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Hijos y dinámicas de pareja

Profesora muestra a los padres un dibujo hecho por su hijo donde estos aparecen peleándose

El síntoma del niño como reflejo de las dificultades de pareja

Algunos padres acuden a consulta preocupados por los problemas de conducta de sus hijos. Rabietas intensas, desobediencia, dificultades en el colegio, irritabilidad o labilidad emocional son algunos de los motivos señalados.

Aunque estas manifestaciones pueden responder a múltiples causas, en esta ocasión quiero centrarme en una relativamente frecuente: las dinámicas de pareja disfuncionales.

Suele suceder que la preocupación de los padres se centra exclusivamente en el niño. Abordar las dificultades de su hijo les proporciona sensación de control: sienten que están haciendo algo. Además, ese «aunar fuerzas» ante el problema refuerza su cohesión como equipo parental.

Identificar el origen del malestar

Sin embargo, cuando el origen del malestar está en la relación entre los miembros de la pareja, poner toda la atención en el niño les aleja del problema real.

Esta reacción —en gran medida inconsciente— cumple la función de evitar aquello que duele. Es más fácil pensar que «el problema está en el niño» que revisar la relación entre los adultos, cuestionar dinámicas instauradas o afrontar conflictos no resueltos.

Trabajar con un niño implica analizar el sistema familiar en el que se desenvuelve y sus dinámicas. Los niños forman parte de un entramado relacional. Y, a través de los síntomas del niño, observamos muchas veces «detalles» que tienen que ver con las interacciones entre los padres.

En ocasiones, la terapeuta que trabaja con el niño puede ayudar a los miembros de la pareja a descubrir algo significativo: ese hijo o hija es el único proyecto vital que comparten en ese momento. Los adultos vuelcan en el menor toda su energía y carecen de un vínculo diferenciado como pareja. La relación entre adultos queda relegada a un segundo plano, sostenida únicamente por la función parental.

Todo lo que ocurre entre los padres se traslada al niño, aunque estos estén convencidos de ocultar su malestar. Los niños son auténticos especialistas en captar los mensajes no verbales, especialmente de las personas a las que quieren y de quienes dependen emocionalmente. Ninguna tensión, silencio, mirada recriminadora o contradicción pasa desapercibida.

Así las cosas, nos encontramos con niños que comienzan a replicar modelos de interacción poco saludables o que manifiestan conductas desajustadas. Estas conductas no son más que un intento de expresar el malestar y la confusión que sienten ante mensajes contradictorios o una atmósfera emocional inestable. Los síntomas infantiles son una forma de expresar lo que el niño es incapaz de decir con palabras.

Terapia de pareja como parte de la intervención

Cuando esto ocurre, además de la intervención familiar, el terapeuta recomendará terapia de pareja si considera que el principal escollo se encuentra en ese vínculo. Esta terapia no busca culpables ni establecer quién lo hace bien o mal. Tampoco tiene como objetivo evitar a toda costa la separación de la pareja.

Ofrece, simplemente, un espacio seguro donde revisar la relación, comprender las dinámicas instauradas, identificar necesidades no expresadas y, a partir de ahí, tomar decisiones informadas que permitan introducir cambios conscientes.

Comprender cuando los síntomas del niño son la expresión de algo más profundo —relacionado con las dinámicas entre los padres— permite dejar de considerar al menor como el origen del problema, replantear el abordaje terapéutico e introducir cambios en el contexto relacional que, por lo general, generan mejoras claras.
 

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