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¿Por qué no me gusta leer?

Cuando las familias observan en su hijo o hija falta de interés por el aprendizaje de la lectura, existe cierta tendencia a atribuirlo a una cuestión de actitud («No pone suficiente interés») o de falta de motivación. Sin embargo, al valorar en profundidad la base de la que parte ese niño desinteresado por la lectura, es decir, el nivel de adquisición de los prerrequisitos imprescindibles para el aprendizaje de esta, observamos carencias importantes. La pregunta que habríamos de plantearnos sería, quizás, «¿Por qué mi hijo no muestra interés por aprender a leer?». O dicho de otra manera: ¿es la falta de motivación la causa o la consecuencia?

Los padres llegan al gabinete –alertados a veces por los propios profesores que observan un retraso en la capacidad lectoescritora del alumno– solicitando que la intervención se centre en aquel aspecto concreto que a su juicio lastra el rendimiento del niño. Cuando el terapeuta, una vez realizada la valoración, comunica a la familia la necesidad de comenzar a trabajar aprendizajes básicos que el niño debería haber adquirido –y que están en el origen de sus actuales dificultades en el aula– reciben el diagnóstico como un jarro de agua fría.

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Aprender a leer es un proceso largo y complejo. La adquisición comienza a edades tempranas y, con más o menos esfuerzo, todos salimos de la escuela con un conocimiento funcional de la lectura, lo que puede llevarnos a minusvalorar la dificultad de su aprendizaje. Leer un texto requiere la interacción de múltiples mecanismos –visuales, auditivos, motores, cognitivos, emocionales–, algunos de ellos específicos del lenguaje; de hecho, la dificultades en el aprendizaje de la lectura en niños sin déficits sensoriales o motores, con un rendimiento intelectual normal y no inmersos en entornos de privación (socio-cultural, lingüística o educativa) suelen acompañarse, en mayor o menor medida, de alteraciones en los procesos psicolingüísticos.

El acto de leer implica tres procesos mentales –léxico, sintáctico y semántico–, que operan en estrecha interrelación para alcanzar el fin último: la comprensión del texto. Un déficit en cualquiera de ellos obligará al niño a dedicar sus recursos atencionales a la tarea en la que encuentra dificultades en lugar de dedicarlos a la ejecución de procesos lingüísticos de orden superior como, por ejemplo, el pensamiento inferencial –la capacidad de identificar los mensajes implícitos–, tan importante para comprender un texto.

Así:

  • Las dificultades en el procesamiento léxico (ya sea en la ruta fonológica, en la ruta directa o en ambas) hará que el niño experimente problemas a la hora de reconocer las palabras escritas.
  • Reconocer las palabras es necesario para poder leer, pero estas por sí solas no aportan información; deben formar parte de una estructura sintáctica para transmitir un mensaje. Si la dificultad afecta al procesamiento sintáctico, al niño le costará identificar qué función desempeñan las palabras en la oración y qué relación mantienen entre ellas.
  • A través del procesamiento semántico podemos interpretar lo que leemos e integrar los conocimientos adquiridos con la información de la que ya disponemos, es decir, representar mentalmente el nuevo contenido y almacenarlo en la memoria a largo plazo. La lectura requiere de esta relación constructiva: interpretamos la información que extraemos del texto basándonos en nuestras experiencias y conocimientos previos y, a la vez, ampliamos y reinterpretamos esos conocimientos a la luz de la nueva información adquirida: es lo que llamamos la comprensión lectora. Esta función interactiva texto-lector, base de todo aprendizaje, se verá afectada si el procesamiento semántico es el afectado en el niño.

Los procesos citados deben funcionar en permanente interacción y requieren de la automatización de las operaciones de bajo nivel para que la lectura sea fluida. Difícilmente podrá el niño comprender el significado de una frase medianamente compleja si tiene, por ejemplo, dificultades para discriminar los fonemas. Volviendo al comentario con el que iniciábamos esta entrada: ¿cómo esperar que un niño sienta interés por lo que lee si no entiende lo que lee? La lectura nos permite comunicarnos, informarnos, aprender, disfrutar… siempre que contemos con las destrezas y estrategias necesarias para permitir la comprensión. Si no comprendemos lo que leemos, la lectura se convierte en un ejercicio estéril; si lo que debiera ser una experiencia gratificante se vuelve una tarea ardua, desmotivadora e inútil es lógico que conduzca al desinterés por todo lo relacionado con ella.

Centrarnos en la parte visible del problema exclusivamente significa construir sobre cimientos poco sólidos que, lejos de garantizar el aprendizaje, conducirán a un estancamiento en el desarrollo del niño. Sin corregir esas carencias profundas, es decir, interviniendo sobre las manifestaciones externas, posiblemente conseguiremos algún avance –a costa de mucho esfuerzo por parte del niño–, pero las dificultades seguirán latentes, agravándose a medida que vaya superando cursos y el nivel de exigencia académica sea mayor.

 

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