
Los poderosos estímulos internos
Cuando se trata de niños con trastorno por déficit de atención(TDAH) u otro trastorno que involucre, fundamentalmente, las capacidades atencionales e inhibitorias, solemos encontrarnos con la situación que refleja la viñeta de hoy. Una escena cotidiana que muchos adultos reconocen de inmediato y que genera frustración y hartazgo.
Al pensar en fuentes de estimulación que provocan distracciones en los niños, nos centramos por lo general en los estímulos externos: el ruido ambiente, los juguetes, la televisión, el móvil, lo que sucede a su alrededor. Obviamos, sin embargo, una fuente de estimulación especialmente potente: los estímulos internos; ese atractivo y vívido mundo interior, en el que todo parece posible y al que tanto le cuesta no prestar atención. Entre otras cosas, porque probablemente lo imaginado es mucho más gratificante que lo que le ofrece el mundo real, ya sea lo que le cuenta mamá o papá, o lo que explica su profesora en clase.
Nuestras expectativas y sus necesidades
Los adultos que acompañamos a niños con TDAH debemos aprender a diferenciar entre nuestras expectativas como adultos —lo que deseamos, lo que esperamos o lo que nos parece adecuado— y lo que el niño necesita. Cuando me dirijo a mi hijo o a mi hija y percibo que no me está escuchando —esa experiencia que tan bien conocemos los padres, donde se observan señales claras de que no hay escucha activa, por mucho que el niño mantenga contacto visual—, lo más habitual es que me sienta molesto o molesta y que reaccione en consonancia, es decir, con enfado.
La cuestión es que, por muy natural y comprensible que resulte este enfado, no estoy ayudando a mi hijo. El enfado puede aliviar momentáneamente mi malestar como adulto, pero no favorece que el niño regule su atención ni comprenda qué se espera de él. Por eso es tan importante que aprendamos a hacer una distinción clara entre lo que yo siento (y espero) y lo que mi hijo necesita en ese momento concreto.
Algunas estrategias para devolverlo a la realidad
En el caso que refleja la viñeta, una vez que identificamos que el niño está «en su mundo», un lugar en el que conviven multitud de distractores, podemos recurrir a estrategias ajustadas a sus necesidades. Por ejemplo, el contacto físico suave —tocar el hombro, acercarnos a su altura— puede ayudar a recabar su atención. También podemos pedirle explícitamente que nos atienda, con frases breves y claras, asegurándonos de que nos escucha antes de continuar. El objetivo es ayudarle a salir de la abstracción.
Además, no está de más evitar comentarios como el que aparece en la viñeta, ya que se trata de una situación difícil de gestionar para el niño y que, en la mayoría de los casos, no depende de su voluntad. Las frases que ridiculizan su dificultad solo conseguirán reforzar la imagen negativa de sí mismo… y, probablemente, que se adentre cada vez más en su mundo.
Cuando el niño «está en Babia», tenemos dos opciones: enfadarnos sin resultado alguno o sacarlo de su abstracción sin aspavientos y, una vez obtenida su atención, comunicarle lo que consideremos oportuno. Los enfados y comentarios sarcásticos tienen poca eficacia como herramientas educativas. Dicho de otra forma: a la hora de enseñar, funciona mucho mejor la calma que el enfado.







