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La barriga no sabe que mañana es lunes

Niño con dolor de barriga hablando con su padre

La historia de Mateo

Mateo es un niño despierto y curioso. Su madre recuerda que aprendió a leer de forma autodidacta antes de acudir al colegio utilizando un eficaz mecanismo: pedirle a sus padres que fuesen leyéndole todos los letreros que veían por la calle. Con solo dos años esperaba con ilusión el momento de ir al cole.

Su primer día de colegio estaba tan nervioso que incluso vomitó el desayuno. Después se adaptó sin problemas. Hasta que hace varias semanas ha empezado a quejarse de dolor de barriga los domingos por la tarde. Esas molestias se intensifican en la mañana del lunes.

Sus padres empiezan a preguntarse qué está ocurriendo. Las respuestas del niño no aclaran las cosas. La profesora tampoco ha observado nada reseñable en clase. ¿A qué se deben entonces esas molestias? ¿Le duele realmente la barriga o hay algo relacionado con el colegio que le está afectando?

No es fácil responder a esta pregunta porque contrapone dos elementos simultáneos. A Mateo puede dolerle la barriga y ese dolor puede estar relacionado con lo que ocurre los domingos por la tarde y los lunes por la mañana.

¿Cómo explicar lo que ni yo mismo entiendo?

Un adulto puede reconocer que lleva varios días preocupado y que duerme peor desde que tiene problemas en el trabajo. Para un niño es difícil establecer esa relación y más aún expresarla con palabras.

El cuerpo, sin embargo, tiene sus propios mecanismos para indicar que algo no va bien. El sistema nervioso autónomo participa en la respuesta al estrés y puede modificar la respiración, la tensión muscular, el sueño o el funcionamiento gastrointestinal. Lo que conocemos como «eje intestino-cerebro» describe una comunicación bidireccional en el interior de nuestro organismo: el cerebro influye en el funcionamiento intestinal y recibe, simultáneamente, un flujo continuado de información procedente del aparato digestivo.

En situaciones particularmente exigentes, algunos niños sienten dolor abdominal, náuseas, sensación de plenitud o necesidad de ir al baño. Otros se quejan de dolor de cabeza, tensión muscular o dificultades para dormir. Todos ellos son síntomas reales.

El hecho de que las pruebas médicas no encuentren una patología que los explique o de que aparezcan con mayor frecuencia en determinadas situaciones no convierte el dolor en imaginario.

«Pero el sábado no le duele nada»

Ese dato puede proporcionarnos información valiosa.

Si un niño se queja de dolor abdominal antes de ir al colegio, pero no tiene molestias durante las vacaciones, hemos de analizar qué cambia entre ambas situaciones. Puede estar preocupado por un examen, tener dificultades académicas o con un compañero, experimentar ansiedad por separación o, simplemente, mantener hábitos que exacerben esas molestias, como desayunar a toda prisa o dormir poco.

En el caso de Mateo, que la barriga empiece a doler el domingo por la tarde no demuestra por sí solo cuál es la causa, pero nos proporciona una pista: hay algo que cambia a medida que se acerca el lunes y merece la pena averiguar qué es.

Tampoco podemos descartar de entrada un problema médico. Establecer que «la ansiedad» es la causa de una molestia porque el niño está pasando una mala época es arriesgado. Un síntoma nuevo, intenso, persistente o acompañado de otras señales necesita valoración pediátrica. La posible participación de factores psicológicos no elimina las causas orgánicas ni permite prescindir de la oportuna exploración.

El dolor también cambia lo que hace el niño

La relación, además, puede funcionar en ambas direcciones. A veces empezamos buscando qué preocupación ha provocado el dolor y olvidamos que el mismo dolor modifica el comportamiento del niño.

Un niño que lleva semanas con molestias puede dormir peor, faltar a clase, abandonar actividades o empezar a prestar más atención a sus sensaciones corporales. Si ha vomitado después de comer, puede evitar determinados alimentos por miedo a que vuelva a suceder. Si se sintió mal en el colegio, tal vez empiece a temer que se repita la situación.

Así, lo que comenzó como un dolor asociado a una circunstancia concreta puede acabar influyendo también en lo que el niño hace, evita o teme.

Las pruebas están bien, pero el niño sigue encontrándose mal

«No tiene nada» es una frase particularmente desafortunada después de varias consultas médicas.

Que una analítica, una ecografía o una exploración sean normales es una buena noticia: descartamos determinadas patologías. Pero el niño sigue teniendo dolor.

Una vez realizadas las valoraciones médicas pertinentes, conviene volver a analizar las circunstancias en las que aparece la molestia. ¿Por qué a Mateo le duele la barriga los domingos por la tarde y los lunes por la mañana? ¿Qué cambia esos días? ¿Hay momentos en los que desaparece? ¿Ha ocurrido algo en el colegio o en casa? ¿Ha empezado a evitar alguna actividad por miedo a encontrarse mal?

No se trata de demostrar que «todo está en su cabeza» sino de comprender qué está ocurriendo con un síntoma que es real y qué factores pueden estar influyendo en su aparición o mantenimiento. La barriga de Mateo no sabe que mañana es lunes. Pero que empiece a doler precisamente el domingo por la tarde nos aporta muchísima información.

 

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