
Pieza clave del bienestar infantil
Hablar de psicología infantil exige, necesariamente, centrarnos en quienes siguen siendo pieza angular del cuidado del recién nacido: las madres.
Aunque en los últimos años comenzamos a ver iniciativas esperanzadoras, lideradas por investigadoras comprometidas, conviene destacar una realidad todavía poco atendida: la salud mental de las mujeres continúa ocupando un lugar secundario. Esto resulta especialmente llamativo si tenemos en cuenta el enorme impacto —tanto sanitario como social— de experiencias vitales femeninas como la maternidad o la transición menopáusica: dos procesos biológicos y psicológicos con notables repercusiones sobre la forma en cómo la mujer se relaciona consigo misma, con sus hijos y con su entorno.
Un proceso de profunda transformación
La maternidad supone una intensa reorganización cerebral, emocional y corporal. Durante el embarazo y el posparto, el cerebro materno realiza un importante esfuerzo adaptativo, con efectos directos en la regulación emocional, la sensibilidad al estrés, la atención y la capacidad de respuesta ante las necesidades del bebé.
Ser madre es una experiencia maravillosa… y exigente. Implica cuidar de otra vida, tomar decisiones constantes y aceptar que no todo puede estar bajo control. Ante esta nueva realidad, el cerebro activa mecanismos de alerta diseñados para proteger y anticipar riesgos.
La forma de vivir la maternidad es única e intransferible. No obstante, en consulta escuchamos algunos temores compartidos, en particular, entre madres primerizas:
- Miedo a no ser una «buena madre». Muchas mujeres se preguntan si lo están haciendo (o lo harán) bien, si deberían ser más pacientes, más organizadas o más capaces. Las comparaciones con otras madres, amplificadas por las redes sociales, refuerzan la idea de que existe una maternidad perfecta.
- Miedo a dañar emocionalmente a los hijos. Son frecuentes pensamientos del tipo «¿Y si le transmito mis inseguridades?» o «¿Y si repito errores de mi propia infancia?». Paradójicamente, este temor suele aparecer en madres muy implicadas.
- Miedo a perder la propia identidad. La maternidad transforma inevitablemente la vida. Algunas mujeres dejan de reconocerse o se ven reducidas exclusivamente al rol de madre.
- Miedo constante a que ocurra algo. Preocupaciones recurrentes por la salud, el sueño, la seguridad o el futuro de los hijos. Este estado de hipervigilancia puede resultar profundamente agotador.
- Miedo a no poder con todo. El cansancio, la sobrecarga, la falta de apoyo y las expectativas irreales pueden conducir a la pérdida de paciencia y al desbordamiento emocional.
Sentir miedo ante la responsabilidad de cuidar y proteger una nueva vida —y ante los múltiples cambios que conlleva la maternidad (o la paternidad)— no tiene nada de patológico. El problema se manifiesta cuando ese temor:
- Interfiere recurrentemente en la vida diaria.
- Provoca ansiedad, insomnio o pensamientos intrusivos.
- Impide disfrutar del vínculo con los hijos.
- Genera una sensación persistente de vacío o tristeza profunda.
La maternidad es un evento fisiológico extremo, impulsado por una potente cascada hormonal y biológica, que exige una enorme capacidad de adaptación física y mental. Una visión excesivamente idealizada de este proceso puede invisibilizar la vulnerabilidad psicológica experimentada por muchas mujeres.
La exigencia social de «estar bien» y de disfrutar plenamente de cada etapa deja poco espacio para el malestar, la ambivalencia o el cansancio emocional sin culpa. Ser madre requiere acompañamiento, comprensión, información y, cuando es necesario, apoyo psicológico adecuado. Si una mujer no recibe apoyo suficiente, el impacto no se limita a ella: también puede verse afectado el bienestar emocional del menor.







