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Hiperactividad y disfemia

En la entrada de hoy queremos centrarnos en una cuestión que preocupa a muchos padres de niños inquietos o hiperactivos: la disfemia.

Coincidiendo generalmente con la etapa infantil, el niño inquieto puede comenzar a tartamudear, lo que dispara las alarmas de las familias. ¿Significa esto que mi hijo o hija tiene un trastorno de tartamudez, una disfemia? No necesariamente. Puede darse la circunstancia de que el niño sea hiperactivo y disfémico, pero en principio no hay una relación causal directa entre ambas condiciones.

Las causas de la disfemia han sido y siguen siendo objeto de múltiples estudios y las modernas técnicas de neuroimagen han arrojado valiosa información al revelar diferencias en áreas específicas del lenguaje, en concreto, en el Área de Broca -involucrada en la producción del lenguaje- entre el cerebro del niño disfémico y el no disfémico. Las zonas premotoras encargadas de la programación de los movimientos implicados en el habla son las que resultan más deficitarias en niños o adultos con tartamudez.

Dificultades de regulación de la conducta, no de producción de lenguaje

El niño inquieto o hiperactivo –vamos a centrarnos en este último– no presenta esos déficits en el Área de Broca, porque sus dificultades no están relacionadas con la producción del lenguaje, sino con la regulación de la conducta.

El niño con hiperactividad se muestra habitualmente inquieto y con un alto nivel de activación. ¿Puede esto influir en el habla? Por supuesto. Cuando hablamos de «conducta» estamos haciendo referencia a un concepto muy amplio que abarca múltiples facetas de la persona, y el habla no deja de ser parte de esa conducta. Es, podríamos decir, la «parte conductual» del lenguaje. El niño hiperactivo adopta con frecuencia posturas inadecuadas, lo que dificulta la articulación de los fonemas. Su ritmo de habla rápido afecta a la coordinación entre fonación y respiración, y se observa a menudo tensión en su musculatura, sobre todo, en la laríngea. Nada de esto es la causa del tartamudeo, pero influye en el habla y puede generar disfluencias.

También puede ocurrir que la falta de regulación conductual del niño se manifieste en el plano cognitivo, lo que genera un patrón de pensamiento impulsivo que influye en la principal herramienta que tiene el niño para representar su pensamiento: el lenguaje.

Es muy probable que el niño hiperactivo no consiga acomodar la velocidad a la que fluye su pensamiento con la velocidad a la que construye el lenguaje y, dentro de este, a la velocidad a la que construye el habla, es decir, a la que organiza y coordina de forma precisa los movimientos articulatorios y respiratorios necesarios para producir un discurso fluido, organizada e inteligible. Por otra parte, es habitual que el niño se precipite a la hora de hablar sin tener claro el mensaje que quiere transmitir ni cómo quiere transmitirlo, lo que provoca bloqueos y repeticiones.

Bloqueos y repeticiones, como en la disfemia, pero por causas diferentes

Los bloqueos y repeticiones del niño hiperactivo son muy distintos de los que observamos en el niño con tartamudez. Muchas veces se deben a que no encuentra la palabra que busca y repite lo anterior hasta dar con ella. O no organiza bien su mensaje y tiene que corregirlo una y otra vez sobre la marcha, por lo que utiliza numerosas muletillas.

Muchos padres de niños hiperactivos señalan que sus hijos responden antes de tiempo, no respetan los turnos y no mantienen un buen contacto visual, lo que les impide advertir la respuesta de su interlocutor, en particular, la no verbal (expresiones faciales y gestos corporales) tan importante para un adecuado intercambio comunicativo.

Todas estas cuestiones relacionadas con la falta de control, tanto a nivel cognitivo como conductual, afectan al habla del niño, y esa impulsividad puede, por lo tanto, generar disfluencias. Pero estas disfluencias no tienen su base en un trastorno de la fluidez del habla como ocurre con la tartamudez, por la que la intervención será distinta en ambos casos. De ahí la importancia de un buen diagnóstico diferencial que nos permita identificar las causas y el origen de la disfluencia.

¿Debemos trabajar las disfluencias en niños hiperactivos aunque tengamos la certeza de que no responden a un trastorno de la fluidez del habla como la disfemia? Sí, sin lugar a dudas, entre otras cosas porque ese patrón puede cronificarse y el resultado final será que el niño tartamudea, con independencia de la causa. Puede conllevar además problemas de carácter psicológico.

La intervención se basará, entre otros aspectos, en un trabajo de modificación de la conducta a través del cual se favorecerá el respeto de los turnos en los intercambios comunicativos, el aumento del periodo de latencia (tiempo que transcurre desde que el niño sabe tiene que responder (respuesta verbal) hasta que lo hace), la corrección de la postura del niño al hablar para que sea lo más facilitadora posible y el mantenimiento de un buen contacto visual que le permita recibir el feedback del otro, lo que a su vez le ayudará a regular la conducta y a ajustarse al interlocutor. Al contactar visualmente con la otra persona somos más conscientes de sí hablamos demasiado rápido o, por el contrario, demasiado despacio y esto nos permite modular el ritmo del habla.

Para que sea verdaderamente eficaz, todo lo anterior se tiene que dar en un contexto natural y en situaciones de interacción verbal. Por regla general, se realiza a través del modelado con la intervención de los padres. Los papás participan en la terapia y son ellos quienes van introduciendo estos cambios, bajo el asesoramiento del terapeuta, de forma que el aprendizaje resulte natural para el niño.

Icíar Casado (Psicóloga)


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