
Lo que hay detrás del «por qué»
Muchos padres se reconocerán en la escena que describo a continuación y que yo misma he vivido con frecuencia. Acabas de recoger a tu hijo o hija en el colegio y realizas el trayecto en coche hasta casa. Desde el elevador instalado en el asiento trasero te llega una pregunta que no esperabas. No se trata de algo práctico —qué hay de merienda o si hoy hay fútbol— sino de una de esas preguntas que te obligan a pensar antes de responder y que te dejan con la duda de si tu contestación habrá sido la adecuada.
Los niños preguntan mucho. No es una muletilla ni una forma de llamar la atención. Preguntar es una de las herramientas con las que organizan el mundo. Cuando un niño de seis o siete años pregunta «por qué» hasta provocarnos, en algunos casos, exasperación, casi siempre está intentando establecer relaciones entre cosas, ya sean causas, motivos, reglas o intenciones.
Los adultos no siempre estamos preparados para ese tipo de preguntas que nos obligan a hablar de cosas que tendemos a evitar como reconocer que algo es injusto, admitir que no sabemos por qué sucede determinada cosa, explicar normas sociales que no tienen más razón de ser que la costumbre o por qué el niño no debe hacer algo que nosotros sí hacemos (esto último, por cierto, me recuerda una conversación que escuchaba en un semáforo entre un papá y su hija. La niña le preguntaba por qué siempre le repetía que no cruzase con el semáforo en rojo cuando él lo hacía habitualmente).
El niño quiere entender qué está pasando
Esta forma directa de preguntar va cambiando con el tiempo. Los niños comprenden pronto que algunas preguntas generan incomodidad. Lo notan en gestos muy concretos como respuestas rápidas que dan por concluida la conversación, cambios de tema o ese tono de voz que indica que una pregunta no es adecuada.
La curiosidad infantil sigue ahí (por suerte), pero los niños empiezan a medir lo que preguntan y a quién se lo preguntan. Aparecen las dudas sobre si la pregunta es adecuada, si el adulto sabrá la respuesta o si se interpretará como una crítica.
Preguntar es un mecanismo muy eficaz para organizar el pensamiento. Cuando un niño formula una pregunta hace mucho más que acumular información. Pone a prueba una hipótesis, comparando explicaciones o detectando contradicciones. En ese proceso organiza su comprensión del mundo social.
Curiosidad frente a incomodidad
Muchos adultos reaccionan a las preguntas incómodas con ambigüedades o tratando de cerrar la cuestión cuanto antes. Puede ser una explicación breve, una generalización o una frase que da la conversación por terminada. Esto puede ser comprensible en momentos en los que el cansancio hace mella o la falta de tiempo nos lleva a evitar conversaciones inacabables. Pero si se convierte en algo sistemático, el niño o la niña aprenderá que no merece la pena hacernos determinadas preguntas. Y buscará otros lugares donde plantearlas.
Cuando no sabes cómo enfocar tu respuesta
Si te encuentras en esa situación, te propongo algunas pautas que pueden ayudarte:
- Responde a lo que el niño te pregunta, sin extenderte innecesariamente.
Tu hijo te plantea una duda concreta; no busca una clase magistral. Si pregunta: «¿Cómo entran los bebés en la barriga?», puede que solo quiera saber el mecanismo básico. Si necesita más información volverá a preguntarte.
- Antes de entrar en explicaciones, no está de más preguntar:
- ¿Qué piensas tú?
- ¿Dónde has oído eso?
Esto te permite saber qué entiende ya el niño y te evita corregir una idea que no estaba mal encaminada. Algunos malentendidos surgen porque el adulto responde a una pregunta distinta de la que el niño tenía en la cabeza.
- Utiliza palabras normales: los eufemismos confunden más que ayudan.
No hacen falta explicaciones detalladas, pero sí usar palabras claras y neutras para referirse al cuerpo. Los niños integran mejor la información si el adulto no transmite incomodidad o vergüenza.
- Admite que no siempre sabes la respuesta.
Decir «No estoy seguro. Lo miramos después» no perjudica al niño. De hecho, le transmites un buen modelo: los adultos buscamos información cuando lo necesitamos.
- No cortes la conversación con incomodidad.
El niño aprende algo enseguida: hay temas sobre los que no conviene preguntar. Esto no elimina su curiosidad, pero buscará respuestas en otro lugar: amigos, internet o interpretaciones propias.
- Muchas preguntas no son sexuales aunque puedan parecerlo.
Muchas veces son preguntas biológicas o sociales y es el adulto quien introduce la dimensión sexual.
- Mantener la conversación abierta.
No hace falta cerrar el tema con una explicación definitiva. A menudo basta con responder y dejar abiertas las puertas para que el niño vuelva a preguntar otro día.







