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Si no tengo móvil, soy un bicho raro

Un grupo de niños consideran bicho raro a otro por no tener móvil

Influencia de la presión del grupo en el uso de pantallas

Hay una frase que los padres escuchan con frecuencia de sus hijos menores: «Es que todos lo tienen». Puede tratarse de un teléfono móvil, una red social o un videojuego. Esta frase que, a primera vista puede parecer una estrategia para convencer a los adultos, en realidad esconde una inquietud: el miedo a quedarse fuera del grupo.

La necesidad de pertenecer

La necesidad de pertenecer es una de las fuerzas psicológicas más poderosas durante la infancia —y no digamos ya en la adolescencia—. Niños y jóvenes buscan formar parte de su grupo de iguales y evitar cualquier rasgo que los diferencie de los demás.

La presión del grupo no necesita amenazas explícitas para ser efectiva. Basta con que ciertas conductas se instauren como norma para que quien se aparta de ellas sea «el raro». El ser humano tiene un fuerte deseo de ser aceptado por su entorno inmediato y esta tendencia se intensifica durante ambas etapas evolutivas.

El móvil como contraseña social

En la mayoría de los contextos escolares, el móvil funciona como contraseña social. Permite participar en los chats del grupo de clase, seguir conversaciones que continúan fuera del aula y compartir vídeos, memes o bromas que circulan entre los compañeros.

Quien no participa en esos espacios digitales puede sentirse al margen de lo que ocurre en el grupo. No hay una exclusión explícita: basta con no estar presente en esos canales de comunicación para quedar fuera de determinadas dinámicas sociales.

Algo similar ocurre con los videojuegos y redes sociales. Para muchos niños y adolescentes, esas plataformas son espacios donde construyen vínculos, comparten experiencias y refuerzan el sentimiento de pertenencia. El no participar se entiende como distanciamiento del grupo.

Muchos menores no utilizan las pantallas únicamente por interés o entretenimiento. También lo hacen porque perciben que es imprescindible para seguir formando parte de su grupo de iguales.

Para el adulto puede resultar difícil comprender la fuerza de este mecanismo. Sin embargo, responde a una dinámica bien conocida. Los grupos humanos establecen normas implícitas que delimitan quién está dentro y quién queda fuera.

Comprender la presión social

En este contexto, el uso de determinadas tecnologías puede adquirir una función similar a otros rituales de pertenencia que aparecen en otras etapas de la vida. No siempre se trata de una imposición directa. A menudo basta con que algo se convierta en práctica habitual para que sea difícil apartarse de ello.

Comprender este fenómeno no significa que debamos renunciar a establecer límites en el uso de pantallas. La exposición excesiva a dispositivos digitales perjudica el desarrollo infantil y adolescente. Sin embargo, conviene tener en cuenta la dimensión social del problema.

Cuando los adultos interpretamos estas situaciones únicamente como un problema de disciplina o de normas domésticas, corremos el riesgo de pasar por alto el componente social que hay detrás de muchas de estas conductas.

Comprender la presión del grupo no justifica el uso excesivo de pantallas, pero nos ayuda a abordar el problema con mayor realismo y teniendo en cuenta la experiencia cotidiana de muchos niños y adolescentes.
 

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