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Cuestión de recompensa

Quisiera plantearte, querido lector, un par de preguntas:

    ¿Te consideras un buen lector? ¿Disfrutas leyendo? (piensa, por ejemplo, si entraría en tus planes pasarte una tarde de sábado en compañía de un buen libro).

Si tu respuesta es afirmativa, felicidades. Eres uno de los afortunados que encuentran una motivación en el acto de leer. Y eso, seguramente, te habrá facilitado las cosas en tu vida escolar y laboral.

Si tu respuesta es «no», es probable que no hayas encontrado esa motivación intrínseca o que hayas sido uno de esos niños cuya vida escolar se ha bandeado entre las etiquetas de «es un vago», «no se esfuerza lo bastante» o «no sirve para estudiar». En ese caso, seguramente te interesará lo que explicamos a continuación.

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No hay motivación sin recompensa

La lectura no es un aprendizaje que se adquiera de forma natural, por exposición al entorno, como ocurre con el habla. Todo aprendizaje y, en particular, cuando se trata de uno tan costoso como éste, depende radicalmente de la motivación.

Lo primero que tenemos que entender es que la motivación no surge porque sí. Se mantiene en el tiempo porque esperamos que nuestro esfuerzo sea premiado de alguna forma (este premio puede ser el propio placer de leer). Sin recompensa es muy difícil mantener la motivación.

En el caso de la lectura, podríamos establecer la relación siguiente:

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Sin embargo, muchos niños no encuentran ninguna recompensa en el acto de leer. Lo único que perciben es la tediosa labor que les espera, un enorme esfuerzo cognitivo que, además, no les reporta beneficio alguno. Siquiera el de acceder a un contenido atractivo porque, como bien sabemos, aprender fechas o ríos no es plato de gusto para la mayoría de los chavales.

Aunque son muchos los factores que pueden intervenir en la percepción de la recompensa en el proceso lector, lo más probable es que, cuando un niño rechaza de plano la lectura, nos encontremos ante un trastorno del aprendizaje.

Algunas afirmaciones erróneas

El aprendizaje de la lectoescritura es un campo plagado de afirmaciones erróneas. Veamos algunas:

  • El niño no lee porque no le apetece

    Un error habitual es relacionar la falta de motivación por el código escrito con rasgos de la personalidad del niño, estados de ánimo o con una simple cuestión de apetencia.

    Todo niño, por pequeño que sea, sabe lo importante que es leer y lo necesaria que será la lectura en su vida escolar, por lo que es difícil creer que se niegue a leer «porque sí».

    Lo primero que debemos entender es que el aprendizaje de la lectura plantea problemas a muchos niños y niñas cuyas dificultades, una vez descartados déficits sensoriales, variarán dependiendo de la parte del proceso lector que esté afectada. Nuestra labor es determinar dónde se encuentran esos problemas (¿en la ruta fonológica?, ¿en la ruta visual?, ¿son problemas de carácter comprensivo?…). Podremos poner entonces nombre a esa dificultad. Hablaremos de un retraso o de un trastorno de la lectoescritura o, dentro de este último apartado, de una dislexia, por ejemplo.

  • El niño empieza a aprender a leer en primaria

    Decir que el niño aprende a leer en primaria es otra afirmación errónea. Ese aprendizaje comienza prácticamente desde que nace. No podemos ubicar la lectura en una zona concreta del cerebro, porque nuestro cerebro no está pensado para leer. La evolución del ser humano ha gestado un sistema de comunicación tan complejo que necesita nutrirse de todas las áreas del cerebro.

    Las experiencias que vive el niño desde que nace –sensoriales, auditivas, visuales, táctiles– son básicas para la maduración del engranaje gracias al cual podrá leer, primero como un papagayo, sin entender lo que lee, para ir posteriormente perfeccionando sus habilidades hasta alcanzar el objetivo último del proceso lector: la comprensión e interpretación de los textos.

  • La clave está en leer y leer

    Tras una dificultad de lectoescritura subyace con frecuencia un trastorno del neurodesarrollo, acompañado muchas veces de otros diagnósticos comórbidos (TDAH, TEL). El niño diagnosticado de un trastorno de lectura, escritura o ambos no utiliza los mismos canales de aprendizaje que el niño normotípico ni procesa la información de la misma manera. Leer favorece las competencias lectoras del niño sin déficit, pero no aporta nada al niño que los tiene.

    Por mucho que insistamos en que lea -utilizando las mismas estrategias que el niño normotípico– no podrá hacerlo. Un niño con dislexia, por ejemplo, lo pasa mal ya en infantil porque cuando todos sus compañeros son capaces de reconocer las letras y asignarles sonidos, él no puede hacer esa asociación. Todo los procesos posteriores empiezan entonces a tambalearse: no retiene la cadena de sonidos, no construye una buena ruta léxica, no tiene representación mental de palabras conocidas… leer se convierte en una experiencia frustrante. La ansiedad, que antes se limitaba al momento de leer, comienza a generalizarse hasta el punto de que el mero hecho de escuchar la palabra «colegio» desencadena dolor de barriga o de cabeza.

