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Efecto secundario de la pandemia: desarrollo tardío del lenguaje

Durante estos meses de pandemia hemos atendido numerosas consultas relacionados con el desarrollo tardío del lenguaje en niños pequeños. A falta, por el momento, de estudios que aporten evidencia científica, nuestra impresión es que la pandemia también nos está afectando en el ámbito del lenguaje infantil.

Las medidas que nos hemos visto obligados a adoptar para evitar la propagación del virus han influido en los más pequeños de la casa. Pensemos que el niño que en marzo de 2020 tenía algo menos de un año, lleva más de 12 meses privado de las interacciones normalizadas con su entorno básicas para el desarrollo del lenguaje.

Las personas nacemos con unas características innatas, propias de nuestra especie, que nos permiten desarrollar el lenguaje, pero se necesita la estimulación del entorno para un adecuado desarrollo. Por regla general, los niños empiezan a decir sus primeras palabras con significado e intención comunicativa clara alrededor del año de vida. Gradualmente van incorporando nuevo vocabulario y este incremento se vuelve exponencial hacia los dieciocho meses. Hay que tener en cuenta la gran variabilidad en el ritmo de adquisición en edades tempranas.

¿Qué está pasando

Las familias acuden a nuestro centro por iniciativa propia o derivadas por el pediatra. Sus hijos de dos años hablan muy poco o prácticamente nada, lo que nos lleva a preguntamos qué factores pueden estar influyendo en este desarrollo rezagado del lenguaje. He aquí algunas de las posibles causas:

  • Limitaciones sociales. Los niños se comunican únicamente con sus progenitores o cuidadores principales. Estos son poderosos estimuladores del lenguaje, pero no pueden ser los únicos. Los abuelos, las maestras, la vecina con la que nos cruzamos en la escalera, los primos, los niños del parque… Todos son importantes para que el niño reciba mensajes y pueda formular respuestas. Un famoso proverbio africano dice: «Para criar a un niño, hace falta una tribu entera». Esto es perfectamente aplicable al lenguaje.
  • Limitación de la información visual. En sus pocos intercambios comunicativos fuera del hogar, la mascarilla cubre la mitad inferior de la cara del niño y no le permite ver la boca de su interlocutor e imitar sus movimientos del habla. Pensemos qué ocurriría si nosotros, adultos, tuviésemos que aprender un idioma sin poder ver la cara de nuestro interlocutor, sin poder acercarnos a él y sin poder tocarlo. ¿Cómo pediríamos un batido de fresa en japonés? Sería muy complejo imitar los fonemas sin ver la boca de quién nos enseña ese idioma, ¿verdad?
  • Escuelas infantiles vacías. Las familias han optado por no llevar a sus hijos a la escuela infantil por miedo a que enfermen o puedan trasferir el virus a casa. Falta, por tanto, el estímulo de un o una profesional especializados en educación infantil y de iguales con los que interactuar y compartir intereses.
  • Distancia social. La distancia de dos metros que ya resulta excesiva para el adulto es kilométrica para el niño. Un niño de corta edad no puede mantener una comunicación efectiva a esa distancia ya que toda la información se pierde por el camino.
  • Parques vacíos por miedo a los contagios. Los niños menores de seis años no están obligados a llevar mascarilla. Algunos la llevan mal colocada y se tocan con frecuencia la cara, ya que están en un momento del desarrollo en el que la exploración orofacial es tan importante como las manos. Aún cuando saben que es una medida de protección recomendable, la mascarilla es tan incómoda para ellos como para nosotros llevar guantes todo el día. No hay una interacción natural en situación de juego con niños desconocidos si el niño se tiene que esforzar para que su interlocutor le entienda.
  • No pueden compartir objetos, juegos ni abrazos con iguales por lo que los niños no pueden interactuar mediante herramientas que son un gran facilitador en esta etapa.
  • Abuso de las pantallas. El teletrabajo aporta ventajas a la organización familiar, pero también algunos inconvenientes. Nos vemos obligados a trabajar durante los momentos de descanso de nuestros hijos o a ponerlos en modo off permitiéndoles estar delante de las pantallas más tiempo del recomendable. Las pantallas no permiten la interacción natural en la comunicación. Por muy bien que seleccionemos los programas, no dejan de ser inputs visuales y auditivos sin espacio para la interacción comunicativa.

