
La maternidad tras una infancia difícil
«Mi niñez estuvo marcada por el abandono. Hoy soy madre de dos hijos. Quiero ser la mejor madre posible para ellos. La que yo no tuve».
El deseo de una madre de proporcionar a sus hijos aquello de lo que careció en la infancia, o de evitarles lo que tanto le hizo sufrir, es más que comprensible. El pensamiento de «con mis hijos todo será diferente» probablemente guiará muchas de sus decisiones y ese intento de no repetir el pasado puede condicionar la interpretación del presente.
Lo que ocurrió entonces
Nuestras experiencias influyen en lo que consideramos peligroso, nos preocupa o nos cuesta tolerar.
La madre sabe lo que es sentirse abandonada. Observar a su hijo en una determinada situación activa emociones que conoce bien. Cuando esto ocurre, la intensidad de su reacción va más allá de lo que le sucede al niño. Su experiencia la hace especialmente sensible a cualquier indicio de sufrimiento. Le cuesta no intervenir, aun sabiendo que su hijo está seguro y solo necesita tiempo para resolver la situación. Sin embargo, no puede tener la certeza de que su hijo está viviendo o sintiendo lo que ella sufrió o vivió siendo niña, porque las circunstancias son otras y su hijo no es ella.
Hacerlo de otra manera
Tener como referencia el rechazo al pasado parece, en principio, el mecanismo adecuado para asegurarnos de que nuestros hijos no pasarán por lo mismo. De hecho, revisar cuanto recibimos de nuestros padres nos ayuda a decidir qué clase de educadores queremos ser. Pero si nos basamos exclusivamente en el «no haré nada de lo que hicieron mis padres», podemos caer en el error de valorar la situación no por lo que necesita el niño, sino por lo que esta significa para nosotros. Corremos el riesgo entonces de pasar por alto otros criterios relevantes en ese contexto. Un rechazo visceral a todo lo que parece autoritarismo, por ejemplo, puede hacer que nos sintamos mal por imponer límites razonables o seamos incapaces de hacerlo.
Distinguir el malestar del daño
Distinguir el malestar del daño puede ser difícil cuando determinadas situaciones nos recuerdan aquello que nos hizo sufrir durante nuestra infancia. Si nos hemos sentido heridos en circunstancias semejantes, seremos particularmente sensibles al mínimo indicio de que algo parecido pueda estar ocurriendo a nuestros hijos. Sin embargo, el malestar, por sí solo, no indica que el niño esté sufriendo un daño.
Un límite puede enfadar, pero ese enfado no perjudica al niño. Tampoco está desprotegido si le dejamos autonomía para resolver un conflicto con un amigo. La reacción del niño nos proporciona información, pero no basta para determinar si nuestra actuación ha sido adecuada.
Cuando una madre promete que sus hijos nunca se sentirán como se sintió ella debe cuidar de que su protección no se extienda a situaciones en las que sus hijos no necesitan ser protegidos.