  • Esto se soluciona con 20 minutos diarios de lectura

    Está claro que al buen lector le conviene leer 20 minutos cada día, porque esta es la forma de ampliar el repertorio léxico, de memorizar la ortografía, de leer con fluidez palabras complicadas y de mejorar la velocidad lectora.

    Sin embargo, lo único que conseguiremos al obligar a un niño con un trastorno de la lectoescritura a leer esos 20 minutos diarios es hacerle plenamente consciente, cada día de su vida, de sus dificultades. Si ese niño siente algo de motivación por la lectura -porque a sus padres les gusta leer y promueven esta actividad entre sus hijos, pongamos por caso- la perderá por completo.

    Os animo a que aceptéis el hecho de que a vuestro hijo tal vez no le guste leer -sobre todo si le cuesta-. Ahora bien, nos cueste o no la lectura, aprender a leer es una necesidad, así que tendremos que buscar mecanismos más eficaces de adquisición de la misma que obligar al niño a sentarse frente a un libro.

    Utilicemos un enfoque diferente: dedicar esos 20 minutos diarios a reforzar todos los procesos cognitivos implicados en la lectura. El niño puede estar jugando y, entre tanto, estimulamos su memoria visual, su memoria auditiva, la decodificación y otros muchos procesos que intervienen en la lectura, aún sin exposición directa a esta.

  • Leer mal es sinónimo de bajo cociente intelectual

    Leer mal se asocia con frecuencia con un bajo perfil cognitivo, cuando la realidad es que los problemas del niño con trastorno de la lectoescritura se limitan al reconocimiento de un código concreto. Lamentablemente, se trata del código «estrella» de nuestro sistema educativo. Un niño puede ser excepcional en cualquier área que, como no se le de bien leer y escribir, obtendrá malos resultados en el colegio. La lecto es el embudo de estos niños ya que no tienen la oportunidad de aprender a través de otros medios como la manipulación, el teatro o el trabajo práctico, por ejemplo.

Reconocer la existencia de una dificultad y valorar el esfuerzo realizado

Papás y mamás tenemos que establecer lazos de complicidad con nuestros hijos. No sirve de nada hacer como que no pasa nada. Hay que hablar de la dislexia. El niño se da cuenta de que tarda mucho más que sus compañeros en hacer las tareas. En el colegio está expuesto a una constante comparación en la que siempre sale perdiendo. Debemos compensar esa situación y destacar las características que le hacen especial: «Tienes una dificultad para aprender a través del código escrito. Partes de una situación de desventaja, por eso todo lo que consigues tiene tanto valor».

Al explicar esto a nuestro hijo no lo malcriamos ni sobreprotegemos: exponemos la situación en sus justos términos. El niño que es conocedor de sus dificultades valora mucho más sus éxitos. Sabe darse una palmadita en la espalda: «A pesar de mi dislexia, he sido capaz de aprobar». Esta es la lectura que deben hacerle los chavales con un trastorno del aprendizaje durante la etapa escolar. Porque cuando dejen el colegio y decidan a qué quieren dedicarse realmente, todo será mucho más sencillo.

Cuando llegan al gabinete papás con niños con dificultades de aprendizaje, te cuentan lo que se le da mal a su hijo y lo que le genera problemas y malestar. Pero a nosotros nos gusta conocer sus fortalezas, porque cuando hablamos con estos chavales descubrimos que tienen, por lo general, una férrea fuerza de voluntad (dedican a los estudios un tiempo descomunal que no se ve recompensado en términos de rendimiento), gran perseverancia y alta tolerancia a la frustración.

Olvidemos todo tipo de prejuicios. Entablemos una relación con el niño desde este punto de partida: «Sé que te cuesta, sé que para ti es difícil, sé que no te motiva. Pero hay que aprenderlo y te voy a ayudar». Y si, al principio, el niño o niña necesita que papá o mamá estén ahí para leerle el enunciado, ayudarle a hacer un resumen o comprender un texto, le prestaremos esa ayuda sin sentirnos mal por ello. El «esto lo tiene que hacer solo» o «estoy creando dependencias» no tiene razón de ser. Nuestro hijo tiene una dificultad y necesita ayuda. Ningún niño quiere estar bajo el ala de papá o mamá indefinidamente. Cuando esté preparado será el primero en querer volar solo. Y, por encima de todo, habremos hecho que se sienta orgulloso de sus logros, un sentimiento que le acompañará toda la vida.

Icíar Casado (Psicóloga)


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La lectura y su adquisición

Lecto: la importancia de la conciencia fonológica

Cuando aprender a leer es un castigo

 

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