Y ahora, ¿qué hacemos?

Ante todo, hemos de pensar que los cambios pueden ayudarnos a crecer. «En medio de la dificultad reside la oportunidad», decía Einstein. Los medios se encargan cada día de subrayar los muchos aspectos negativos de la pandemia. Y por muy reales que sean esos aspectos, regodearnos en la adversidad, no sirve más que para adoptar una postura victimista que nada aporta. Podemos optar por el fatalismo o hacer de la necesidad virtud, replantearnos todas aquellas conductas que teníamos instauradas y que no funcionaban demasiado bien, y tratar de corregirlas aprovechando esta situación extraordinaria que nos obliga a modificar costumbres y el mayor tiempo que pasamos juntos los miembros de la familia. Os propongo algunas ideas que os ayudarán en el proceso de desarrollo de vuestros hijos de entre 13 y 30 meses:

  • Disfrutar de la naturaleza o de la calle; caminar, saltar, correr… ¡Los juegos tradicionales no pasan de moda!
  • Pensar entre todos en actividades que podéis hacer juntos y que os proporcionan bienestar.
  • Hablar y escuchar a nuestros hijos.
  • Saber callar y dejar espacio para que sean ellos los que hablen.
  • Cantar juntos canciones con movimiento. Los videos musicales pueden ser divertidos, pero nunca serán tan efectivos y emocionalmente significativos como una canción cantada por los padres en la que haya contacto visual.
  • Mirar a los ojos del niño al hablarle.
  • Promover un pequeño círculo social seguro en el que podamos interactuar con otras personas manteniendo siempre las medidas higiénicas.
  • Aprovechar las rutinas para favorecer el lenguaje: «Ahora abrimos el…, nos ponemos la…, agua, agua, ¡mira qué fresquita…».
  • Realizar juegos que impliquen actividades motrices en los que el lenguaje sea un elemento de disfrute, por ejemplo, arrastres con una tela en el curso de los cuales expresamos interjecciones.
  • Tareas de casa. Cualquier actividad doméstica puede ser una aventura para un niño de esta edad: pueden ayudarnos a poner la lavadora, a regar las plantas, a cocinar… Aprovechemos todos los recursos que tenemos en casa; las pequeñas cosas son fascinantes para ellos si las hacen en compañía de los padres.
  • Los animales domésticos son un gran motivador. Desde pedirle al perro que se siente a poner comida a los peces, cualquier actividad con las mascotas nos da la oportunidad de utilizar y reforzar el lenguaje.
  • Recurrir siempre a fuentes fiables. Con frecuencia consultamos internet para buscar respuestas cuando algo nos preocupa. Internet es una gran fuente de información, pero también de miedos. Ante la duda y si te preocupa el desarrollo del lenguaje y la comunicación de tu hijo, consulta con un pediatra o con un profesional del lenguaje o la psicología. Solo ellos pueden garantizarte un asesoramiento fiable.
  • La pandemia, como cualquier otra situación de crisis, nos coloca a todos –individuos y sociedad– ante el espejo de nosotros mismos y refleja nuestras carencias, pero también nuestro potencial para dar lo mejor de nosotros mismos. Por mi parte, me quedo con la imagen de la niña que esta mañana le preguntaba al abuelo con el que se cruzó en la escalera: «¿Necesita que le ayude, señor?». Esta es la actitud que nos permitirá superar cualquier desafío.

    ¿Te gustó el artículo? Si tienes alguna pregunta o necesitas propuestas de actividades que hacer con tus hijos no dudes en comentarlo a través de nuestras redes sociales. Entre todos nos ayudaremos a criar «en tribu» a estos pequeñajos.

    Eva Estrada (Logopeda)

 

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