
El empleo de códigos diferentes
El «mi hijo no quiere hablar conmigo» puede ser un comentario fundamentado en algunos casos pero, con frecuencia, la cosa tiene bastante más que ver con el empleo de un código de comunicación que el adulto no acaba de entender que con el supuesto rechazo del que se quejan muchos padres y madres.
El adolescente no habla como el adulto espera. Le cuesta ordenar sus ideas y exponerlas con claridad, entre otras cosas, porque tampoco él tiene claro lo que le pasa.
La etapa de la adolescencia se caracteriza por una elevada activación emocional y poca capacidad de elaboración. Los adolescentes sienten mucho, entienden a medias y se expresan de forma fragmentaria. Además, hablar con los padres implica exponerse y, por consiguiente, colocarse en una posición incómoda o parecer «niños que necesitan ayuda». Es esperable, por tanto, que prefieran la comunicación indirecta. Los comentarios sueltos, las preguntas aparentemente irrelevantes, las críticas exageradas e incluso las bromas o ejemplos de «un amigo» forman parte de estos intentos de comunicarse con los progenitores. El acercamiento indirecto les permite retirarse si no les gusta la reacción de los adultos o cambiar de tema fácilmente.
Una conversación directa exige más control emocional del que el adolescente tiene en ese momento. Los rodeos reducen la sensación de exposición. De ahí las generalizaciones («a la gente le agobian los exámenes»), el referirse a otros («hay gente en clase que…»), los comentarios casuales («la gente está muy pesada últimamente») e incluso la ironía («genial, otro suspenso, soy un crack»). Es muy posible que, en realidad, tu hijo o tu hija están hablando de sí mismos.
Esto suele ser motivo de desencuentro. El adulto escucha el contenido literal y responde corrigiendo, relativizando, «dando la charla» o tratando de tranquilizar en función de lo que interpreta a partir de esos comentarios. Y el adolescente, que en realidad está hablando de otra cosa, deja de intentarlo.No hay mala intención por ninguna de las partes. Se trata de un problema de código: el adolescente no sabe explicar bien lo que le pasa y el adulto interpreta sus palabras con demasiada literalidad.
El profesor me tiene manía
Pensemos en el comentario habitual de «el profesor me tiene manía». El padre responde con algo que no consideraríamos una mala respuesta desde la lógica: «no será para tanto» o «prueba a esforzarte más». Sin embargo, es posible que el comentario del adolescente no se refiera a una situación objetiva, sino a cómo la está viviendo. Esto no excluye que haya situaciones problemáticas reales con el profesorado, pero también puede tratarse de una percepción o de una forma de protección, ya que es más fácil pensar que el profesor te tiene manía que enfrentarte a sentimientos de inseguridad, vergüenza, sensación de incompetencia o miedo al juicio de los demás.
El adulto tiene más margen de maniobra
Efectivamente, el adulto tiene, en principio, más margen de maniobra porque dispone de más recursos. Es esperable que sepa regular mejor sus emociones y que su mayor experiencia le ayude a poner en perspectiva lo que ocurre. También sus habilidades de comunicación son superiores. En cambio, esperar que el adolescente sea claro, ordenado y razonable en medio de una tormenta emocional es poco realista.
Lo anterior no significa tolerar cualquier forma de expresión. Los malos modos, los desprecios y los ataques personales no son aceptables. Pero conviene diferenciar la forma del fondo. Si nos lanzamos a corregir las formas y no pasamos de ese punto, perdemos la oportunidad de saber qué ocurre exactamente.
Algunos indicios sutiles pueden ayudarnos a detectar esos intentos comunicativos: un acercamiento sin un motivo claro, un comentario desproporcionado, preguntas que no encajan con la situación o un cambio de tema sin que, en realidad, el tema cambie tanto. Por lo general, detrás de esos comportamientos suele haber un intento de aproximación.
Cuando los padres dicen «mi hija o hijo no quiere hablar conmigo» suele haber un cúmulo de intentos fallidos por ambas partes. El adolescente prueba, no encuentra respuesta que le sirva y abandona. El adulto no reconoce esos intentos y llega a la conclusión de que no existen.
Algunas respuestas cierran la comunicación
Nuestro hijo o hija están desarrollando su identidad. Necesitan sentirse escuchados y, sobre todo, percibir que se les toma en serio (aunque no siempre tengan razón). Si el adulto entra a resolver, aconsejar o minimizar, probablemente se cierre en banda o desconecte. Evitar las respuestas rápidas o tajantes, pedirle que concrete, devolverle la pregunta o formular respuestas abiertas que le inviten a hablar son enfoques bastante más efectivos.







