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Junio y julio: un buen momento para entender qué ocurre

evaluaciones infantiles en los meses de verano

Septiembre llega todos los años

Llega el final de curso y muchas familias respiran aliviadas. Se cierra un año de madrugones, horarios ajustados al minuto, deberes, exámenes, reuniones escolares y actividades extraescolares organizadas con más voluntad que margen real de maniobra. La llegada de las vacaciones trae nuevos retos para quienes tienen que conciliar trabajo y familia durante los meses de verano, pero también marca el final de una etapa y abre un momento de reflexión que durante el curso vamos aplazando por las urgencias cotidianas.

Las notas finales, los informes escolares y las conversaciones con profesores y tutores recogen la evolución del niño a lo largo del año académico. Para muchos padres también representan el balance de meses de acompañamiento, horas de estudio en casa, explicaciones repetidas una y otra vez, supervisión de tareas y preocupación constante por ayudar a los hijos que lo necesitan, con unos resultados, a veces, muy alejados del tiempo y el esfuerzo invertidos por todos.

Situaciones diversas, resultados similares

Tu hijo o tu hija ha aprobado el curso y, aún así, eres consciente de sus dificultades lectoras, del tiempo excesivo que ha invertido en las tareas escolares o de cómo los problemas de atención han interferido en el aprendizaje a lo largo del año escolar.

O es posible que los deberes hayan sido motivo de conflicto diario en casa o que el rendimiento no refleje en absoluto el tiempo dedicado al estudio o que sus calificaciones hayan fluctuado entre trimestres sin explicación clara. O tal vez hayas notado que las dificultades emocionales, la inseguridad, la ansiedad ante los exámenes o la baja autoestima eran más evidentes a medida que avanzaba el curso.

El denominador común es el mismo: la familia percibe un problema, pero no dispone de información suficiente para comprender qué está ocurriendo o cómo puede ayudar. Dedicar más horas al estudio no suele ser la solución y, de hecho, puede ser contraproducente. Muchos niños ya invierten una cantidad considerable de tiempo en tareas escolares sin que ello se traduzca en una mejora significativa de su rendimiento. Conviene preguntarnos qué está dificultando el aprendizaje antes de aumentar la carga de esfuerzo.

Dos meses adecuados para evaluar

En este contexto, junio y julio son meses especialmente adecuados para realizar una evaluación psicológica infantil. Durante el curso escolar, las valoraciones están condicionadas por los horarios lectivos. Dependiendo de los objetivos de la evaluación, pueden ser necesarias varias sesiones y varias horas de trabajo. Esto obliga a que el niño falte a clase o acuda a consulta después de la jornada escolar, cuando el cansancio hace mella en su capacidad de atención y colaboración.

Con el verano acaban muchas de estas limitaciones. La agenda familiar se flexibiliza y el niño puede acudir sin la presión inmediata de exámenes, deberes o trabajos escolares. Las pruebas se desarrollan en mejores condiciones y, por consiguiente, proporcionan una imagen más fidedigna de sus capacidades cognitivas, lenguaje, funciones ejecutivas y perfil de aprendizaje.

Una ventaja que se pasa por alto

A finales de curso disponemos de gran cantidad de información acumulada. Sabemos cómo ha evolucionado el niño a lo largo del curso escolar, qué dificultades han persistido, cuáles han mejorado y en qué contextos aparecen los problemas. La evaluación se apoya en datos más sólidos que los disponibles al inicio del curso, cuando todavía es difícil distinguir entre una dificultad transitoria y un problema que requiere intervención específica.

Planificación del nuevo curso

La información obtenida también nos ayuda a planificar el curso escolar siguiente con mayor claridad. Si son necesarias adaptaciones metodológicas o medidas educativas concretas, la familia dispone de tiempo para prepararlas y coordinarlas con el centro escolar.

Si existen necesidades específicas de apoyo educativo, la evaluación nos sirve asimismo para tramitar becas y ayudas. Y, dado el caso, iniciar la oportuna intervención psicológica o logopédica antes de septiembre, aprovechando un periodo en el que muchos niños tienen mayor disponibilidad para trabajar determinados objetivos.

Una buena evaluación no se reduce a identificar dificultades. Necesitamos conocer las fortalezas del niño, sus recursos actuales y las áreas en las que funciona adecuadamente. Comprender ambas dimensiones nos proporciona una sólida base para tomar decisiones educativas y terapéuticas.

Septiembre llega todos los años. Podemos comenzar el nuevo curso acumulando las mismas dudas que en junio o disponiendo de información rigurosa que nos permita entender qué necesita nuestro hijo o hija y cómo podemos ayudarle con eficacia y menos tensiones familiares.

 

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