo desvistió (dejándolo en camiseta) y le humedeció cara, cuello, brazos y manos. Nuestro pequeño dejó de gritar de inmediato: tenía mucho, muchísimo calor. Y no sabía cómo decírnoslo.

 

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