
Las inseguridades adolescentes
Las inseguridades en la adolescencia no tienen nada de extraño o de problema clínico. Nada está «mal» en el sentido en que solemos preocuparnos los adultos. Es parte del proceso evolutivo de nuestros hijos. Cosa distinta es cómo lo viven ellos.
Para un adolescente, estas situaciones no son menores o pasajeras. Las vive con intensidad y, a menudo, le resultan difíciles de manejar. Nuestros hijos están estrenándose en muchas cosas: en cómo se ven a sí mismos, en cómo creen que les ven los demás y en cómo moverse en contextos sociales complejos.
Un error «muy de adulto»
Los adultos tenemos cierta tendencia a restar importancia a las cuitas de nuestros adolescentes. Corremos a tranquilizarles con alguna de esas frases que, en nuestra cabeza, parecen perfectas para relativizar: «no es para tanto», «eso nos ha pasado a todos», «no le des tantas vueltas». Sin embargo, el resultado no suele ser el esperado.
Ante esta minimización de lo que le preocupa, el adolescente no se queda más tranquilo. Al contrario, posiblemente haya aumentado su confusión. Lo que siente sigue ahí, pero ahora se suma la idea de que no debería sentirse así o de que no merece la pena contarlo.
No quería ser así, pero no sabía ser de otra forma
«Ha sido una adolescente insegura —me contaba una paciente—. Y cuando no sabía cómo actuar o creía estar haciendo el ridículo —lo que me pasaba con frecuencia—, me volvía superborde, aunque no quisiera hacerlo. Tenía fama de estirada. Así que no solo lo pasé mal por mis inseguridades, sino por tener que aguantar lo de estirada. No quería ser así».
La inseguridad adopta muchas formas. No siempre encontramos a un chico o una chica retraído. A veces vemos justo lo contrario: respuestas secas, distancia, un tono que suena a despreocupación o a superioridad. Es fácil quedarse ahí.
Pero si rascamos un poco, lo que suele aparecer es inseguridad, anticipación del juicio, miedo a quedar en evidencia, a hacer el ridículo, a no ser aceptado. Es la forma que esa persona ha encontrado para manejar algo que le cuesta. Si esa conducta es inadecuada, obviamente hay que trabajarla. Pero si nos quedamos ahí, sin entender qué hay detrás, solo estamos maquillando el problema.
Saber relativizar también necesita aprendizaje
Volviendo a la relación con los padres, hay un punto que conviene tener en cuenta. Los adultos tenemos más experiencia, sí. Hemos pasado por situaciones parecidas, sabemos que muchas cosas se relativizan con el tiempo. El adolescente no. Está empezando a construir esa hoja de ruta.
Pedirle que valore lo que le ocurre como si tuviese nuestros años de recorrido no es realista: es como pedirle que no sienta lo que siente simplemente porque nosotros se lo decimos.
Cuando respondemos minimizando, además de no ayudar, cerramos una puerta. Si el mensaje que recibe es «lo que te pasa no tiene importancia», lo más probable es que nuestro hijo deje de recurrir a nosotros y busque respuestas en otro sitio. Es una pena que la comunicación padres-adolescentes se empobrezca en un momento en el que —como saben muchos progenitores— los hijos no son, por lo general, muy dados a explayarse con nosotros.
«Si es que no me cuenta nada»
No es raro escuchar comentaros del tipo «no me cuenta nada» o «prefiere hablar con otros». Lo cual no resulta extraño si los intentos previos acabaron en incomprensión o en soluciones rápidas que no encajan con lo que necesita.
No se trata de dar la razón por sistema ni amplificar el malestar. Si queremos que nuestra ayuda sea útil, el primer paso es escuchar y entender cómo está viviendo esa situación el adolescente. Relativizar los problemas de entrada es dar un portazo a esa comunicación.







