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Cuando un miembro de la familia sufre un daño cerebral

Durante sus primeros años de vida, la familia constituye el universo del niño. En el seno familiar, el niño se siente cuidado, protegido, seguro y querido, y será aquí donde empezará a aprender las normas, hábitos, valores, habilidades personales, destrezas y patrones de comportamiento que conducirán a una primera socialización que afianzará posteriormente a lo largo de sus años escolares en un complejo proceso evolutivo que sentará las bases de su personalidad adulta.

Los miembros de la familia, en el desempeño de sus diferentes roles -papá, mamá, hermanos y abuelos- son, en esos primeros años, el referente del niño, con los que interactúa, se identifica e imita y con los que mantiene profundos vínculos afectivos que le aportan seguridad, equilibrio y bienestar. Cualquier acontecimiento traumático que afecte a ese equilibrio genera inseguridad en el niño y niveles de ansiedad que pueden llegar a ser muy elevados: la separación de los padres, el fallecimiento de un miembro de la familia o una enfermedad grave sobrevenida provoca en el menor sentimientos perturbadores que pueden acompañarse de importantes cambios de conducta.
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Cuando uno de los progenitores sufre un daño cerebral u otra enfermedad gravemente incapacitante, los hijos son relegados a un segundo plano. Durante la fase aguda, el otro progenitor se ausenta con frecuencia y pasa mucho tiempo en el hospital lo que hace inevitable que el niño sea atendido por un cuidador u otro miembro de la familia o alojado provisionalmente en casa de familiares cercanos o amigos hasta que la situación se estabiliza. Las cosas no mejoran cuando, tras la rehabilitación, el paciente regresa al hogar. Dependiendo de la magnitud de la lesión, es posible que se produzcan graves secuelas físicas, cognitivas, sensoriales, motoras o conductuales que obliguen a un profundo cambio en los roles y las relaciones familiares. Nada vuelve a ser como antes. El niño no comprende la nueva situación y solo percibe que su papá o su mamá, hasta entonces elemento central de su vida, ya no es el que era y que todos en casa parecen tristes, angustiados y cansados, en particular si el grado de dependencia del enfermo exige atención continuada. El niño se siente abandonado y empieza a experimentar sentimientos de rabia, angustia, pérdida, humillación, rechazo e incluso miedo o vergüenza ante el comportamiento del progenitor afectado por el daño, a lo que se suma en muchos casos un profundo sentimiento de culpa por albergar esos pensamientos. La ansiedad y la angustia ante una situación que se prolonga en el tiempo puede alcanzar tales niveles que el niño comienza a manifestar síntomas patológicos.

La sintomatología del niño que acude a nuestra consulta -que, dependiendo de la edad, puede abarcar desde bajo rendimiento y dificultad de socialización con sus pares a alteraciones alimentarias, del sueño o la conducta, conductas regresivas (eneuresis o encopresis, bulbuceo, chuparse el dedo, etc.), somatizaciones (vómitos, dolor de barriga o de cabeza) o depresión- no es más que la manifestación del gran sufrimiento que padece ante una nueva situación que no comprende. El niño advierte la ansiedad de su entorno, a la que se suma la suya propia, porque nada le produce mayor miedo que percibir el miedo de los padres.

No es posible evitar el dolor que conlleva este tipo de enfermedades crónicas que suponen una dura prueba en el día a día de la familia, pero sí aprender estrategias que ayuden a sobrellevarlo. La misión fundamental del psicólogo es aportar esas herramientas y acompañar a la familia, ayudándose a superar el sentimiento de pérdida y a aceptar y reorganizar la nueva realidad, recuperando en la medida de lo posible las rutinas, tan necesarias para el adecuado desarrollo del niño. Y en este proceso, es fundamental que el pequeño no quede al margen: porque únicamente entendiendo lo que le está pasando a mamá o papá, sabrá que no han dejado de quererle y que no hay razón para sentirse abandonado o albergar sentimientos de culpa.

 

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