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Tartamudez y edad mínima de diagnóstico

Cuando falla la programación fonológica

La etiología de la tartamudez ha sido objeto de múltiples estudios y se ha relacionado con frecuencia con trastornos psicológicos, respuestas de ansiedad o estrés a estímulos externos o con trastornos del lenguaje. Aunque hasta la fecha carecemos de resultados plenamente concluyentes, la evidencia científica apunta hacia un déficit en la programación fonológica.

En el desarrollo del lenguaje infantil intervienen numerosos procesos cognitivos que deben ir madurando: uno de ellos es la capacidad de programar la cadena de sonidos para poder emitir una palabra completa. Cada una de las palabras que empleamos en la comunicación verbal está formada por una serie de fonemas que resultarían ininteligibles si no se organizasen de una manera concreta. La cadena de sonidos debe, por tanto, estar correctamente programada a nivel fonético, pero también es necesario coordinarla con los movimientos precisos implicados en el habla para que esta resulte fluida.

Como consecuencia de ese déficit en la programación fonológica, la persona disfémica presenta interrupciones en el habla que adoptan la forma de repeticiones de la sílaba inicial, bloqueos (incapacidad para emitir una palabra o sonido) o prolongaciones evidentes del sonido inicial de la palabra. Estas manifestaciones se acompañan con frecuencia de otras dificultades, que son consecuencia y no la causa de la disfemia, pero que retroalimentan la falta de fluidez y entorpecen aún más el habla.

Más niños que niñas

Las investigaciones evidencian la importancia de la carga genética en este trastorno, algo que los profesionales que tratamos con personas disfémicas corroboramos continuamente. Desconocemos cuál es el gen que determina la presencia o predisposición a padecer una tartamudez, pero la herencia genética es un claro factor de riesgo. Tanto que, cuando recibimos a un niño con un posible diagnóstico de disfemia, es preceptivo saber si papá o mamá tienen dificultades de fluidez del habla.

disfemia

La importancia de la carga genética es innegable, en particular, entre padres varones e hijos varones. La razón de esto no está claramente establecida, pero en el ámbito de los trastornos del lenguaje, la proporción de niños afectados es muy superior al de las niñas –nada menos que en una relación de 5:1–. El cerebro femenino dispone de más recursos comunicativos que el masculino, por lo que es posible que sea capaz de reconducir las dificultades lingüísticas y tenga mayor facilidad para encontrar una forma práctica de superarlas. Sea cual sea el motivo, lo cierto es que observamos una mayor prevalencia de este tipo de trastornos entre la población masculina.

El desarrollo lingüístico del niño –principal hito de la etapa infantil– no es homogéneo como tampoco lo es la maduración de los procesos y sistemas necesarios para que el habla sea fluida. Dependiendo del momento en el que se realice el diagnóstico, el niño estará en pleno desarrollo por lo que tal vez no cuente con una buena musculatura orofacial, lo que le impedirá pronunciar los sonidos adecuadamente. O es posible que muestre inmadurez en el sistema de programación fonológica o una deficiente coordinación fono-respiratoria. Es habitual, además, que entre los 3 y 5 años, el niño presente disfluencias (en forma de repeticiones, bloqueos y otras manifestaciones) que no deben ser motivo de preocupación porque entendemos que forman parte del proceso evolutivo natural.

Hay dos comportamientos, sin embargo, que sí deben alertarnos: el primero de ellos es la tensión. Un niño que atraviesa un periodo de disfluencias evolutivas no tiene por qué presentar signos de tensión (ya sea en el cuello, en la mandíbula, en los puños o como una elevación repentina del tono de voz). El segundo es la conducta de retraimiento o evitación de la interacción verbal: el niño prefiere no hablar o da rodeos para no utilizar determinadas palabras.

No es tartamudez, pero no podemos pasarlo por alto

Estas conductas per se no indican la existencia de una tartamudez instaurada, pero revelan que el niño está siendo consciente de sus dificultades, lo que le genera un malestar que le hace evitar determinadas situaciones sociales. Además, está desarrollando comportamientos secundarios que dificultan aún más la fluidez del habla: hace fuerza para que salga el sonido, acelera la respiración para poder «disparar» las palabras… Estos conductas entorpecen la fluidez y contribuyen innecesariamente a consolidar el problema.

Las emociones influyen en nuestro comportamiento general y el lenguaje no escapa a esa influencia. Es posible que un niño enfadado, por ejemplo, tenga más dificultades de fluidez. Pero la tartamudez no se restringe a situaciones de estrés, de enfado o de malestar emocional: está presente en todo momento. Incluso aunque el niño pase quince o veinte días sin tartamudear no significa que haya dejado de ser tartamudo. La tartamudez puede responder a ciclos y variar en intensidad, pero es poco probable encontrar un trastorno de tartamudez ligado a situaciones concretas como puede ser un enfado. Nadie se levanta siendo tartamudo y deja de serlo al día siguiente. Es muy probable que la tartamudez instaurada en la infancia se mantenga hasta la edad adulta.

La disfluencia evolutiva como primera hipótesis

Cuando llega a consulta un niño de 2, 3 o 5 años que presenta disfluencias –y una vez que hayamos descartado otras cuestiones que pueden tener como síntoma una tartamudez (un trastorno emocional o del lenguaje no es la causa de una tartamudez, pero esta puede ser uno de los síntomas) u otros factores que puedan afectar a la fluidez del habla (problemas auditivos, por ejemplo)–, la primera hipótesis que hemos de manejar es la de una disfluencia evolutiva. Si se trata de un niño de 7, 8 o 9 años que ya cursa primaria, el enfoque es diferente: tendremos que analizar cuándo ha empezado a tartamudear, cuando y en qué situaciones tartamudea, si ocurre siempre, con qué frecuencia, si responde a ciclos… El profesional elaborará una historia clínica exhaustiva y recopilará información detallada sobre los principales hitos evolutivos del niño, además de otra información complementaria (interacción con sus iguales, por ejemplo), y llevará a cabo una observación sistemática del niño tanto en sesión como en el hogar (por suerte el uso generalizado del móvil nos permite disponer de útil material audiovisual grabado por los padres) para establecer, dado el caso, el patrón de esa tartamudez o bien descartarla.

El profesional especializado en trastornos del lenguaje y del habla tiene que realizar un buen diagnóstico, ya que la intervención será diferente dependiendo de que se trate de una disfemia o de otro tipo de dificultad. Tengamos en cuenta que, de los niños que acuden a terapia a edades tempranas (3, 4 o 5 años) por esta causa, en torno al 80 % dejará de tartamudear espontáneamente si trabajamos con las familias para que realicen un buen modelado y no generen problemas añadidos (como contribuir, por desconocimiento, a la pérdida de autoestima del niño). El 20 % restante mantendrá la tartamudez hasta la edad adulta, pero lo hará bajo control. Si el niño crece con una tartamudez instaurada, sin intervenir, es muy posible que desarrolle trastornos emocionales y comportamientos atípicos que interfieran en su desarrollo y capacidad de socialización. Y justamente eso es lo que queremos evitar: una persona tartamuda tiene que ser una persona feliz y, para ello, hemos de dotarle cuanto antes de las necesarias herramientas.

Iciar Casado (Psicóloga)


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