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Estar enfadado y no pegar

Aprendizaje de la regulación del enfado y ejemplo que ofrecen los adultos

Una bronca en el aparcamiento

Hace unos días acudí a unas pruebas rutinarias y, a punto de entrar en el hospital, presencié una escena que nos dejó atónitos a cuantos estábamos allí.

Un coche, conducido por una mujer joven, realizó un adelantamiento arriesgado para colarse en el aparcamiento hospitalario famoso por sus escasísimas plazas.

El conductor adelantado, tras un violento volantazo, se bajó del coche insultando a la conductora. Esta se apeó de inmediato y respondió en idénticos términos. La joven que la acompañaba se sumó a la discusión y en cuestión de segundos los insultos habían alcanzado cotas difíciles de reproducir sin sonrojo. Las mujeres no parecían intimidadas por la considerable envergadura del hombre y quienes contemplábamos la escena empezamos a temer que aquello terminase mal.

Cuando me disponía a avisar a seguridad, el hombre regresó a su coche dejando a sus espaldas un «No te parto la cara porque eres mujer». La conductora, con las manos en jarras, respondió como impulsada por un resorte: «Inténtalo, pedazo desgraciado». Por suerte, tras esta amable despedida, los contrincantes parecían haber recuperado la compostura para arrancar sus respectivos coches e irse.

Esta situación desagradable sirve como demostración de algo que intentamos enseñar a los niños desde su más tierna edad: la diferencia entre estar muy enfadado y actuar llevado por el enfado.

Emoción y conducta

El conductor tenía motivos para enfadarse. Había sufrido un adelantamiento peligroso y, encima, las responsables acababan de colarse. Los insultos y las amenazas no eran, sin embargo, una consecuencia inevitable de ese enfado. Por su parte, las dos jóvenes habían demostrado escaso sentido cívico con su maniobra y optado, además, por responder a los insultos del conductor en idénticos términos.

La anécdota contiene un momento particularmente reseñable: el hombre seguía furioso cuando regresó a su coche. Su última frase deja pocas dudas. Pero se marchó.

No podemos plantearlo como una prodigio de regulación emocional, desde luego. Pero pese a los insultos y amenazas, hubo un límite que no traspasó.

Un niño pierde un partido y tira la raqueta al suelo. Su hermano le quita un juguete y le pega. Le decimos que no puede jugar con la consola y da una patada a la puerta. Un adolescente está furioso con sus padres y les insulta. El enfado puede ayudar a entender determinadas conductas, pero no las hace inevitables.

Emoción y conducta

Aprender a regular las emociones supone, entre otras cosas, introducir distancia entre lo que sentimos y lo que hacemos. Los adultos lo reconocemos cuando decimos «estaba furioso, pero me contuve», aunque la escena del hospital demuestra que no siempre dominamos bien ese ejercicio.

Para el niño es aún más complicado. Durante la infancia y la adolescencia se siguen desarrollando capacidades como la inhibición de la respuesta impulsiva y el control de la conducta. Entre sentir el impulso y frenarlo hay un aprendizaje que requiere tiempo y mucha práctica.

Por eso podemos entender que un niño esté enfadado y, sin embargo, no aceptar que pegue a su hermano.

Esta distinción puede perderse si prestamos tanta atención a la emoción que todo lo demás queda subordinado a ella. Si Marcos pega a su hermana porque está celoso, los celos son una información útil. Nos permiten entender mejor qué ha ocurrido y pensar qué podemos hacer para ayudarle. Pero el hecho es que su hermana ha recibido la torta y eso no es admisible.

El niño que protesta no necesariamente se regula peor

Algunos niños exteriorizan mucho lo que sienten y otros no. El que protesta, llora o necesita un rato para recuperarse puede parecer menos capaz de manejar sus emociones que otro que acepta una contrariedad sin rechistar.

Pero la intensidad con la que un niño expresa una emoción y su capacidad para controlar la conducta no son exactamente lo mismo. Un niño puede mostrar abiertamente su enfado y, sin embargo, no agredir, romper o insultar. Otro puede quedarse callado y tener enormes dificultades para manejar lo que siente.

Tampoco es necesario esperar siempre a que el niño se calme para pedirle que controle su conducta. Cuando la activación es muy intensa, puede ser difícil que atienda a indicaciones o ponga en práctica lo aprendido y habrá que ayudarle a reducirla. Pero estar enfadado o decepcionado no impide necesariamente actuar de otra manera. Parte del aprendizaje consiste en descubrir que uno puede hacer lo que debe aunque siga enfadado.

Los tres adultos del aparcamiento tardaron en conseguirlo. Ninguno salió de allí tranquilo ni particularmente satisfecho. Pero al menos cada cual regresó a su coche.

 

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