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Lectoescritura: la importancia de la conciencia fonológica

Cuando hablamos de capacidad de aprendizaje, hemos de hacer referencia forzosamente a la capacidad de nuestro cerebro para asimilar información nueva y acomodarla de manera que no entre en conflicto con la información antigua. El niño aprende a partir de las experiencias que vive y el tipo y la calidad de la información que almacena de esas vivencias condicionará su capacidad y forma de incorporar nuevos conocimientos. Podríamos decir que en el proceso de aprendizaje infantil intervienen de forma decisiva dos elementos: el estadio madurativo del niño y el tipo de estímulo (experiencia) que se le ofrece.

Es habitual pensar que el aprendizaje de la lectoescritura comienza cuando el niño empieza a asociar  grafías con los correspondientes sonidos, sin embargo, no es así: el proceso lectoescritor se inicia mucho antes, ya que requiere unos aprendizajes previos relacionados fundamentalmente con el desarrollo de la conciencia fonológica. La adquisición de las herramientas facilitadoras del aprendizaje se produce desde el momento en el que el niño nace pero habremos de esperar hasta los tres años para que el desarrollo de su lenguaje sea tal que le permita abordar un aprendizaje instrumental tan complejo como el de la lectoescritura: no podemos pretender que el niño lea antes de alcanzar el nivel psicolingüístico necesario.

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Muchos estudios relacionan los problemas de competencia lectora en la etapa de educación primaria con un deficiente desarrollo de la conciencia fonológica —habilidad indispensable en el proceso de adquisición de la lectoescritura que permitirá al niño identificar las palabras que componen las frases, las sílabas que componen las palabras y los fonemas que componen las sílabas—. Con frecuencia, esto se acompaña también de un déficit de estimulación de otros procesos cognitivos básicos del niño, ya que son muchas las habilidades que intervienen en el proceso lector: motoras, sensoriales, lingüísticas, cognitivas, atencionales, de memoria y de control ejecutivo.

A lo largo del proceso de aprendizaje, el niño aprende a comprender verbalmente los signos gráficos que percibe visualmente. Utiliza para ello distintas estrategias de complejidad creciente que, una vez asentadas, simultanea dependiendo de dificultad de la lectura o de si conoce o no la palabra leída:

  • Estrategia fonológica: el niño se inicia en el aprendizaje de la lectura reconociendo las letras y asociándolas a sus respectivos sonidos con el propósito final de establecer una relación grafema-fonema. Este proceso se realiza de forma secuencial (letra a letra) y exige aprender a discriminar, segmentar, modificar e integrar las secuencias fonografémicas de las palabras para reconocerlas de manera auditiva. A medida que el niño progresa en la lectura incorpora a su memoria visual la huella gráfica de las letras conocidas y guarda en su memoria auditivo-fonológica la pronunciación correspondiente: construye así su léxico visual.
  • Estrategia visual-ortográfica: el reconocimiento visual-ortográfico requiere que el niño almacene en la memoria visual la representación de las palabras que lee, para reconocerlas posteriormente. No podemos hablar, sin embargo, de «percepción visual» exclusivamente porque este reconocimiento también se realiza por vía fonológica. Se produce además una coactivación de las representaciones fonológicas y ortográficas.
  • Estrategia semántica: el niño asocia la secuencia fonográfica a su significado. Es ahora cuando hablamos de lectura propiamente dicha ya que los procesos anteriores eran de decodificación. El proceso de comprensión lectora requiere una maduración del sistema ejecutivo central que, por lo general, se alcanzar entorno a los seis años de edad.

Un lector competente debe manejar ambas rutas simultáneamente, optando por la decodificación fonológica cuando se enfrenta a palabras poco frecuentes o pseudopalabras y por la decodificación visual cuando lee palabras conocidas. Para que sea posible la lectura visual es necesaria cierta soltura en la lectura fonológica.

Algunas estrategias útiles en el aula para ayudar a los niños con dificultades en la adquisición de la lectoescritura:

  • Hacerle saber al niño que entendemos sus dificultades.
  • Establecer objetivos alcanzables en función de sus capacidades.
  • Evaluar sus progresos comparándolo con él mismo, con su nivel inicial y no con el nivel de los demás en las áreas problemáticas.
  • Situarlo cerca del profesor y de la pizarra,  lejos de ruidos o de todo aquello que pueda distraerle.
  • Darle confianza para que pregunte cuando no comprenda algo.
  • Repetirle varias veces la información nueva, utilizando apoyos visuales (necesitará ayuda para relacionar los conceptos nuevos con la experiencia previa).
  • Darle tiempo para organizar sus pensamientos y terminar su trabajo.
  • Usar tamaños de letra más grandes y aumentar el espacio entre secciones.
  • Evitar la corrección sistemática de todos sus errores de lectura y escritura.
  • No hacerle leer en voz alta en público en contra su voluntad (es preferible la lectura conjunta o lectura en sombra).
  • Centrar la lectura o la escritura en aquellos temas que interesen al niño.
  • Provocar situaciones en la que el niño destaque.
  • Presentar la actividad de lectura en un ambiente lúdico y motivador.
  • Enfocar la lectura como un medio, no como un fin.
  • Motivación hacia la lectura: «leer más no significa leer mejor». Si la lectoescritura despierta poco interés o rechazo en el niño podemos intervenir sobre los procesos cognitivos subyacentes sin centrarnos exclusivamente en las letras.
  • Estimular los procesos cognitivos implicados en el lenguaje oral.
  • Ofrecer atención individualizada, siempre que sea posible, cuidado de no exponer al niño ante el resto de la clase.
  • Mantener comunicación constante con la familia y, dado el caso, con el gabinete psicológico.

Iciar Casado (Psicóloga)

 

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